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San Martín de Tours: el amigo de Dios y Patrono de Buenos Aires

Helvio Ildefonso Botana

Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires

Secretaría de Cultura

1980

Tapa dura, con sobrecubierta original

155 páginas

Tres ilustraciones a página completa de GER

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin detalles.

 

✶ COLOFÓN:

La Secretaría de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires seleccionó este libro y contrató su edición en homenaje al IV Centenario de la Fundación de la Ciudad por Juan de Garay. El proyecto de esta edición estuvo a cargo de un equipo dirigido por el arquitecto Jorge Canale, quien fue asimismo el responsable del diseño de la obra. Ricardo Ducasse efectuó la diagramación y Julio Cabail Borda asumió el cuidado general de la edición. Las ilustraciones son obra de GER. La ejecución gráfica y la encuadernación estuvieron a cargo de Bicolor S.R.L. De esta edición se han impreso 3.000 ejemplares en papel Witcel Conqueror de 130 g, con tapas en cartón 8 forrado en tela y sobrecubiertas en cartulina Registro Exacto de 250 g, laminada en acetato. Los textos fueron compuestos en caracteres Caledonia y los titulares en Bodoni. La sobrecubierta se imprimió en offset, la tapa en serigrafía y los textos en tipografía. Este libro se terminó de imprimir en Buenos Aires, en el mes de octubre del año mil novecientos ochenta.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ PRÓLOGO:

En reciente viaje a Europa, llevé conmigo el borrador de “SAN MARTÍN DE TOURS, Amigo de Dios y Patrono de Buenos Aires”, obra escrita por mi polémico amigo Helvio I. Botana. La Providencia me deparó la oportunidad de leer el trabajo en sitios relacionados con personajes casi contemporáneos de San Martín de Tours como lo fueron los Obispos Osio de Córdoba, Leandro e Isidoro de Sevilla, Ildefonso de Toledo, Agustín de Canterbury y Patricio de Irlanda. También me acompañaron los folios en los lares del trágico heresiarca gallego Prisciliano, tan destacado en este libro. Según susurrada tradición, su tumba habitaba el sitio sobre el que más tarde brotaría la soberbia catedral románico-plateresca de Santiago de Compostela.

Es reconfortante comprobar que entre los actos conmemorativos del CCCC aniversario de la fundación definitiva de nuestra Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire (de ancestro sevillano-cagliaritano), no se pretende silenciar o disimular el signo religioso, como sucedió con la historiografía liberal, sino que se lo pone de relieve.

Entre otras cosas, la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires ha encargado un libro sobre el célebre Santo Patrono de la Ciudad, Martín Obispo de Tours. El encargo era riesgoso pues el autor debía aportar diversas dotes: poseer conocimientos sólidos de la Historia de los Pueblos, de la Historia de la Iglesia en el período del nacimiento de la cristiandad medieval, de las historias de la espiritualidad cristiana, del monasticismo de Oriente y de Occidente, de los dogmas de la Fe, y también de las ideas heterodoxas y de sus autores. Asimismo un dominio del tema de las relaciones Iglesia-Estado, que comenzaban a perfilarse al emerger los pueblos del Occidente Latino de la anarquía bárbara. Y por si esto fuera poco, el prospectivo autor debía manejar una capacidad de síntesis y de integración de todos estos elementos, ser dueño de un sereno juicio historiográfico y entretener con un ameno relato.

Esta obra fue emprendida, a mi entender con total solvencia vocacional por el escritor Helvio I. Botana, quien compuso una hagiografía donde el sujeto tratado adquiere relieve, altivez y movimiento, en medio de aquel aciago período de la historia pre-medieval en que Martín de Tours vivió, y que, en lo que tiene más de perdurable aquella época, ayudó a construir. El capítulo del “affaire Prisciliano” es a mi juicio el más importante y dramático. Hacia el final del libro hay unos capítulos relacionando al Santo con la ciudad porteña del Plata puesta bajo su patronazgo.

No sé de las otras producciones literarias de Botana, pero ésta no sólo es inobjetable sino digna de elogio: lo digo lealmente y sin reservas.

