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Las canciones lesbianas

Cydno De Mytilene

Editorial Espuela de Plata

Colección Raros y Exquisitos N° 3

2003

Traducción de Juan G. Olmedilla

Tapa blanda, rústica con solapas

163 páginas

Impreso en España

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin detalles.

 

✶ PRÓLOGO:

Por los dioses olímpicos, juro que es verdad cuanto esta mañana voy a deciros! Esta mañana, sí.

La lectura de este libro desenfadado y delicioso debe ser una lectura matinal, al aire libre, tendidos en la hierba, cara al cielo y, si es posible, junto a la amistad predilecta.

Hay obras que se leen como si se soñase el sueño de una noche de verano; otras son como el de un tramonto de otoño, y las hay semejantes a la pesadilla de una noche de invierno —algunas narraciones de Poe— o a la siesta de un sátiro. Leer este libro es asomarse a la mañana de una virgen. Una virgen sensual y cimbreña, arrancada al coro de La Primavera de Botticelli... que hubiese leído a Safo y a Willy.

Late a través de todas sus páginas, junto a una sed inacabable de besos y caricias, un miedo ninfal al hombre, anguloso, velludo y acometedor, sentido por una doncella al despertar en su lecho de célibe, después de un sueño inquieto, lleno de voluptuosos presentimientos.

Pero...

Poned a una virgen, llena de vida, en el jardín de una isla donde la primavera y la ausencia del hombre sean perpetuas. Enseñadla constantemente en el horror a los innumerables contratiempos pequeños —a más de los grandes desencantos— que la pérdida de la doncellez lleva aparejados. Y no le quitéis la inquietud anhelosa, el vago deseo de dar cauce a sus juveniles energías intactas. Si esa mujer está sola, derivará hacia los juegos desesperados y terribles del amor impar, hacia el narcisismo del placer. Y si, por el contrario, la acompañáis de vírgenes como ella jóvenes y sanas, o de matronas sabias y seductoras como la Naturaleza misma, caerá indefectiblemente en los brazos blandos y cariñosos de los goces lesbianos. El primer caso es frecuente en las niñas honestas de la clase media, a quienes la cuidadosa guarda de sus padres aparta de los hombres hasta el día de la liberación, que es cuando se casan.

Lo otro acontece a las muchachas de familias pudientes, que se educan en grandes comunidades femeninas. Las menestralas, como forzosamente han de apartarse, en la pubertad, de la vigilancia hogareña para acudir con su trabajo a las necesidades de la casa, sienten pronto la turbadora proximidad del sexo contrario, y, si acaso pecan de safismo, es accidentalmente y por mera curiosidad, con sus compañeras de taller o de fábrica.

Leed este libro, de mañana, en un bosque o en un jardín. Y si aún estáis en edad de sentir el mandato inesquivable de la carne, cuando lo hayáis leído, bajo su afrodisíaca influencia, os lanzaréis a cumplir como humanos el imperativo de la Naturaleza —no importa en qué forma, cada cual según sus matices de sensibilidad—, creando placer; es decir, caricias, besos, vibración, divina embriaguez; es decir, alegría— pulso de la vida.

Suponiendo que los libros deban tener una moral cualquiera, éste tendría su plena justificación en su eficacia. Pocos, como él, cumplen el fin que sus autores se proponen, dando también por bueno que cada obra de arte deba perseguir un fin determinado.

En una época en que la literatura humorística entristece, haciéndonos pensar en sanatorios para anormales, y la erótica desencanta por su inocencia, y la folletinesca, adormece, y la moralizadora desorienta, un libro sensual que logra avivar los deseos dormidos, sin llegar a producir revulsión, sino la jovialidad combativa del placer próximo a conseguirse, es un libro excelente por esta virtud sola.

¿Qué otra cosa podemos exigir de sus páginas? ¿Pedimos, acaso, honestidad a un desnudo de Rubens? ¿Traducción lógica a un scherzo beethoveniano? ¿Normas de ética a la brisa de mayo?

