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Sonetos Escogidos

Miguel Ángel

Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni

Editorial El Ateneo

1955

Traducción de José González Galé

Tapa blanda, rústica sin solapas

43 páginas

Edición bilingüe (italiano-español)

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes menores por paso del tiempo.

 

✶ PRÓLOGO:

Muchas gentes cultas ignoran que Miguel Ángel fué un “altísimo” poeta. Saben, sí, que escribió versos, que hizo algunos sonetos hermosos, pero juzgan que ésos fueron sólo chispazos, simples entretenimientos de un hombre genial. Y no es así. Basta hojear “Las rimas” para darse cuenta de que era un poeta en el más amplio sentido de la palabra. Y si esa cualidad suya ha sido olvidada —o por lo menos relegada a segundo término— es únicamente porque su obra como pintor, y sobre todo como escultor, es de tal magnitud que oscurece todos sus demás trabajos.

La poesía vendría a ser, entonces, para Miguel Ángel, algo así como el violín de Ingres. Pero a nosotros, que no podemos apreciar por nuestra propia cuenta cómo tocaba Ingres el violín, no nos cabe la menor duda de que los versos de Miguel Ángel son verdaderamente soberbios.

Es voz corriente, también, que sus mejores poesías fueron escritas durante los últimos años de su vida. Pero no faltan testimonios de que en la madurez —y aun en plena juventud— dió ya pruebas de su buen gusto y de su habilidad. Treinta y dos o treinta y tres años contaría cuando compuso —a fines de 1507 o a principios de 1508— el originalísimo soneto “La guirnalda”, dedicado a una joven desconocida que le cautivó y que, al decir de uno de sus más documentados y fieles biógrafos —Giovanni Papini— era una bellísima muchacha, natural de Bolonia, y a la que, por ello, aplica la sugestiva designación de “la bella boloñesa”. De cualquier modo, el soneto está ahí, magnífica muestra de un ingenio sutil y original.

 

II

 

Otra prueba de su fluidez para versificar y de su vivacidad para la réplica nos la ofrecen los versos que escribió en respuesta a los que le dedicara un poeta contemporáneo suyo —Giovanni Battista Strozzi— deslumbrado por la belleza de las estatuas que esculpió para adornar las tumbas mediceas —de Julián de Médicis, duque de Nemours, y de Lorenzo de Médicis, duque de Urbino. Se trata de cuatro figuras yacentes— dos para cada tumba— que representan el día, la noche, la aurora y el crepúsculo.

Strozzi, enamorado de ellas —sobre todo de la que simboliza la noche— le dedicó estos versos:

 

La notte que tu vedi in sì dolci atti
dormire, fu da un angelo scolpita
in questo sasso, e perchè dorme ha vita;
destala, se no’l credi e parleratti.

[La noche que dormida ves, con esta
placidez, por un ángel fué esculpida
en la piedra, y si duerme tiene vida:
despiértala y verás cómo contesta.”]

 

Miguel Ángel que, aunque educado como un hijo más en el palacio de Lorenzo el Magnífico, se había distanciado de los Médicis cuando los sucesores de aquél atentaron contra las libertades florentinas, dió una respuesta —en cuatro versos, también— cortante y decisiva:

 

Grato m’è il sonno e più l’esser di sasso
mentre che’l danno e la vergogna dura.
Non veder, non sentir m’è gran ventura.
Però non mi destar. Deh! parla basso.

[Me es grato el sueño, y más el ser de piedra
en tanto el daño, la vergüenza dura:
no ver, sentir, ni oír, ¡qué gran ventura!
Baja la voz; el despertar me arredra.]

 

III

 

Entre los sonetos de Miguel Ángel hay algunos —los dedicados a Tommaso del Cavaliere— que son intraducibles al castellano. La amistad entre Miguel Ángel y Cavaliere ha suscitado muy encontrados juicios. Algunos le han dado la más torpe de las interpretaciones; otros no han hallado en ella nada censurable. Miguel Ángel, admirador y creador de la belleza, quedó, sin duda, impresionado por la de su amigo y discípulo —le dió lecciones de dibujo—; pero la vida privada de Cavaliere era normal: tenía esposa e hijos. Y muchos piensan, también, que Miguel Ángel fué un hombre limpio. Además, dicho sea de paso, le llevaba a su joven amigo cerca de cuarenta años. Por otra parte, en una de las pocas cartas que de Miguel Ángel a Cavaliere nos han llegado, se descubre una admiración tan grande de aquél por los trabajos de éste que no puede menos de desconcertar.

“A vuestra señoría, única luz de nuestro siglo en el mundo, no puede satisfacerle la obra de ningún otro, pues no tiene par ni semejante . . .” Si Cavaliere hizo algo que mereciese tan alambicados elogios, hay que reconocer que tuvo muy mala suerte, pues de esa obra nada ha llegado hasta nosotros.