Meses antes de la Segunda Guerra Mundial, un escritor y político, Charles Maurras, incrédulo y en conflicto ideológico con la Iglesia Católica, dijo las siguientes palabras que entonces, viniendo de quien venían, produjeron verdadero estupor: “Nuestro porvenir no se concibe sin la protección y mediación de esos apoyos misteriosos que son los Santos y la Virgen a quienes está consagrada Francia” (Discurso de admisión a la Academia Francesa, 8-VI-1939). Los santos son los principales custodios —invisibles pero reales— de la Ciudad. Para nosotros en primer lugar San Martín de Tours. Pero no sólo los santos proclamados como tales en sesión solemne de la Iglesia. También aquellos santos incógnitos, que duermen su muerte provisoria bajo las bóvedas de nuestras viejas iglesias, y en los cementerios de “la Chacarita” o “la Recoleta”. Ellos en vida, con las armas de la Luz de Cristo, sirvieron a Dios y al pueblo de Buenos Aires desde 1580 hasta 1980 —y lo siguen haciendo desde la excelsitud del Reino del Padre.

No dudo que esta obra, compuesta por su autor con devoción y minuciosa investigación de personajes, hechos e ideas, logrará transmitir a los muchos lectores un mejor conocimiento y amor por el mitrado Santo que desde el 20 de octubre de 1580 ejerce el patronazgo sobre nuestra Ciudad, pedido a Dios por la Fe de los Fundadores de Buenos Aires.

Monseñor Daniel José Keegan Rector de la Santa Catedral de Buenos Aires. Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire. Enero de 1980, IV Centenario.

 

✶ ACLARACIONES:

El mayor rango en el Imperio Romano era el de Augusto, equiparado a la concepción moderna de Emperador, que antiguamente se aplicaba como rango de honor a los militares victoriosos, siendo subsidiario y no supletorio del título de Augusto.

El segundo en importancia era el de César, con quien el Augusto compartía las tareas, especialmente las bélicas, y poseía vocación hereditaria al trono.

Con el Augusto Diocleciano, el Imperio se dividió en dos; el de oriente y el de occidente; debido a las dificultades administrativas que representaba gobernar desde Roma tan gran extensión como abarcaba.

Desde Constantino la capital de oriente estuvo en Bizancio, con preponderancia de la lengua griega; y la de occidente en Roma, con lengua latina.

El Imperio de oriente sobrevivió mil años al de occidente. Cayó en 1543 en poder de los turcos otomanos, que la mantienen hasta la fecha.

En tiempo de San Martín las ciudades más importantes de las Galias eran Treveris, Burdeos y Lyon.

Los bárbaros fueron desviados al arrianismo por influencia imperial, en especial del Augusto Valente que les enviaba predicadores arrianos para tronchar el apostolado ortodoxo.

Los libros fundamentales para entender la época y la vida de San Martín, son, en primer lugar los de sus contemporáneos: de Sulpicio Severo, que fuera su discípulo y secretario, que escribió su vida, y unos extensos diálogos sobre ella; la Historia Romana de Ammiano Marcelino; Las Instituciones Militares de Vegecio; Las obras del Augusto Emperador Juliano el Apóstata; las obras de San Ambrosio; los poemas de Prudencio y de San Paulino de Nola; y La Historia de los Godos de Jordanes, que si bien fue posterior a San Martín su libro no es más que una recopilación de historias godas que le eran contemporáneas.

La otra bibliografía utilizada ha sido para rehacer en lo posible el ambiente de la época en que actuó nuestro Patrono, y para analizar la gravitación del espíritu martiniano en la historia argentina, signada por él desde la fundación de Buenos Aires hace cuatro siglos.

La cronología del siglo IV que se adjunta, se considera necesaria pues todo suceso importante de su época está relacionado con su accionar y sirve para ratificar o rectificar a sus biógrafos.

Aclaraciones sobre los biógrafos de San Martín

El más importante fue su discípulo y amigo Sulpicio Severo. Sulpicio Severo era rico; culto; ingenioso. Cayendo en una terrible crisis sentimental por la muerte de su mujer a la que adoraba, fue en busca de auxilio espiritual junto a San Martín, cuya fama era total, y lo halló y se quedó a su lado hasta la muerte de nuestro Santo del cual dejó un sucinto relato de su vida, y unos largos diálogos en los que recoge datos preciosos de miles de sus hechos.

