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Martin Fierro (Ida y Vuelta)

José Hernández

Editorial Hércules Di Cesare - Floreal Puerta (Impresor Sur)

1973

Tapa dura (simil cuero/cuerina)

200 páginas

Ilustrado por Juan Lamela

Tamaño: Cuarto Mayor (30x22)

Prólogo de Fermín Chávez

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores en encuadernación por paso del tiempo.

 

✶ PALABRAS DE LOS EDITORES:

En un momento de la vida editorial argentina en que se registra un ostensible “boom”, para usar un término breve, del libro de autor nacional, no viene al caso justificar la presente edición del Martín Fierro, obra de culminación de un género literario que dio otros libros brillantes y sustanciales. Pero sí queremos en alguna medida explicar este esfuerzo editorial en el que se han conjugado algo más que fuerzas y valores materiales.

Siendo la intención de los editores publicar una colección de obras representativas de la literatura en estilo gaucho, hemos comenzado el programa por el poema hernandino, como una forma de expresar nuestra fe en un libro y en una expresión del genio nativo que no han conocido pausa editorial desde el momento mismo en que don José Zoilo Miguens posibilitó la edición príncipe en humilde papel de diario.

El lector se encontrará con el sustancioso texto hernandino de siempre, pero también se hallará frente a un volumen en el que hemos querido dar nuevos elementos didácticos para un mejor conocimiento del Martín Fierro y de José Hernández, cuyas vivencias decisivas han sido recuperadas, por así decirlo, por el artista y por el autor que han tenido la responsabilidad de ilustrar, una vez más, el Poema. En momentos en que, fuera del país y especialmente en universidades europeas, crece el interés por la obra hernandina y por las letras en estilo gaucho, entendemos que una edición del Martín Fierro como la que hemos emprendido, debe ser dada a luz con la mayor cantidad de elementos e ingredientes ilustrativos, tal como el tema lo está exigiendo.

Decíamos que, para lograrlo, ha sido necesario conjugar esfuerzos poderosos de orden material y espiritual, incluyendo en lo segundo, antes que nada, una desbordante fe en lo nacional y en la respuesta que los lectores han de dar a esta obra, a esta edición, que hemos materializado con excepcional esfuerzo, pero también con alegría argentina.

 

Reproducida en esta edición

 

NOMINA DE LAS REPRODUCCIONES EN COLOR - OLEOS DE JUAN LAMELA

1. “Martín Fierro”

Centímetros: óleo 50 x 60, entre págs. 4 y 5

2. “Vizcacha”

Centímetros: óleo 40 x 50, entre págs. 12 y 13

3. “La madrina y su cencerro”

Centímetros: óleo 50 x 60, entre págs. 20 y 21

4. “Cruz”

Centímetros: óleo 50 x 60, entre págs. 28 y 29

5. “Descubierta”

Centímetros: óleo 150 x 80, entre págs. 36 y 37

6. “Eustaquio Reina (soldado del 70)”

Centímetros: óleo 40 x 50, entre págs. 44 y 45

7. “Pampas”

Centímetros: óleo 300 x 260, entre págs. 68 y 69

8. “Blancos de Villegas”

Centímetros: óleo 60 x 80, entre págs. 76 y 77

9. “Estirpe”

Centímetros: óleo 60 x 80, entre págs. 84 y 85

10. “Cortando pampa”

Centímetros: óleo 60 x 80, entre págs. 92 y 93

11. “Doma”

Centímetros: óleo 40 x 50, entre págs. 100 y 101

12. “Arquetipo”

Centímetros: óleo 60 x 75, entre págs. 108 y 109

13. “Vizcacha”

Centímetros: óleo 100 x 125, entre págs. 116 y 117

14. “Consejos”

Centímetros: óleo 50 x 60, entre págs. 124 y 125

15. “Moreno”

Centímetros: óleo 40 x 50, entre págs. 140 y 141

16. “Moreno”

Centímetros: óleo 150 x 80, entre págs. 148 y 149

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INTRODUCCIÓN

El tema criollo ingresa tardíamente en la pintura argentina si fijamos una relación con su entrada en las letras. Es con Carlos Morel y con Prilidiano Pueyrredón, para ceñirnos a los nativos, cuando aquella temática hace pie en nuestra cultura, resueltamente, al amparo del romanticismo en boga. No decimos nada novedoso al señalar que con el óleo Combate de caballería en la época de Rosas, hacia 1840, o con la acuarela La montonera, un poco anterior, de Morel, la pintura argentina se vuelve hacia el hombre de la tierra de la misma manera que con las obras El rodeo y Un alto en el camino, de Pueyrredón, se volverá hacia el paisaje.

Era Morel, el primer pintor argentino nativo, un porteño, hijo de padres gallegos, que ya en 1837 se distinguía entre los jóvenes de “imaginación fecunda y un talento prodigioso” que hacían “progresos admirables en el sublime arte de la pintura”, según dijo ese año Marcos Sastre, al inaugurar el histórico Salón Literario. El mismo Sastre pudo añadir en esa oportunidad: “presiento que de todos ellos se gloriará algún día la nación”.

Fue un buen vaticinio el del fundador del Salón de 1837, que merece ser puesto de relieve en esta ocasión que se me brinda, al prologar una obra que viene a recoger, mutatis mutandi, los elementos materiales y espirituales de aquel artista romántico que en su aguada con la carga de la caballería gaucha puso al hombre entre el polvo y el cielo de la pampa, más allá del pasto y del cardo que ocupan el primer plano de la acuarela ya clásica.

