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Horacio Coppola: de la Bauhaus a Buenos Aires

Exposición

Galería Guillermo de Osma

Talleres Artegraf

2004

Tapa blanda, rústica sin solapas

25 páginas

Texto de Sergio Baur. Numerosas fotografías b/n

Impreso en Madrid (España)

 

✶ ESTADO: 9/10. Impecable estado.

Sin detalles.

 

Reproducida en este catálogo

 

HORACIO COPPOLA: LA FOTOGRAFÍA COMO POESÍA URBANA - SERGIO BAUR

De la nostálgica visión poética de Buenos Aires, cantada por Jorge Luis Borges en su Fervor, a las fotografías de la ciudad moderna de Horacio Coppola, al celebrarse en 1936 el cuarto centenario de su fundación, habían pasado sólo trece años. La imagen de la ciudad en el poemario de Borges está enraizada a una visión utópica, que coincide con los dibujos de su hermana Norah; una ciudad que se resiste, en las palabras y los dibujos de los hermanos, a crecer según el espíritu moderno.

El patio, la inscripción sepulcral y la memoria de un bisabuelo, el arrabal y los campos vecinos al perímetro urbano, recuperaban en la voz de Borges un pasado mítico y heroico. Sin embargo, las formas respondían a la cercanía estética de la vanguardia literaria, que el escritor había conquistado en su primera estancia europea.

En 1930, el escritor y el fotógrafo coincidirían en un libro dedicado al poeta Evaristo Carriego, símbolo literario reivindicado por Borges desde su infancia. Carriego, autor de la Canción del Barrio, de las Misas Herejes, de poemas repetidos de memoria, incansablemente en la escuela, como La silla que nadie ocupa o La costurerita que dio aquel mal paso, se instaló en el Parnaso de la poesía argentina, por los recuerdos de recuerdos de otros recuerdos —en palabras del escritor—. Horacio Coppola con sólo veinticuatro años y con un afán de adherirse a las nuevas tendencias de la fotografía, acompaña al poeta ultraísta por los caminos del barrio de Palermo, mostrando esa imagen que lentamente desaparecía de la ciudad, pero que para Borges resultaba un desafío a su memoria literaria.

Para ese entonces, el fotógrafo ya había creado su Mundo propio, experimentando con la luz y las formas, como su obra Reflejos de finales de la década del veinte. Coppola se había sentido parte de la vanguardia artística desde el inicio, en su joven contemporáneo. Recuerda en el texto escrito para su Antología Fotográfica, editada por el Fondo Nacional de las Artes de Argentina, haber comprado a la salida del colegio el periódico literario Martín Fierro, órgano de expresión de la juventud intelectual renovadora; inicia amistades con los protagonistas del movimiento, conversaba con el pintor Alfredo Guttero; es la época en que conoce a Victoria Ocampo, amistad que se extendería a lo largo de la vida de la directora de la revista Sur, en cuyos primeros números fue colaborador.

 

Reproducida en este catálogo

 

La aparición de Sur en el escenario de la intelectualidad porteña, significó un punto de encuentro para difundir el pensamiento contemporáneo e impulsar desde las orillas del Plata, a las nuevas generaciones de pensadores y literatos americanos. En los números 4 y 5 de 1930/31, la revista con su flecha, diseñada por Eduardo Bullrich, apuntando al país austral, publica las primeras fotografías de Coppola dedicadas a la ciudad, Siete temas de Buenos Aires.

Pareciera como si el fotógrafo, que ya había viajado a Alemania y que con su primera cámara Leika, traducía la imagen de la ciudad con un tono vecino a los integrantes de la Bauhaus, hiciera convivir en sus fotografías, las dos miradas literarias que discutían en forma y contenidos las necesidades y urgencias de la estética de esos años. Florida y Boedo, fueron las dos voces que durante los años veinte y treinta, polemizaron como dos bandos inquietos, combativos, hostiles. En términos del escritor Álvaro Yunque, Boedo era la calle; Florida la torre de marfil. En los Siete temas de Buenos Aires, Coppola cita a través de sus imágenes el simbolismo de cada barrio. Un alineamiento de grúas portuarias o proas de barcazas abandonadas en la Boca del Riachuelo son imágenes que dejan escuchar el eco de los versos de un poeta de Boedo, Gustavo Riccio, Por las playas más bellas y más remotas / anduvo este navío; cruzó los mares, / recogió en cada puerto nuevos cantares/ y lo rozaron siempre nuevas gaviotas. De la misma manera otras fotografías de casas bajas, de ecléctico estilo y calles desganadas del barrio,/ casi invisible de habituales, como en las palabras del primer Borges, hacían un guiño fotográfico a los temas cantados por el grupo de la torre de marfil.

