Carzou
Florent Fels
Editorial Editions Pierre Cailler
Colección Peintres et sculpteurs d'hier et d'aujourd'hui
1955 - 1 ed
En francés
Tapa blanda, rústica sin solapas
167 páginas
Ejemplar con dedicatoria autógrafa de Carzou, firmada y acompañada por un dibujo original del artista.
45 páginas de texto y 120 láminas fuera de texto, con reproducciones a página completa en color y blanco y negro. Las láminas a color se encuentran montadas sobre la hoja.
Impreso en Aigle (Suiza)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado
Pequeño detalle en tapa de y desgastes generales mínimos por paso del tiempo.
"A Fr. de Egli Negrini, trés cordialement, Carzou"
✶ INTRODUCCIÓN:
Al comienzo el hombre creó el dibujo. El hombre se llenaba la boca de tierras ligeras, apoyaba su mano con los dedos separados sobre la pared, soplaba, daba una vida plástica a su imaginación.
Los símbolos de su poder dieron la vuelta al mundo, desde Eyzies hasta Rodhesia y desde Altamira hasta la Vallée-des-Merveilles, transmitidos por la magia de la que los hechiceros eran los respetuosos augures. El dibujo, al expresar no sólo el signo de la posesión, sino también al individuo dueño de la materia, tomaba así una garantía sobre el porvenir. El hechicero se ponía al servicio de un poseedor cuyos rebaños enumeraba, buscando silogismos plásticos, creando referencias, y esos recuerdos-imágenes de su fuerza y de su supervivencia se aliaban contra las coaliciones del mal. Revelaba también sus escasas alegrías de vivir: la caza y la danza.
Si se considera a la mayoría de los coleccionistas modernos, la magia de la pintura apenas cambió de objetivo. Protege contra los riesgos de la miseria, asegura la abundancia, es garantía de sabiduría, permite levantar un muro ideal entre los rigores de la existencia contemporánea y ese vago deseo de evasión que atestigua una aspiración última a la belleza.
Observo a Carzou. Avanza temeroso entre cortinas de perpetua inquietud, pero camina con los ojos fijos a lo lejos, sobre una visión que lo atrae, que satisface su confianza y su necesidad de serenidad.
La vaga sensación de que pertenecemos a una era de fin del mundo, en una luz de desolación, es todavía una impresión de eternidad. Para Carzou, el azul del cielo, el ocre de la tierra, el verde de los vegetales, no existen sino en función de la nostalgia del artista por la perspectiva. «Lo que cuenta primero es el cuadro. Los elementos decorativos, las preocupaciones por los colores y los volúmenes, todo eso es secundario.»
Carzou siempre pintó la visión que le imponían sus sentidos. «Nunca me sedujeron las teorías de Maurice Denis ni las de los cubistas. Cuando trabajo frente al motivo o en mi casa, abandono el mundo de las realidades por una especie de reino religioso, en el que mi mano parece obedecer al impulso de una fuerza invisible. Y cuando me siento frente al caballete, penetro en un universo distinto del nuestro, como si entrara en oración.»
Ese misticismo inconsciente se alimenta, sin embargo, de realidad. Carzou pintaba un paisaje en el Rosellón. Detrás de él, una docena de curiosos seguían con interés los juegos del pincel sobre la tela. Cuando el cuadro estaba por terminar, el artista le agregó una mujer desnuda, casi transparente. El coro de curiosos dijo: «Mirá, es la Marie...», campesina que Carzou no conocía.
Miro su rostro mientras dibuja: su inquietud se delata por medio de rayados, de trazos fulgurantes y múltiples que lo ayudan a precisar el objeto de sus búsquedas.
Un verdadero artista nunca está seguro de sí mismo, porque está en perpetuo devenir. La frase que me decía Picasso en 1925: «Yo no busco, encuentro», es falsa, como la mayoría de las palabras, preceptos y recetas atribuidos al Ilusionista.
Por Carzou, estimo que volvemos a una nueva realidad fantástica. En la Edad Media, sin duda se habría pretendido que, a través de esas rejas, Carzou buscaba su alma, y lo habrían quemado.
