| 1 cuota de $75.000,00 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $75.000,00 |
| 2 cuotas de $44.808,75 | Total $89.617,50 | |
| 3 cuotas de $31.112,50 | Total $93.337,50 | |
| 6 cuotas de $17.738,75 | Total $106.432,50 | |
| 9 cuotas de $13.191,67 | Total $118.725,00 | |
| 12 cuotas de $11.100,00 | Total $133.200,00 |
| 1 cuota de $75.000,00 sin interés | CFT: 0,00% | TEA: 0,00% | Total $75.000,00 |
| 2 cuotas de $44.520,00 | Total $89.040,00 | |
| 3 cuotas de $30.477,50 | Total $91.432,50 | |
| 6 cuotas de $16.857,50 | Total $101.145,00 | |
| 9 cuotas de $12.325,00 | Total $110.925,00 | |
| 12 cuotas de $10.093,75 | Total $121.125,00 |
| 3 cuotas de $31.957,50 | Total $95.872,50 | |
| 6 cuotas de $17.600,00 | Total $105.600,00 |
| 3 cuotas de $32.290,00 | Total $96.870,00 | |
| 6 cuotas de $17.726,25 | Total $106.357,50 | |
| 9 cuotas de $13.264,17 | Total $119.377,50 | |
| 12 cuotas de $10.863,13 | Total $130.357,50 |
Manolo Valdés: Jardín Botánico de Nueva York
Fotografías de Andrea Santolaya
Editorial La Fábrica
2013
Estuche con 2 tomos en tapa dura
146 páginas
Profusamente ilustrado con fotografías en blanco y negro reproducidas a página completa
Impreso en Madrid (España)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Estuche de cartón con roces, señales de uso y levemente desgastado. Ambos tomos presentan en las portadas antigua marca de agua. Por dentro, ambos en impecable estado.
Reproducida en esta edición
✶ SINOPSIS:
TOMO I – PARAÍSO. EL JARDÍN
Las maravillas naturales del Jardín se complementan con varios edificios históricos y obras maestras de la arquitectura contemporánea, en los que se desarrollan los programas de investigación y enseñanza del Jardín. Testimonian la rica historia del Jardín el emblemático molino de piedra Lillian y Amy Goldman, construido en 1840 por la familia Lorillard, magnates del tabaco, así como el invernadero Enid A. Haupt, proyectado por los grandes diseñadores norteamericanos Lord y Burnham a finales del siglo XIX. Entre las estructuras modernas destacan el centro de visitantes Leon Levy, los invernaderos Nolen para colecciones en crecimiento y el International Plant Science Center, pensadas todas ellas para asegurar el futuro del Jardín por muchos años.
La incomparable belleza y las dimensiones del Jardín Botánico y sus elementos arquitectónicos lo hacen el escenario perfecto para exponer escultura, especialmente obras monumentales inspiradas en la naturaleza. En 2003, el Jardín expuso piezas de Pablo Picasso, Aristide Maillol, Alberto Giacometti y otros artistas cuya obra alberga el Museum of Modern Art de Nueva York. El Jardín también ha acogido amplias muestras de la obra de Dale Chihuly (2006) o Henry Moore (2008). Estos eventos han abierto las puertas del Jardín Botánico a un nuevo público y han dado la oportunidad a quienes ya lo conocían de vivir en él una experiencia absolutamente novedosa.
La exposición de siete obras de Manolo Valdés ha fijado un nuevo estándar artístico en el Jardín. Como este, la escultura de Valdés es hermosa y contundente, monumental aunque etérea en su modo de transformarse con la cambiante luz del día y de las estaciones. Como el Jardín Botánico, su obra es expresión del ingenio y la creatividad humanos, y celebra la profundidad y los misterios de la naturaleza.
Reproducida en esta edición
TOMO II – INFIERNO. LA FUNDICIÓN
Sobre el arte del vaciado de los bronces: Lo mismo que lo he dicho en otros lugares, vuelvo ahora a afirmar que, para mayor certeza y crédito de quien lea este escrito mío, alegaré el haber realizado para el rey Francisco de Francia, en la admirable ciudad de París, algunas grandes obras de bronce, una parte de las cuales terminé mientras que otra parte, mayor, dejé sin concluir. Lo que terminé fue un medio tondo de alrededor de ocho brazas que se hizo para la puerta de Fontainebleau. En este medio tondo hice una estatua de más de siete brazas en un relieve algo mayor que el medio; esta estatua figuraba a la propia fuente y tenía bajo el brazo izquierdo una serie de vasos que aparentaban verter agua, mientras su brazo derecho se posaba sobre una cabeza de ciervo de bulto redondo, con gran parte de su cuello. En una parte de este medio tondo se veían bastante perros, perdigueros y lebreles, y en la otra corzos y algunos jabalíes. Sobre el medio tondo coloqué dos ángeles con lámparas en la mano, a modo de victorias, con la salamandra, emblema del rey, sobre todas las cosas, una gran cantidad de ricos festones y dos grandes sátiros en las pilastras de la puerta. Solamente estos últimos no fueron vaciados, aunque se dejaron terminados para poderlo hacer. Este mencionado medio tondo fue fundido en varias partes, la mayor de las cuales fue la dicha Fontana Beliò, la citada figura femenina, que tenía de bulto redondo la cabeza y muchos otros miembros de su cuerpo, mientras que otros miembros estaban realizados en medio relieve. Para realizarla, la hice de tierra y del tamaño mismo que había de tener; más tarde, cuando se enfrió, vi que había disminuido en el grosor del dedo de una mano, y así la fui retocando y midiendo como exige el arte. Después volví a cocerla gallardamente y, una vez hecho esto, coloqué sobre ella una capa de cera uniforme de menos de un dedo de espesor; después, fui aumentando la cantidad de cera donde veía que era necesario, pero lo que nunca hacía era quitar nada de aquella primera capa de cera con que la había recubierto, o, si lo hacía, era en muy escasa medida. De este modo continué hasta que terminé la figura con toda la diligencia y esfuerzo que me fue posible poner en ello.
Seguidamente trituré hueso de carnero, es decir, médula de cuerno de carnero quemada, que forma como una especie de esponja y arde con facilidad, y no hay en el mundo hueso mejor que éste; juntamente con él molí una mitad de yeso de Trípoli y, con una mitad de dicho yeso, astillas de hierro. Una vez bien trituradas estas tres cosas, las mezclé con un poco de estiércol de buey o de caballo pasado por un sutilísimo tamiz con agua pura, con lo cual queda el agua teñida de dicho estiércol.
Y así, una vez mezcladas estas cosas y puestas en estado líquido como si de una salsa se tratara, tomé un pincel de pelo de cerdo, utilizando, para lograr una mayor delicadeza, la parte de pelo que se queda fuera de la carne, y con este pincel apliqué a mi estatua de cera una capa de dicho líquido repartida uniformemente; después lo dejé secar y, seguidamente, le apliqué otras dos capas, siempre dejándolo secar y con el grosor del filo de un cuchillo de mesa ordinario. Hecho esto, la cubrí con una capa de tierra de medio dedo de grosor y, tras dejarla secar, le coloqué encima otra capa de un dedo; una vez seca esta última, volví a aplicarle una nueva capa de similar grosor.

Reproducida en esta edición