No diré que la siembra hecha por Morel y Pueyrredón, y por los europeos Monvoisin y Pallière, dio frutos lo suficientemente generosos como para que la temática criolla consolidase una tradición y una escuela. Más bien tengo que decir que las ideas dominantes y triunfantes al promediar el siglo pasado, el iluminismo de la denominada Generación de Mayo, hicieron innecesaria y difícil la continuidad de la línea pictórica inaugurada alrededor de 1840. Y a diferencia de la literatura, que pudo dar una obra maestra, el Martín Fierro, la pintura argentina se fue vaciando de contenido criollo, en modo tal que, cuando murió Carlos Morel, en 1894, uno de sus sobrinos nietos denunció el fallecimiento del maestro identificándolo como “argentino, comerciante”. No pintor, ni artista.

Me toca introducir al lector en este libro y en esta muestra de Juan Lamela, centrada no sólo en los motivos y las figuras de la obra hernandina sino también en otros perfiles, caminos y episodios que vienen a sumarse a los primeros como señero complemento; y al hacerlo no puedo evitar una reiteración de cosas y de vivencias que ya hemos expuesto en anteriores oportunidades con relación a las ilustraciones de este artista, tan afortunadamente aquerenciado a la pampa, que es su tema esencial. Solamente un hombre que ha caminado las noches lujosas y las mañanas húmedas de la llanura argentina, cabalgando la propia sangre, y descansado el cuerpo en el plan de un bajo, por borrados cañadones, puede darnos los antiguos silencios y las permanentes altiveces del criollo, prodigiosamente representado por los gauchos de Hernández.

Pienso en un mocito, de ojos bien abiertos a toda huella y a todo rumbo, acompañando troperos por los campos de Mercedes y en la peripatética columna del arreo. El nieto del coronel Baldomero Lamela trae de lejos esa apetencia natural por las cosas de la tierra; tras su niñez vivida en la llanura pampeana, los resabios y la querencia le dieron “ojos mejores para ver la patria”, como quería el enorme Lugones. Hacía años que venía proyectando una edición del Martín Fierro, ilustrada con sentido popular y didáctico, sin lujos subjetivos y sin abstrusismos fuera de lugar: tarea no simple, desde luego.

Grandes ilustradores ha tenido el poema hernandino desde aquel año 1879 en que La Vuelta apareció, en su edición príncipe, con las memorables láminas dibujadas por Carlos Clérice. Una larga nómina de artistas aportó lo suyo, con cariño y seriedad manifiestos y sensibilidad varia: Basaldúa, Belloq, Rebuffo, Macaya, Güiraldes, Marenco, Nicasio, Valencia, Guido, Alonso, Castagnino y Páez, entre otros. Todos brindaron un aporte meritorio, personal, entrañable. Y ahora Juan Lamela, con humildad consciente y pasión contenida, viene a afrontar por segunda vez tamaña responsabilidad, confiado en su fidelidad a los seres de la tierra y sopesando valores puramente formales y hondos reclamos espirituales.

Don Pepe Hernández, el sobrino de Prilidiano Pueyrredón, nos mira desde la aguada con ojos que han visto mucha patria, en largos peregrinajes. Parece decirnos con su vozarrón de matraca: “Mucho ha habido que mascar para echar esta bravata”. Porque así fue no más este cantor criollo, en cuya dimensión biológica se cruzaban varias sangres, simbólicamente, de seguro. “Tengo curiosidad, le decía Miguel Cané en 1879, de saber qué vida habrá llevado Ud. para escribir esas cosas tan lindas y tan verdaderas, que no se trazan al resplandor de la pura y abstracta especulación, pero que se aprenden dejando en el camino de la vida algo de sí mismo: los débiles, la lana, como el carnero; los fuertes, sus entrañas, como el pelícano...” Conceptos válidos no solamente para la magistral creación hernandina sino también para la obra de Lamela.

Detrás de los rostros pintados de Cruz, del Moreno, de Picardía y del Viejo Vizcacha, imagino las vivencias del poeta recuperadas por el artista; vivencias de pampa abierta y de duelos criollos jugando un destino; de lides entre gauchos sin hiel que avanzan desde el otro lado del río Salado y bordean las lagunas del Potrerito y La Abrazadora, como en aquellos días en que el mozo Hernández fue arreado “en montón” por el coronel Pedro Rosas y Belgrano. Mientras contemplo los gauchos hispanos de Lamela que pueblan este libro, la memoria me lleva hasta la quinta de Ambrosio Lezica, en Flores, donde el coronel Baldomero Lamela tuvo que juzgar al jefe circunstancial del joven poeta gaucho, vencido en el Rincón de San Gregorio, en los campos de los Miguens.

Alguien se preguntará, seguramente, por qué estamos hablando de las raíces en vez de referirnos a las flores o al fruto. De no haber tenido lugar ese proceso de vaciamiento de lo criollo que señalamos, no tendríamos que estar justificando o explicando la estética nacional implícita en los cuadros y dibujos de Lamela. Como no cabría justificar la literatura gauchesca en la narrativa, la poesía o el teatro, en razón de su presencia dinámica a lo largo de una tradición ininterrumpida.

En suma: entre las notas que deben ser destacadas de esta edición del Martín Fierro figura, en primer lugar, lo que ella entraña de recuperación de los reclamos vigentes y de los fueros de una estética nacional original, coincidente con la que Juan María Gutiérrez anotó en su momento al considerar la poesía en estilo gaucho: en este caso, compartiendo la pintura ilustrativa la proyección no mensurable del Poema. Tal testimonio y su modo de encararlo didácticamente, me parece que constituyen valoraciones lo suficientemente sólidas como para que esta introducción al texto hernandino y sus ilustraciones, en vez de palabras vanas o pretensiosas, sean una manera de abrir las puertas a un territorio de horizontes infinitos, casi sagrado. FERMIN CHAVEZ

 

Reproducida en esta edición