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Poesías Completas (1918-1938)

César Vallejo

Editorial Losada

Colección Poetas de España y América

1953 - 2 edición

Tapa blanda, rústica con solapas

284 páginas

Recopilación y prólogo de César Miró

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Parcialmente intonso. Lomo con desgastes (ver fotos).

 

✶ PRÓLOGO (fragmento):

¿Quién es César Vallejo? ¿Qué representa? ¿Cuál es su significación dentro de la poesía contemporánea? Es necesario hacerse estas preguntas porque la imagen de Vallejo está aún llena de incógnitas. Su figura está todavía con media cara en la sombra; porque se confunde con frecuencia la actitud del hombre con la voz del poeta. Es evidente que ambos valores se complementan, que ambas definiciones concurren a su filiación integral; pero a condición de que ninguno de los dos esté supeditado al otro, de que no nos arrastre la simpatía por el personaje al extremo de colocarlo por encima de la persona lírica, sobre la descarnada y pura realidad del creador. Porque no existe equiponderancia entre ambos valores y, en el caso de Vallejo, lo abstracto, lo intangible, pesan más que lo concreto; la estatura poética sobrepasa las proporciones de la figura humana, del hombre limitado entre su cerebro y sus pies.

Yo empezaría este retrato por sus pies. Más todavía: por el movimiento de sus pies; por la huella de sus pies. Porque César Vallejo es un fugitivo. No es posible tampoco ubicarlo en una escuela, en una manera determinada del lenguaje poético. César Vallejo representa un proceso, una trayectoria, una búsqueda, una constante fuga.

Hay una primera salida, una primera marcha en la accidentada diáspora lírica y humana de este hombre; y esta primera marcha se orienta por los caminos de su propia sangre. César Vallejo es un fugitivo de su sangre, porque el mestizo, como en Garcilaso, por ejemplo, es el hombre que huye de su raza sin proponérselo, y esto no constituye, por lo tanto, una acusación, y sin lograr liberarse de su sino y de su influjo. Debajo de su piel oscura y seca; debajo de su tristeza y su hermetismo, el hombre autóctono está librando una batalla. Y esta batalla de cuatro siglos, este duelo del indio y el conquistador representa el contenido dramático y dialéctico de nuestra América. Debajo de la piel cobriza de César Vallejo se libra este combate, esta terca pugna en la que es tan difícil tomar partido. Porque no es una batalla por la victoria sino por la batalla misma, por la necesidad de la batalla que establece un equilibrio cuya desaparición comportaría una destrucción y una muerte.

Este conflicto determina en el poeta, que es el actor sin quererlo y el obligado espectador del drama; determina, digo, reacciones contradictorias y radicales. Y el fugitivo, que es un hombre en rebeldía, porque todo el que fuga se está rebelando contra una obligación o contra una sentencia; el fugitivo adopta gestos y actitudes con los que pretende disfrazar su propia identidad.

No es artificiosa ni antojadiza esta filiación remota de César Vallejo. Yo le concedo una especial importancia porque son innumerables los factores que concurren a robustecerla, a hacerla más honda y decisiva. Nace Vallejo en Santiago de Chuco, provincia andina del departamento de La Libertad, en el norte peruano; y aun en este hecho parece que encontráramos una significativa coincidencia. Dicen las crónicas que fué fundada la villa, en los albores del siglo XVII, por un puñado de mineros gallegos que buscaban allí el oro fabuloso de las Indias. Venían de Santiago de Compostela, de Orense o Pontevedra y acaso hallaran en las verdes colinas de los Marca-Huamachucos el eco nostálgico y el remedio para la morriña de sus lejanas tierras. El nombre del apóstol se confunde entonces con la voz aborigen. El mar no está cerca y los Andes son altos. Hay que radicarse, hay que echar una raíz que acaso llegará hasta el corazón de los metales. Y se produce la transfusión; y nace el hijo mestizo de padre galaico y madre chimú. Santiago de Chuco es una de las más patéticas expresiones del mestizaje americano y yo quiero encontrar en esa circunstancia la explicación de un matiz, de acento característico en la obra del hondo poeta peruano, de su actitud a veces anárquica, de su desesperada búsqueda de sí mismo.

Cuando Vallejo, a los veinticinco años de vida santiaguina, abandona su provincia y publica Los heraldos negros, define y denuncia esta rebeldía y esta fuga. En el enunciado mismo hay algo así como una lejana sugerencia de esa dualidad, un síntoma que acaso recogería el psicoanálisis. Aquí los “heraldos”, la insinuación heráldica, mejor dicho, está representando de una manera subconsciente, a lo español. Y lo están representando de una manera dramática, es decir, de una manera española. En el poema mismo encontraremos expresiones que confirman, reiteradamente, esta actitud. Así cuando habla de esos “golpes como del odio de Dios”, el tono blasfematorio, el grito desesperado y rebelde, no pueden ser más españoles. No se concibe una actitud semejante en el indio, esencialmente místico y, sobre todo, profundamente religioso. Hay luego una angustiosa duda en ese leitmotiv que dice: “¡Yo no sé!”, y ésta sí es una característica de la psicología indígena, como el “¡quién sabe!” y el “¡así será, pues!”, expresiones de su sentido fatalista y misterioso, para reaccionar luego y declarar, con evidente arrepentimiento, que esos golpes “son las caídas hondas de los Cristos del alma”, como para borrar con un apremiante acto de contrición el pecado mortal de los primeros versos.