Un verdadero artista crea el mundo a su imagen.
Poco a poco Carzou rechazó ciertos atributos que podían recargarlo: lámparas de petróleo, rejas, etc., pero conservó lo esencial, que dio a sus visiones su carácter propio y su originalidad. De esa depuración surgió un personaje nuevo que nadie se atreve a definir porque está en perpetuo devenir.
Contentémonos con el diagnóstico del arte de Carzou llegado a la mitad de su edad.
Denys Chevalier, su excelente cronista, lo situó muy bien: «Carzou nació un día de fiesta, el 1 de enero de 1907. ¡El 1 de enero! Esto podría tentar a un hacedor de horóscopos.» Agreguemos para los astrólogos que la cuna del niño Carzou se encontraba a orillas del Mediterráneo y que su iniciación inconsciente le hizo cumplir, en su primerísima juventud, el itinerario sagrado: Siria, Egipto.
El artista pertenece a ese mundo de visionarios cuyo tipo sublime fue realizado por Dante, el de los exploradores de abismos y de los cabalgadores de nubes, perpetuos buscadores de luz.
Así vi, una tarde entera, a un Carzou melancólico, que llevaba cerca de mí, como una sombra a través de París. Esto sucedía, sin embargo, al día siguiente del triunfo que le había dado su decoración para el ballet Le Loup: «¿Querés decirme al fin de dónde viene tu inquietud? Quiero volver al teatro antes de esta noche, no estoy satisfecho con la luz que juega a través de los árboles de mi bosque.»
Carzou aspira sin cesar y logra hacer renacer mundos perdidos, mares desconocidos, imágenes resurgidas de los confines del sueño.
Su signo astral, Capricornio, deja prever luchas constantes, peligros superados, obstáculos vencidos y el triunfo por el espíritu. Los individuos nacidos del 21 de diciembre al 20 de enero, sometidos a las influencias de ese signo, parecen beneficiarse de las leyes que rigen los misterios y las anunciaciones.
Es el tiempo de Navidad y de los Reyes Magos, del trabajo profundo de las fuerzas telúricas, de las hadas invernales, de las apariciones y de las metamorfosis.
Poseo una tela de Carzou en la que parecen conjugarse esas fuerzas secretas que sólo existen y sólo se revelan por oposición al realismo de la naturaleza. Es un pueblo de Borgoña, tierra predestinada a las gestaciones grandiosas, tierra donde subsiste la huella de la dinastía más artista, la más mágica en sus creaciones y en sus conquistas de piedra, donde cada iglesia es un relicario, donde cada pueblo posee la serenidad del pasado en esa Côte-d’Or colmada de presentes.
Carzou colocó en el cruce de un humilde camino de Borgoña una de sus primeras apariciones fantásticas. Un hombre camina, un desollado-fantasma, algún caminante que surge como la aparición de un peregrino iluminado. La realidad más objetiva está presente por el humilde pueblo disimulado entre frondosidades de tonos violentos. Un árbol de cuento de invierno tuerce su fantasma negro y revela, por medio de sus ramas, la muerte del año. Delgado y furtivo, el hombre avanza con la dulzura implacable de la condición humana, y creí encontrar ahí un doble del artista que, sin violencia, impone sus ideas y su visión.
De esa tela, de su serenidad fúnebre, supe que Carzou pertenecía al linaje de Claude Lorrain. Y los incendios de sus otoños, las puertas empujadas por el sol de sus obras posteriores, no hicieron más que confirmar la fuerza invencible de esa dulzura.
Habrá que volver sin cesar, a lo largo de este ensayo, sobre la palabra aparición, porque existe en Carzou una presencia sobrenatural, que es la de la poesía, hecha de cosas que se sugieren y que sobrepasan el muro sonoro de la realidad. Carzou conservó, a través de los escollos que surgen en nuestra época en el camino de los artistas jóvenes, la certeza de que la obra de arte es en sí un ser vivo.
Reproducida en esta edición
Au commencement l’homme créa le dessin. L’homme emplissait sa bouche de terres légères, plaçait sa main doigts écartés sur la paroi, soufflait, donnait une vie plastique à son imagination.