Es un escritor alegre, con observaciones picantes, bonachón con malicia y humor, de ese que sin herir corrige. En su robusta Fe le fluyen chocarrerías, burlas a monjes y a curas poco ascetas y algo disolutos, pero sin hacer juicios malévolos sobre sus debilidades, sino relatándolas al pasar como muestra de la debilidad del hombre, capaz de caer mil veces sin dejar de ser escuchado por Dios.

La Fe la pierden más fácilmente quienes se horrorizan de los defectos ajenos que quienes los comprenden. La vida de San Martín ha sido descripta y deformada a través de los siglos, de mil maneras, según la concepción de vida de sus biógrafos.

Deliciosas son las leyendas medioevales nacidas del bajo pueblo, que en su simplicidad volcaron sobre sus milagros otros de similar importancia: la poesía y el amor. Ejemplo de ello lo da “La Leyenda Dorada” de Jacobo de la Voragine. Le adjudican hechos simples; tiernos; graciosos. Gracias a su influjo sus almas bailan de alegría en la bella mansión de la esperanza.

En 1450, Luis XI de Francia, el tortuoso, hábil y siempre ávido de poder monarca, ordenó al doctor Ambrosio de Cambrai una genealogía auténtica del santo, de la cual resulta que este era pariente de diez santos; catorce Augustos; ocho Césares. Se lo hace sobrino de Juliano el Apóstata, con vocación hereditaria al trono de Hungría y al Imperio.

Otra biografía anterior lo hace tío de San Patricio y de San Sinan, hijo de un rey de los hunos que lo quiere armar caballero y él desprecia tal honor.

Existen cientos de trabajos sobre nuestro Patrono. El más asequible y popular es el libro de Adolfo Regnier, pero ninguno da la importancia que tuvo el “caso Prisciliano” que lo hace campeón de la tolerancia religiosa; ni tampoco a sus luchas para no dejar caer a la Iglesia bajo el dominio del Estado.

Igual suerte le cabe a su iconografía. Es que el hombre siempre desea ver en los otros su propia imagen, y le cuesta ver que existe alguien diferente y mejor.

Aclaraciones sobre la iconografía de San Martín

Entre la real imagen de San Martín y su iconografía hay una violenta oblicua. La verdad de su figura es que era un hombre alto; fuerte; rubio; con su pelo y barbas hirsutas por lo mal cortados; su simple ropa, una túnica de lana tejida sin batanear, sin teñir, similar o igual a la de San Francisco que se exhibe en Asís, mezcla de fibras pardas y blancas conforme al pelaje de las ovejas de esa época; con su capa negra, armada con listones de no más de treinta centímetros de ancho, por necesidad de los telares caseros, unidos burdamente.

La imaginería, como con casi todos los santos, tiene todas las variaciones que pueden existir entre la imagen de los humildes y simples y la de los poderosos y sofisticados.

Una es la medioeval, en la que la innata poesía de los simples lo adornaba con mil historias, que en su Fe se hacían reales, bien descriptas en “La Leyenda Dorada” de la Voragine; otra es la de los grandes artistas de todos los tiempos.

Lo variado de su iconografía puede calcularse al pensar que después de la Santísima Virgen, es el Santo que más Iglesias y Oratorios tiene dedicados. En Francia se pueden contar más de quinientos pueblos que llevan su nombre, deformado por el transcurrir de los siglos. Como Danmartín o la Isla de Martinica, en sus colonias. Posee en las antiguas Galias más de cuatro mil Iglesias consagradas a él.

Otro índice de su importancia lo da la palabra “capilla”, originada en tiempos de Clodoveo, por el año 620, quien para custodiar la capa de San Martín como preciosa reliquia, eligió un pequeño templo que comenzaron a llamar “el de la capa”, “capillae” y luego por deformación “capilla”.