El fatalismo que se advierte en toda la poesía de César Vallejo no es, sin embargo, rigurosamente indígena, exclusivamente americano. Es también producto del escepticismo español. Y lo es en su esencia y en su forma. En la negación y en la duda. No es otro el espíritu de los versos de este mismo poema, que es, a mi juicio, el que mejor define la poesía de Vallejo, cuando presagia: “Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”. Aquí se le reconoce hasta en la expresión, emparentada con la advertencia sombría del refranero, síntesis de una filosofía escéptica y, por lo tanto, española.

En el resto del libro se observa una oscilación entre ambos valores, entre las dos tendencias, entre ambas sangres. Y siempre encontraremos el acento desesperanzado, el idioma angustioso del hombre situado en el cruce de dos caminos sin saber cuál de los dos elegir.

No quisiera insistir en el acontecimiento episódico ni en la interpretación del gesto humano para trazar este retrato de César Vallejo. Pero algo me dice, acaso él mismo me lo dicta ahora, que es necesario hacerlo. Debe haber alguna relación, en términos generales, entre la vida y la obra del artista aunque no es indispensable que así sea. En muchos otros casos la contradicción es evidente. En César Vallejo, no. Porque este hombre que abandona su pueblo, que debía dolerle mucho como le duele el duelo hondo de su sangre; este fugitivo de su heredad, no encuentra compensación alguna, no le beneficia el cambio. El ambiente limeño le es hostil. Hay un silencio de piedra, un silencio de adobe en la ciudad regateadora y egoísta. Los oídos encomenderos no soportan esta voz bronca y áspera, desgarrada y punzante, acusadora y viril. César Vallejo vive una vida oscura y solitaria; una vida que no puede conjugarse con la existencia frívola de un mundo pequeño-burgués y sin tragedia. Es el peón, es el arriero de la Hacienda Menocucho, es el provinciano desadaptado e inadaptable, es “el cholo Vallejo”. Trilce pertenece a esta época. Cuando apareció Trilce el silencio se hizo más obstinado y sospechoso. Porque era una poesía desacostumbrada y, sobre todo, porque era una nueva actitud del rebelde. No quiero clasificar este libro porque no estoy de acuerdo con el encasillamiento de César Vallejo. Si tiene puntos de contacto su poesía con el dadaísmo, por ejemplo, esto no quiere decir que la poesía de Vallejo sea dadaísta. No creo tampoco que tenga alguna importancia su definición del simbolismo, sobre todo en su primera época, porque toda poesía es, en esencia, simbolista y el simbolismo como escuela me parece una majadería de gentes demasiado preocupadas por colocarse una etiqueta.

En Trilce se encuentra más diferenciado el denominador mestizo, la tonalidad peruana de la poesía de Vallejo. Ya no son, únicamente, los temas: el hombre, el paisaje, la anécdota. Ahora es también la forma, el instrumento. César Vallejo busca una manera distinta y personal, traduce, mejor dicho, al lenguaje poético, las expresiones propias de aquello que suele reconocerse como de procedencia criolla y que, en realidad, no es otra cosa que lo mestizo, es decir, lo peruano.

 

 

✶ EXTRA:

César Vallejo nació en Santiago de Chuco en 1892 y murió en París en 1938. En esos cuarenta y seis años escribió una obra breve en cantidad, pero decisiva para la poesía en lengua española del siglo XX. Sus libros mayores son Los heraldos negros y Trilce, junto con los poemas póstumos reunidos en Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Alrededor de esos títulos hay una vida de privaciones, cárcel y refugio constante en la docencia, además de un viaje a Europa que terminó siendo definitivo. La infancia andina, la familia, Trujillo y Lima alimentaron su poesía incluso cuando Vallejo ya escribía lejos del Perú.

Los heraldos negros, publicado en Lima en 1919, conserva todavía algunas huellas del modernismo, aunque ya muestra una tensión con el lenguaje y con la experiencia que después se volvería inconfundible. Trilce, publicado en 1922, costeado por el propio Vallejo e impreso en los talleres de la Penitenciaría de Lima, llevó esa tensión a un punto mucho más áspero. El libro corta la respiración reconocible de la poesía de su tiempo y fuerza el idioma hasta una materia quebrada, inventiva, donde el dolor, la memoria familiar, el encierro y la fractura del mundo encuentran una forma nueva. La prisión en Trujillo, entre noviembre de 1920 y febrero de 1921, golpea buena parte de esa intensidad.

En 1923 Vallejo partió hacia Europa y ya no volvió al Perú. París fue el centro de sus años finales, difíciles en lo material y cada vez más atravesados por la política, el periodismo y una escritura donde la preocupación social ganó un lugar decisivo. De ese tramo salieron los textos publicados después de su muerte, con una lengua que conserva toda su extrañeza y al mismo tiempo se vuelve más humana, tocada por la Guerra Civil española y por el peso histórico de su tiempo. Su poesía no entra cómoda en el modernismo ni queda resuelta por la vanguardia; tampoco se deja reducir a poesía política. Vallejo hizo de la herida una forma verbal propia, sin convertir el dolor en consigna ni en declamación.