Eso es este libro: una brisa —más otoñal que primaverana—, que haciendo ondular los severos pliegues de nuestra clámide de censores —todo lector lo es—, descubre, con impudicia deliciosa, nuestras más ocultas vergüenzas; y éstas, oreadas y despiertas por su intranquilizador influjo, dejan nuestra serenidad bastante malparada, excitándonos más por nos a la comisión de aquellos actos que, más por sencillos que por gratos, nos hemos conjurado todos a mantener ocultos a la común curiosidad, esquivando dedicarles en las obras de arte el lugar que les corresponde, como función de vida.

Pero no divaguemos, pluma. Y volvamos a nuestros dioses.

Después de la solemne invocación olímpica que me he permitido al principio, quiero afirmar aquí de un modo categórico, quizás asombrando con ello al propio Mr. Ybykos de Rhodes, que Cydno de Mytilene ha existido verdaderamente.

—Ha llegado la hora de las presentaciones.

Ybykos de Rhodes es —o debe ser, a juzgar por la edición francesa de estas Canciones— un escritor griego contemporáneo, hombre a la sazón de unos cuarenta y nueve años, naturalizado en Francia y conocedor del idioma de Anatolio como el propio Papadiamantópulos —de origen helénico, aunque francés de la sin par Lutecia por su educación y su obra.

Cuando, en plena guerra, apareció en París este libro bajo el título Les tendres épigrammes, de Cydno la Lesbiennne, esa selecta minoría antisocial, antiguerreta y aun antipatriota, que sabe, en cada país, situarse desdeñosamente por cima de toda contienda, lo acogió con gran simpatía y desde luego, con viva curiosidad. Había en él rasgos de un safismo verdaderamente vivido y deliciosamente expresado.

Pero... el breviario estaba escrito en un francés demasiado ágil y elegante para poder admitir que fuese mera traducción del neogriego hecha por un heleno ubicado solamente tres años en Francia, según aseguraba él mismo en el prólogo.

Además, nadie conocía a Mr. Ybykos de Rodhes, y aunque algunos escritores no se atrevían a negar la existencia de Cydno por temor a tener que confesar su desconocimiento de tan importante autora en el caso de que existiese, se convinio unánimemente en que los Epigrammas no eran sino un sabio pastiche, deleitoso fruto de una gran pluma ociosa, que, puesta a inventar, había creado no sólo la interesante figura de la artista griega, sino también la de su compatriota y traductor al habla de los galos. Había para pensar así el precedente de Las canciones de Bilitis, exhumadas por Pierre Louÿs... de un legajo de su juventud, y consagradas ante la Europa snob —que no sabe admirar más que lo remoto— como la obra erótica de una poetisa de la Antigua Edad.

Mientras «los apartados», la verdadera élite francesa, discutían apasionadamente, de revista a revista, en los cenáculos, en los estudios, estas arduas cuestiones de autenticidad literaria, produciendo en torno a este opúsculo el décuplo de literatura de la que contienen sus páginas, la otra Francia, «la de la revanche» —tan despreciable como la Alemania de los germanizantes del mundo y la España de los españolistas—, con la imaginación erizada de espías y traidores, hacía fusilar a una bailarina por sospechas de amistad con el enemigo, separándose así profundamente de aquel espíritu griego que un tiempo hubo de presidir sus actos como pueblo, y que, de haberla poseído entonces, le hubiera hecho absolver a la Mata-Hari, por la posibilidad de su inocencia y, sobre todo, por la evidencia de su hermosura. He dicho que este prólogo quizás asombre al propio Ybykos de Rodhes, y debo explicarme. Es probable que este pretendido griego, acostumbrado a ver su traducción calificada como obra apócrifa, llegase a dudar de su origen; y es casi seguro que, en esos momentos de vanidad literaria en que todos nos sentimos sedientos de lauros, sonriendo equivocamente a las insinuaciones de sus amigos, dejara entrever que, en efecto, los perspicaces tenían razón al atribuirle la paternidad directa y no adoptiva del breviario.

Así, ahora, cuando esta versión castellana ensanche su vida más allá de nuestras fronteras, acaso nuestro Mr. de Rodhes se haga un poco el asombrado ante la afirmación de que Cydno ha existido verdaderamente, y, sobre todo, ante la aparición de algunos de los más interesantes epigramas que él —no sabemos con qué fundamento— no publicó en su traducción francesa.

—¿Cómo?

