| 1 cuota de $25.000,00 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $25.000,00 |
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La forma oscura
Carlos Riccardo
Editorial Descierto
2013
Tapa blanda, rústica con solapas
85 páginas
Postfacio de Horacio Zabaljáuregui
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.
Desgastes generales mínimos y tapa y contratapa levemente manchadas.
✶ CONTRATAPA:
Los escritos siguientes suscitan una pregunta que no pueden responder: la ingestión sin guía ni ritual, es decir, el uso profano (y remarco aquí que los rituales milenarios de los pueblos primigenios siempre le han conferido a la ingestión un sentido sagrado) de plantas, hongos y otras sustancias psicotrópicas —enteógenas o sintéticas— como ascesis a un tipo diferente de conocimiento ¿tiene sentido? ¿Es posible alguna revelación por este camino? Las experiencias, sin embargo, dan cuenta del misterio, en definitiva, de algo sagrado. Es ahí donde se puede intuir que la mayor importancia de los alucinógenos no está dada en su potencialidad alucinatoria sino por el estado de gracia que por momentos dejan alcanzar, y en esa libre y grave autoconciencia de los actos, el más alto grado de impecabilidad.
✶ POSTFACIO:
La forma oscura es, siguiendo a Demócrito, la que nos abre mundo a través de los sentidos, de su materialidad fisiológica. Como forma de conocimiento es impura, primitiva por primigenia. Un haz de perceptores que permite ver, oír, oler, saborear, palpar se hace logos, reunión de un fluir de sensaciones en el lenguaje. Los impulsos fluyen en la corteza del cerebro y el estilo los va poniendo en forma, los labra en la lengua, los “estiliza”. He ahí el mundo, lo abierto en la luz y la materia, dimanando, brotando como physis que viene a dar, mutando misteriosamente tal vez, a la conciencia.
La forma oscura es una vía, la de la experiencia, pura empiria que a través de la ingesta de sustancias alucinatorias recrea las sensaciones del puro presente del acontecimiento, las reproduce en signos que van alumbrando esa dimensión de lo abierto. Allí el sinfín del alma y el cuerpo, avatar de Moebius, alcanza la estesia, la extrema sensibilidad lúcida y activa que se estiliza, que se mestiza en el cruce de los sentidos por momentos, en divergencias y armonías de lo sensible, para alcanzar en la búsqueda la gracia, el don, la belleza en movimiento.
Mirada en espera. Suspensión del ojo que va develando a la vez que (se) encanta. Mirada primera que se fascina para volverse mirada vacía que contempla. Ver es descubrir; como se reconoce aquello que se había olvidado o perdido, ver en esa práctica superficial y transparente, divisar en “miradiana” de lo real, la profunda e insondable superficie de lo visible en el límite de la mirada que finalmente retorna a su punto de fuga, el elemento de la mirada, “ese rumor blanco en el cruce de todos los colores”, la maravilla, el enjambre de átomos que captura el cerebro, el “obstinado generador de fantasmas.”
Lugar fundir elementos, sinestesia, holograma de sensaciones, trompe l’oeil, fusión y fluencia. Notas musicales diferentes ejecutadas sin interrupción, alumbradas, dando a luz “el sonido indescriptible de lo mirado”. Afinar el ojo como un instrumento para oír los colores, para aprehender el continuo invariable de la afluencia de las cosas. Percibir es escandir, marcar el ritmo, congelar el continuum en la mirada, el diamante instantáneo. Está dicho: Alumbrar es aquí despertar. Dimanar, en la acepción de “venir el agua de sus manantiales.”
Contra el orden radiante del ojo, el orden de clausura del oído. Su naturaleza íntima e invisible se repliega en la inmensidad de la conciencia. La ubicuidad es su seña. La trama de lo sonoro se derrama en napas, pliegues, anfractuosidades, un laberinto en la profundidad imaginaria e indelimitable del solipsismo. En la espiral interior del caracol del oído tañe un aluvión mundial y se procesa en ínfimas terminales, resonancias como falsas lejanías, entramado de ondas indiferenciadas: trompe l’ouie. Olvidamos el continuum indiferenciado del balbuceo, el origen de todas las lenguas, cuando perdemos el fluir de palatales, africadas, sibilantes, emitidas en el promontorio acuático de la lengua comenzamos a hablar. La marea insignificante está en nosotros antes de venir al mundo. En el vientre materno, ya estamos oyendo.
Ilusoria carrera contra la música. Escribir contra la música. Dibujar el viento. Trazar fetiches, el eco que nos devuelven las cosas en un hilo taquigráfico; así, como ve el murciélago. El tacto y el gusto, los más ciegos, tangibles, reversibles, pura superficie y extensión rizomática. Mientras que el olfato recupera desde la ausencia: está lleno de lejanía. La percepción es un templo de vivos pilares donde la forma oscura resplandece en la sinestesia, en el corazón de las correspondencias. Estesia: deriva de sensaciones que resplandecen en la conciencia como punto de fuga y transmutan como don, como misterio, como pura búsqueda. Límite deslumbrante del sentido, lado oscuro del diamante de los sentidos.