La más antigua imagen que se conserva de él, es del siglo VI, un friso de la Iglesia de San Apolinario El Nuevo, de Ravena. La disparidad de su representación es total. Hay quienes lo ponen como jinete; otros de Obispo; otros de pobre; llegando en Hungría a representarlo como un húsar, luciendo su dolman característico en lugar de capa.

Entre los miles de pintores que ennoblecieron su pincel imaginándolo, están el Greco; Tiziano; el Bassano; Van Dyck; y muchísimos otros de igual categoría.

La mejor escultura contemporánea en la que aparece cortando su capa, está en Arizona, Estados Unidos de Norteamérica, en una plaza que lleva su nombre, obra del gran escultor sueco Carl Milles, de cuya escuela salió nuestro Carlos de la Cárcova.

Pero la más bella imagen que puede verse, con ojos argentinos, es una existente en la Catedral de Buenos Aires, vestido de Obispo pero con el más simple de los ornamentos y está afeitado. Es la misma imagen que llevaban en procesión en nuestros tiempos coloniales; la misma que sacaron en andas durante las invasiones inglesas, para que a su conjuro y bajo su protección se aglutinara el pueblo para luchar victoriosamente contra los agresores.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INDICE:

- Prólogo

- Justificación

- Aclaraciones:

Aclaraciones sobre los biógrafos de San Martín

Aclaraciones sobre la iconografía de San Martín

- Primera parte: El Imperio Romano en el siglo IV. Causas de su decadencia. Usos, costumbres, problemas políticos y religiosos:

Causa de decadencia de los imperios e inicio de uno indestructible

El hastío del poder

Usos y costumbres del Imperio en el tiempo de San Martín

Sobre la comida

Vestimenta: de la toga y el pallium

Los palacios

Los sombreros

De la medicina en el siglo IV

Constantino y el arrianismo

Situación política y religiosa del Imperio Romano en la juventud de San Martín

El concilio de Nicea y el arrianismo

- Segunda parte: Vida y milagros de San Martín de Tours. Familia, patria y niñez de San Martín hasta su entrada al servicio efectivo como militar:

Aprendiz de guerrero

San Martín en Amiens hasta su unión con San Hilario. El nomilagro de la capa

El destierro de San Hilario y Juliano “El Apóstata”

Acción de San Martín durante su destierro solidario con San Hilario hasta el regreso a Poitiers

San Martín funda Ligugé, primer convento del mundo occidental

Comienzo de la vida taumatúrgica de San Martín

Más milagros

Qué cantaban San Martín y sus discípulos durante sus jornadas apostólicas

Himnos atribuidos a San Hilario y por no ser totalmente de él llamados “Espúreos”

San Martín, San Paulino de Nola y otros santos

La muerte de San Hilario proyecta a San Martín al obispado de Tours

Conversión de las Galias

San Martín y los cautivos

San Martín y Valentiniano I

Donde las armas no valen

El culto a las reliquias en San Martín de Tours

El amigo de Dios

Los impostores, Júpiter, Marte y mucho más Mercurio

El judaísmo en el siglo IV

La tolerancia a través de San Martín. El caso Prisciliano

San Ambrosio y Simaco. Vigencia de la tesis de San Martín de usar la convicción y no la fuerza

Muerte de San Martín

- Tercera parte: San Martín de Tours en Buenos Aires. Su influencia en la afirmación de nuestro espíritu nacional. San Martín es nombrado Patrono de Buenos Aires:

San Martín de Tours en las Invasiones Inglesas y el glorioso cuerpo de Patricios

“El Comandante de Patricios Voluntarios de Infantería de Buenos Aires a los Americanos”

San Martín de Tours y Rosas

Culto a San Martín de Tours en Buenos Aires, ciudad que él signara con su espíritu

Finito Libro Sit. Laus Deo Cristo et Mariae

Cronología del siglo IV en relación a los sucesos y personas que incidieron en la vida de San Martín

- Bibliografía

Autores anteriores a San Martín

Autores contemporáneos

Historias generales

Obras especializadas

Obras argentinas en relación a San Martín de Tours, desde la fundación de Buenos Aires

 

Helvio Ildefonso Botana (1915-1990)