¡Amigo Ybykos! Los amigos de mis amigos, son amigos míos, diremos imitando a los franceses.

Un poeta, gran camarada de mis años mejores, sabedor de cuánto me perezco por las relaciones epistolares con los artistas que en distantes países sienten mis mismas inquietudes y mis propios anhelos de belleza, púsome, no hace un año, en contacto espiritual con una gran artista helénica, la escritora Myrthiotitzà —pseudónimo bajo el que se oculta una gentil señorita griega, muy bella y muy libre, verdaderamente «primitiva y moderna», hija de acomodada familia ateniense.— No atestiguo con sombras del pasado, y es fácil al lector cuya incredulidad le impela a ser curioso, informarse de la existencia de esta escritora con sólo indagarlo de cualquier periódico de Atenas.

Myrthiotitzà, aún hoy en plena juventud, conoció personalmente a Cydno, poco antes de su muerte, y si no lecciones prácticas de safismo, porque mi confidente hacía entonces la recoleta vida de una impúber que no se aparta de sus padres, sí pudo recoger de ella algunas enseñanzas literarias, y muy particularmente el aroma de belleza, de arte, de vida antigua y fabulosa, que se desprendía de ella.

Ved cómo me describe Myrthiotitzà, en una carta, a su maestra Cydno:

«A pesar de sus sesenta y tantos años, su presencia se sobreponía a todo dondequiera que se hallaba. Era yo entonces casi una niña, no iniciada todavía en los encantos de la vida; pero viendo a Cydno, sentíame llevada hacia ella por no sé qué dulce atracción irresistible.

»Conservaba en la senectud los dientes blancos y perfectos, y los labios encendidos de una joven. Y ¡cómo contrastaban con sus cabellos de plata reluciente y sedosa —que su noble sentido de la hermosura le impedía teñirse como tantas viejas ridículas—, la frescura de fruto en sazón de sus mejillas sonrosadas!

»Pero lo que más admiraba en ella era la esbeltez ágil y cimbreante de su talle, la pura línea de su figura y, sobre todo, los ojos, de una clara luz verde, que me hacían amarla y temerla al mismo tiempo.»

Cydno había nacido en Mytilene el año 1840, hija de un comerciante a la antigua —y a la moderna—, pirata, contrabandista y negrero en una pieza, que hizo en Shanghai y en San Francisco una fortuna verdaderamente milunanochesca. La madre murió de una patada conyugal, y el que hoy —era del eufemismo— llamaríamos «agiotista» reventó después de un banquete en una de las bacanales que se hacía organizar a diario en su casa, sin cuidarse poco ni mucho de la presencia de su hija, que ya empezaba a estampar rosas de pubertad en las holandas de su alcoba y en los linos de sus vestiduras.

Cuando la pequeña quedó huérfana por completo, la tomó una melancolía, un horror a la vida, una alucinación constante, como una inacabable pesadilla, en la que se revelaba posesa de un extraño misticismo erótico, y los médicos decidieron llevarla a una casa de salud en la isla de Rodas.

Allí, bajo los cuidados del padre Aristófano —Martín Lutero reformador de la lujuria en nuestros días, cuya vida merece que alguna vez os la refiera—, sanó de cuerpo y de alma.

Pero volvió al mundo con tal asco del hombre, con tal aversión a la esclavitud sexual, que al entrar en posesión de su pingüe herencia sólo se dedicó ya a la vasta obra antiviril que había de llenar su …existencia, culminada en sus fundaciones religiosas —en el verdadero sentido de la palabra—, de las que estos poemas no son sino risueños comentarios —cuando no descarnadas y terribles revelaciones— puestos a algunos sucesos cotidianos de su vida en comunidad.

Puede decirse que Cydno no hizo otra cosa que renovar el espíritu de Safo en nuestra época. Para ello no omitió afán ni dispendio algunos. Recorrió la Grecia, pasó a Francia e Italia, estudió la vida libertina en los más famosos ombligos del placer y la vida monacal, introduciéndose como pudo en los principales conventos de Europa, y allí donde halló un pequeño resquicio en que dejar la semilla de su fe lesbiana no esquivó ningún esfuerzo para hacerlo.