Un segundo viaje a Europa lo vincula al Departamento de Fotografía de la Bauhaus, bajo las enseñanzas de Walter Peterhans, allí conocerá a su futura esposa, la soñadora Grete Stern. Las nuevas imágenes de Buenos Aires deberán esperar a su regreso, mientras Coppola ensaya con la escuela alemana sus Estudios. Para Cahiers d’Art, realiza una serie de fotografías dedicadas a la escultura sumeria de las colecciones del Museo Británico y del Louvre, trabajo que fue presentado y aplaudido por Henry Moore. De este trabajo Coppola recordará: Su dibujo a máquina se suma al goce que significaron largas horas de intimidad con la profunda expresión vital que el hombre sumerio entregó a sus esculturas; en trance por lograr una imagen-presencia.

El regreso a Buenos Aires se produce en 1935; un año después, como dijimos, los porteños festejaban el cuarto centenario de la fundación de su ciudad. La Municipalidad, siendo su Intendente Mariano de Vedia y Mitre, encarga un libro con textos del arquitecto Prebisch e Ignacio Anzoátegui y fotografías de Horacio Coppola, que constituye quizás uno de los dos testimonios fotográficos más contundentes realizados sobre la capital argentina, junto al Buenos Aires, Buenos Aires de Sarah Facio y Alicia D’Amico, con textos de Julio Cortázar, publicado en 1968.

Una frase repetida en el texto de Anzoátegui, parece predominar en las imágenes de Coppola: Porque Buenos Aires es el Norte y el Sur y es Palermo y Belgrano y es la tentación de campo con que se asoma el Oeste. La gran metrópoli se acerca en estas fotografías, entre el futurismo cinematográfico de Fritz Lang y el progresivo ocaso de la ciudad de rascacielos, del centro a los barrios, esos barrios que nunca se definieron con exactitud —en términos de James Scobie—, hasta confundirse en la perenne llanura que es frontera de un urbanismo desordenado, por el que se destacan arquitecturas fantásticas procedentes del modernismo y el racionalismo de las primeras décadas del siglo XX.

Una conjunción de contrastes descubiertos por la segunda Leika de Coppola, se deleita entre las tipografías de estilo Art Déco de las tiendas porteñas y las rejas de un pasado cultural colonial débil, que convive con fachadas blancas de balcones simétricos y medianeras afiladas, de viviendas populares inspiradas en la tecnología social de la Bauhaus, con una naturalidad casi ecuménica. Los personajes aparecen enfocados como si se tratara de un fotofilm de una película de cine negro; los maniquíes responden a una instalación surrealista inquietante en la vidriera o escaparate de un comercio porteño. Hay algo también sorprendente en la mirada fotográfica de Coppola, como si hubiese justificado con su imagen lo que Roland Barthes escribiría décadas después en uno de los opúsculos de la Cámara Lúcida: La Fotografía no dice (forzosamente) lo que ya no es, sino tan sólo y sin duda alguna lo que ha sido. La sutil diferencia que plantea el filósofo francés, se refiere no a la nostalgia que nos causa la misma en el recuerdo, sino lo que ella en sí representa.

Las fotografías de Buenos Aires, tituladas con los nombres de la intersección de las calles, dejan paso a una cartografía imaginaria del fotógrafo argentino, que se pueden transitar como en un circuito de reconocimiento en una guía de viajero: Corrientes esquina Uruguay; Calle Victoria esquina San José; Avda. de Mayo entre Bolívar y Perú; Viamonte esquina San Martín; Sarmiento esquina Suipacha, son también el canon del callejero porteño, una letanía para el recuerdo.

En esa continuación de festejos, la tradicional calle Corrientes fue ensanchada para celebrar el cuarto centenario de la ciudad, y al año siguiente la Municipalidad le encargó al escritor del grupo de Boedo, Leopoldo Marechal el libro Historia de la Calle Corrientes. Transitando de una acera, o vereda, como diríamos los porteños, a la otra, entre Florida y Boedo, con el Evaristo Carriego de Borges a la Calle Corrientes de Marechal, Coppola incluye en el libro las fotos de esa calle porteña; en ellas el Obelisco se presenta como un testimonio fundacional de origen clásico, a veces jugando con su cercanía, otras recortado en un cielo de dimensiones dramáticas. Los personajes anónimos fotografiados responden en sus acciones a las palabras del autor de Adán BuenosAyres: Grupos aislados ambulan aún largamente por la calle, como buscando un imposible; la ola nocturna se atrinchera todavía... las “danseuses” de cabaret huyen, con sus trajes de luces, pegándose como fantasmas a las paredes.

De la percepción de los ensayos fotográficos de la década del 20 y 30, al reconocimiento de Buenos Aires, conjugado en un lenguaje de convivencias estéticas, el fotógrafo recorre a partir de su álbum porteño el camino de la sutileza y de las reformulaciones conceptuales. Los temas aparecen como pretexto, para conciliar las posibilidades de la óptica con la permanente recreación de su imaginario artístico.

Desde su ventana Horacio Coppola libera imágenes de su mundo, un mundo que adquiere su propia vida. Exploremos desde esa ventana los sugerentes espejismos de lentes, luces y sombras

 

Reproducida en este catálogo