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Nochero: poesía vernácula - sonetos - poemas lunfardos

Juan Pedro Brun

Editorial Palermo

1969

Tapa blanda, rústica sin solapas

126 páginas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Desgastes menores por paso del tiempo.

 

✶ SINOPSIS:

¿Es el reverdecimiento de la poesía lunfardesca una victoria de la anti-moda? Porque la moda —la de los premios, la de la bambolla, la de la mafia— avanza de espaldas a las viejas palabras y trata de articular un lenguaje nuevo. La moda no se detiene en la vida visible sino en la conjeturable. Desdeña el amor y se relame por el erotismo. Presume, en fin, de pergeñar una nueva ética con desaprensión igual a la que pone en la formulación de una nueva estética. Al costado de ese caos, florece, anacrónicamente, la nueva lunfardesca. Es este el cuarto libro de versos lunfardos que prologo este año. A los “Sonetos Mugres” de Daniel Giribaldi siguió “El convento de los lunfas”, del laureado Luis Ricardo Furlan (premio de la OEA) —un tomo inédito al que auguro editor—. Luego presenté “Lunfardía en Villa Gesell”, de Ramón Miguel Franco, y ahora me honro construyendo este pórtico para las inspiradas lunfarderías de Juan Pedro Brun, verseador fecundo, de lenguaje claro y derecho, a quien con gusto le suscribiría el título de propiedad del cachito de gloria que disfruta en el parnaso reo.

No es puro empecinamiento este retorno a las fuentes del lenguaje popular. El lunfardo tiene todavía mucho que dar, literariamente hablando, y lo da por medio de estos libros, y continuará dándolo mediante otros sucesivos, y desmintiendo a quienes se apresuraron a extenderle la partida de defunción. En un tiempo se combatía al lunfardo en nombre del purismo y se horrorizaban los hispanólogos y los hispanistas ante el tupé con que ese vocabulario paralelo —“menos hijo de la cárcel que de la inmigración”, como señalé alguna vez— afirmaba su participación en el lenguaje argentino. Ahora lo desdeñan también muchos antipuristas, quizá porque su insurgencia inicial ha sido sometida al rigor académico. Pero el lunfardo, como el tango, se empeña en sobrevivir, en rebrotar, y en ir enterrando a sus enterradores. De ese empeño son hijos los versos que siguen a estas líneas.

En su autobiografía, dice Juan Pedro Brun:

Mi poesía y mi lunfardo me vienen desde el chupe
con sabor a conventillo de mi pila bautismal...

Allí está la clave de esta sobrevivencia; en que no sólo a Brun, sino a todos nos viene el lunfardo desde el chupete. En lunfardo —lampá, che— jugamos a la bolita, y el lunfardo acreditó los pujos de la hombría incipiente, con el faso, la libreta de enrolamiento y la llave de la puerta de calle. Luego, cada vez que nuestro yo emergió de la caparazón en que lo encerraron las circunstancias, lo hizo con un lunfardismo en la boca.

Por eso, aunque la literatura lunfardesca no carece de artificios —en realidad es obligadamente artificiosa, ya que nadie, ni Julián Centeya, emplea al hablar un número de lunfardismos tan vasto como el que se da en ella—, es también esencialmente auténtica, porque su artificio no representa sino la búsqueda de una expresión más vigorosa, de una traducción más cabal de los propios sentimientos. Toda literatura tiene su propio artificio, y el de la lunfardesca es puramente cuantitativo. Consiste en emplear diez lunfardismos por cada uno de los que se emplean en la conversación. Otras literaturas se valen de artificios más complejos. Por ejemplo: no reniegan del vocabulario oficial para asumir el marginal o paralelo; lisa y llanamente se crean su propio vocabulario.

Juan Pedro Brun —feliz poseedor de varias recompensas literarias: tres medallas de oro; una mención de la Academia Porteña del Lunfardo— maneja el léxico lunfardesco con gran solvencia y tiene un sentido musical del verso que no resulta ahora fácil de encontrar. Sus temas son los viejos temas queridos del arrabal; su estilo frecuenta el apóstrofe, un recurso que el morocho Cele Flores empleó con gran destreza. Creo que la poesía de Brun está emparentada con la de Flores, con lo que se demuestra que por sus versos circula buena sangre. Sin forzar la metáfora, y esperando que no se la juzgue denigratoria, puesto que Brun es hombre del turf, diré que el autor de Nochero es un “crack” de la poesía popular, y que lo ha demostrado al cubrir, sin fatiga y con donaire, a pesar de la pista pesada, el largo trecho que lo llevó a la popularidad. Allí se está ahora muy orondo, junto a Centeya y Giribaldi, y allí quedará inscripto su nombre junto al del Yacaré, al de Linyera, al del “Malevo”, Carlos de la Púa, al del tano Iván Diez, al de tantos otros que supieron hacer poesía purísima con el barro de los callejones.

 

San Isidro, noviembre de 1968

JOSÉ GOBELLO