En su patria fundó diversas pensiones —a las que ella proveía totalmente—, donde iban a refugiarse muchachas de todas las clases sociales: unas, hartas de trabajar como hombres; otras, rebeldes a la tiranía paterna, o instintivamente refractarias a la vida del matrimonio; las más, eran sencillamente enamoradas de la belleza humana en su expresión más perfecta, que buscaban entre los brazos armoniosos de las hijas de Anadiomena el placer que aligera la carga de la vida.

Como una Santa Teresa infernal, Cydno no dejó un solo día de vivir para su fe. Creó ritos, dictó reglas —que luego reformaba, deseosa siempre de una mayor perfección—, relató sus diálogos, encendidos en llamas de amor vivo, con la divina Safo, sus misteriosos desfallecimientos, sus éxtasis ante el dios Pan. Y, finalmente, murió como una verdadera santa sin adjurar de sus creencias, sin temor a los dioses de otras teogonías, sin la más ligera tibieza, sino con la radiante certidumbre de haber cumplido su misión; emanando constante- mente belleza y alegría, gloria del cuerpo y del espíritu, y esquivando en todo momento el dolor en su forma más halagüeña y traidora, el Amor, y ese otro dolor, crimen de los hombres, que es la perpetuación de la especie. Hasta la muerte misma —a bordo de su yate Artemisa, en el mar Egeo, el 23 de junio de 1910— hubo de respetarla, y según el testimonio de Myrthiotitzà, la visión de suprema hermosura y suprema serenidad que sus restos inmóviles dejaron a cuantos asistieron a su tránsito, es de las que no pueden borrarse jamás por lo maravillosas.

Hallaréis en esta obra, junto al madrigal apasionado que frustra una sonrisa equívoca, la invectiva punzante contra alguna esquiva, cuando no la descripción desenvuelta de un momento culminante de las cópulas sáficas.

Si el horrorizarse no fuera tan relativo —ya que depende del temple del espectador, más o menos familiarizado con lo «épouvantable»—, yo anticiparía que en este libro hay horrores. Horrores de claridad. Tanto, que a veces he titubeado, ruboroso —yo que conseguí cuando hacía vida de tertulia literaria el difícil honor de ser calificado de cínico por Hoyos y Zamora—, optando, finalmente, por darlos al castellano tales y como los concibió la poetisa.

En ocasiones, la audacia de expresión me ha hecho dudar de la autenticidad del pasaje, y creyéndolo una pincelada de Ybykos, he procurado el original griego —del que sé bastante poco, pero siempre lo suficiente para verificar unas palabras—. Entonces, la evidencia de que es Cydno quien no se anda por las ramas, unida a mis eruditos escrúpulos de traductor respetuoso, me han decidido a proseguir la versión textual

limitándome en todo momento a poner un poco de clavo y pimienta de España allí donde la ambrosía de la intención helénica se había desvanecido algo bajo las «nuances» del «esprit» francés, espumoso como el champán. JUAN G. OLMEDILLA

 

 

✶ INDICE:

- Prólogo de Juan G. Olmedilla

1- Cydno en Lesbos

El juramento y la recompensa

Panegírico de Helena

Suprema humildad

Frenesí

A un rebelde

Amistad

Nupcias

El triunfo de Urania

Flagelación

Enamorada de Kalisso

Hermafrodita

La derrota de Cydno

A una enferma

La reforma

Pecado mortal

Reconciliación

Las sectas elegidas

Violación frustrada

Crueldad

Primavera artificial

Los ojos de Palas

Escrúpulos

Deporte al aire libre

A una inglesa

La enloquecedora berlinesa

La uña de Syrinx

El hechizo de Telesias

El canario

¡Por fin, he poseído a Maud!

Mi sistema solar

Nostalgias

2- Cydno en París

Intermedio lírico

A un efebo

A una núbil, tardía en ser mujer

Despertando en la noche...