Las respuestas de Cavaliere al maestro —humildes y respetuosas— alejan todo pensamiento turbio. Y a despejar la atmósfera contribuye uno de los tantos sonetos que Miguel Ángel dedicó a su dilecto amigo. Es el que se recoge en este volumen.

Pero aun con todas las salvedades que se quiera, una mente española —de estirpe española— no concibe muy bien esa clase de amores. El español —al igual que sus descendientes de América y de Filipinas— es normalmente un tanto áspero; poco dado a cierta clase de efusiones. Y no por soberbia, no: por pudor —pudor moral, se sobreentiende. Quizás por ello creó el verbo querer, para expresar un pronunciado matiz del verbo amar. Diferenciación que se echa de menos en una gran parte de las lenguas. En la nuestra se habla, claro está, de amor maternal y de amor fraterno. Pero decimos “quiero a mi madre y a mi hermano”. Y aun a la misma novia le decimos “te quiero”, más bien que “te amo”. Y si buscamos una frase extremosa agregamos: “te adoro”. Pero el “te amo”, nos resulta un tanto amanerado.

Son, pues, intraducibles al castellano —aun admitiendo la limpieza que muchos quieren ver en ellos— los sonetos a Tommaso del Cavaliere, a no ser que los rehagamos a nuestro modo, es decir, que los desnaturalicemos y los echemos a perder.

 

IV

 

Nadie ha interpretado ese pudor moral —¡tan castellano!—, ese celar los sentimientos íntimos, como Calderón de la Barca. Una prueba tangible la tenemos en uno de sus más famosos dramas: “La vida es sueño”. En el primer acto, al advertir Segismundo que sus quejas han llegado a oídos extraños —Rosaura, que viste ropas masculinas y su criado Clarín—, se revuelve airado y dice:

 

Pues muerte aquí te daré,
porque no sepas que sé
que sabes flaquezas mías.

 

Segismundo es polaco —así lo ha dispuesto el autor— pero su creador es español y ¡qué española es esa actitud! Esa resistencia a tolerar que otro penetre nuestro más íntimo sentir. Se ha escrito mucho acerca del honor calderoniano, pero no se ha subrayado lo bastante —que yo sepa— su sentido del pudor —ese pudor moral que está aquí en juego. Por eso los galanes del teatro de Calderón —que, acaso, sintieron algunas veces la tentación de perdonar un desliz femenino— se muestran inexorables. ¡Perdonar sería dejar ver el fondo de su alma!

Un poeta mucho más moderno —la antítesis de Calderón—, Gustavo Adolfo Bécquer, ha expresado en una rima inmortal ese mismo sentimiento, aunque, desde luego, dándole otro tono.

 

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: “¿Por qué callé aquel día?”
Y ella dirá: “¿Por qué no lloré yo?”

¿Llorar? ¿Hablar? ¿Desnudar lo más hondo del alma?

Eso nunca: primero el dolor, la desgracia irreparable.

Es el propio Calderón el que repite, bajando la voz:

Porque no sepas que sé
qué sabes flaquezas mías.

 

V

 

¡Perdón! Se me ha ido el santo al cielo, y, hablando de Miguel Ángel vine a dar en Gustavo Adolfo Bécquer. Volvamos a nuestro poeta.

No es mucho lo que me queda ya por decir, y la digresión que, momentáneamente, nos alejó de él tuvo, precisamente, por objeto poner de relieve que si los sonetos a Cavaliere no son, en manera alguna traducibles a nuestro idioma, no por ello se ha de entender que sean reveladores de un sentimiento patológico. Cada país, cada época tiene un clima espiritual propio, y las reacciones que en determinadas circunstancias se producen varían de conformidad con ese clima.

Miguel Ángel —al sentir de los mejores de sus biógrafos, y de los que en vida le trataron— era un hombre limpio, sin exquisiteces ni remilgos de esos que exteriorizan cualidades morbosas o negativas. ¿Por qué, pues, no dar fe a sus propias palabras y admitir la pureza de sus sentimientos?

Era poeta y, como tal, dado a magnificar las cosas. Vivió en Italia, en pleno renacimiento, entre artistas y magnates y no pudo evitar —ni pensó, acaso, que fuera necesario— que se le pegaran algunas maneras cortesanas de uso corriente, aunque, a decir verdad, él, en su fuero interno, fué todo lo contrario de un cortesano. Liberal, rompió con los Médicis —en cuyo palacio se crió— cuando vió surgir en ellos procedimientos dictatoriales; trabajó asiduamente para los papas, pero tuvo con ellos más de una desavenencia y no fué fácil de manejar. En fin, como todo artista verdadero, tenía algo de niño mimado, y solía decir lo que pensaba —bueno o malo— sin curarse de la opinión ajena. No, no hay derecho a emitir sobre su moral juicios temerarios. Y los que lo hagan será porque les complace el análisis de ciertos temas. El puritanismo exagerado es, a veces, una máscara para ocultar las propias debilidades. J. G. Galé