El otero de Mirra

Flirt

A una cristiana que se hizo sáfica

Esclavitud

A Catherine, la impávida

Harén en el espejo

3- Cydno en Mytilene

La iniciación de Cloe

La caricia de Atalanta

Nausikà la intrusa

La precocidad de Gyrinno

Los misterios de Safo

El beso de recepción

La ronda

La fiesta antiviral

La prueba

Genuflexión

El examen de Kalyce

El vientre de Smaragda

El anillo de Saturno

Retorno primaveral

Serenata

El convivio

Mi programa

La superioridad de Myrto

Un muchacho de porvenir

Degustación

El eunuco de las formas bellas

Relámpago de gozo

Hypólita y Deyanira

Desaparece el duelo

Diktyna y el burro blanco

Dedicatoria condicional

La danzarina de los crótalos

Obligado homenaje

Las mejillas de Electra

El baño

La huida

Mi ruiseñor

Envidia

Súplica

La falsedad de Marpasias

La fresa

Despecho amoroso

La traición de Erycina

Declaración

El castigo de la perversa

Los caprichos de Myrrina

Mi paisaje familiar

Decadencia

El dulce influjo de Melissa

Spleen

 

La última noche

 

✶ EXTRA:

Cydno de Mytilene se inscribe en una zona rara, a mitad de camino entre la invención literaria, la máscara erudita y el erotismo de inspiración clásica. 

El corazón del libro es ese dispositivo de autoría fingida, una poeta “antigua”, una procedencia helénica, un trabajo de “traducción” que sostiene la ilusión y juega a volver verosímil una voz arcaica. Este caso no es un gesto aislado en la tradición francesa: el caso más famoso es Les Chansons de Bilitis de Pierre Louÿs (1894), publicado como traducción de cantos griegos y luego reconocido como una construcción literaria moderna, con biografía apócrifa incluida.

Mytilene se lee como parte de una genealogía de “antigüedades inventadas” que explotan el prestigio de lo clásico y la energía de la poesía erótica. El escenario de Mytilene y la sombra de Safo funcionan menos como referencia escolar que como atmósfera, un permiso para hablar de deseo, iniciación, culto del cuerpo y comunidad femenina sin pedirle credenciales a la realidad histórica, porque el pacto está en otro lado: en la verosimilitud retórica del texto y en el juego de la atribución.

En la edición española moderna, ese pacto aparece reforzado por el modo en que se describe el volumen, con la idea de una versión “del francés” y la mención del cotejo con un original griego, es decir, una traducción que se presenta casi como hallazgo. Lo que queda, más allá de la leyenda, es un objeto literario deliberadamente construido como rareza, pensado para provocar lectura desde el artificio.

 

CYDNO EN PARÍS

Intermedio lírico

Lesbos y Lutecia. Sería asombroso saber por sus Memorias, ¡ay, desaparecidas!, la vida de Cydno en París. ¡Qué de citas subrepticias, qué de conquistas furtivas! ¡Qué de tardes lluviosas, exprimidas deliciosamente en la intimidad del «boudoir», junto a la entretenida de unas semanas!

A través de estos versos de la Villa-Luminosa, se observa que Cydno, tan propicia en su Grecia natal a los amores falansterianos, en la Babel de las bacanales y de las misas negras cultiva preferentemente la soledad de dos en compañía, como dijo nuestro poeta.

Maravillan la actividad corporal y las aptitudes intelectuales de esta andaríega sacerdotisa del placer heterodoxo. A pesar de la educación que recibió en su infancia, casi para el harén, y no obstante aún tiene energías para encerrarse en las bibliotecas y beber en la vena nativa de un idioma extraño, llegando a dominarlo al extremo de escribir en él algunos de sus poemas más bellos.

Por eso, por ser versos franceses y no griegos vertidos al francés por Ibykos, y conservar, de consiguiente, mayor afinidad de ondulación y pensamiento con nuestra lírica, me atrevo a trasvasarlos a los ritmos de Berceo y de Rubén.

 

A un efebo

Korindón, que dejaste

entre mis duras piernas

los nácares y nardos

de tu ignorante mentula,

bajo las laxitudes

de mis manos expertas,

entre mis besos ávidos

y mis caricias trémulas.

De las iniciaciones

en la hora suprema

—mientras tus blancas manos

sobre mis senos,

eran dos ágiles palomas

sobre un río, sedientas...—,

sentí tu carne joven

entre mis brazos presa,

temblar en un espasmo

al morir tu inocencia

bajo mis dedos cínicos

y sagaces, que eran

diez satirillos ebrios

en una orgía griega...