Les symboles de sa puissance firent le tour du monde, des Eyzies à la Rhodésie et d’Altamira à la Vallée-des-Merveilles, transmis par la magie dont les sorciers étaient les respectueux augures. Le dessin servant à exprimer non seulement le signe de la possession mais l’individu maître de la matière prenait ainsi un gage sur l’avenir. Le sorcier se mettait au service d’un possesseur dont il dénombrait les troupeaux, cherchant des syllogismes plastiques, créant des repères, et ces souvenirs-images de sa force et de sa survie se liguaient contre les coalitions du mal. Il révélait aussi ses rares joies de vivre : la chasse et la danse.
A considérer la plupart des collectionneurs modernes, la magie de la peinture n’a guère changé de but. Elle protège contre les risques de la misère, assure l’abondance, elle est gage de sagesse, permet d’élever un mur idéal entre les rigueurs de l’existence contemporaine et ce vague désir d’évasion qui atteste une ultime aspiration à la beauté.
J’observe Carzou. Il avance craintif entre des rideaux de perpétuelle inquiétude, mais il marche les yeux fixés au loin sur une vision qui l’attire, qui satisfait sa confiance et son besoin de sérénité.
La sensation vague que nous appartenons à une ère de fin du monde dans une lumière de désolation est encore une impression d’éternité. Pour Carzou, le bleu du ciel, l’ocre de la terre, le vert des végétaux, n’existent qu’en fonction de la nostalgie de l’artiste pour la perspective. « Ce qui compte d’abord, c’est le tableau. Les éléments décoratifs, les préoccupations de couleurs et de volumes, tout cela est secondaire. »
Carzou a toujours peint la vision que lui imposaient ses sens. «Je n’ai jamais été séduit par les théories de Maurice Denis ou celles des cubistes. Quand je travaille devant le motif ou chez moi, je quitte le monde des réalités pour une sorte de royaume religieux, dans lequel ma main semble obéir à l’impulsion d’une force invisible. Et lorsque je m’assieds devant mon chevalet, je pénètre dans un univers différent du nôtre, comme si j’entrais en prière.»
Ce mysticisme inconscient se nourrit cependant de réalité. Carzou peignait un paysage dans le Roussillon. Derrière lui, une douzaine de curieux suivaient avec intérêt les jeux du pinceau sur la toile. Le tableau sur le point d’être terminé, l’artiste y ajouta une femme nue, quasi transparente. Le chœur des badauds : « Tiens, c’est la Marie... », paysanne que Carzou ne connaissait pas.
Je regarde son visage tandis qu’il dessine : son inquiétude se trahit par des hachures, des traits fulgurants et multiples qui l’aident à préciser l’objet de ses recherches.
Un vrai artiste n’est jamais sûr de lui car il est en perpétuel devenir. Le propos que me tenait Picasso en 1925 : « Je ne cherche pas, je trouve », est faux comme la plupart des mots, préceptes, recettes attribués à l’Illusionniste.
Par Carzou j’estime que nous revenons à une nouvelle réalité fantastique. Au moyen âge on eût sans doute prétendu qu’à travers ces grilles Carzou cherchait son âme, et on l’aurait brûlé.
Un véritable artiste crée le monde à son image.
Peu à peu Carzou rejeta certains attributs qui risquaient de l’alourdir : lampes à pétrole, grilles, etc., mais garda l’essentiel qui donna à ses visions leur caractère propre et leur originalité. De cette épuration surgit un personnage nouveau que l’on n’ose définir car il est en perpétuel devenir.
Contentons-nous du diagnostic de l’art de Carzou arrivé au mitan de son âge.
Denys Chevalier, son excellent chroniqueur, l’a fort bien situé : « Carzou est né un jour de fête, le 1er janvier 1907. Le 1er janvier ! Voilà qui pourrait induire en tentation un faiseur d’horoscopes. » Ajoutons pour les astrologues que la crèche de l’enfant-Carzou se situait en bordure de la Méditerranée et que son initiation inconsciente lui fit accomplir, en sa toute première jeunesse, l’itinéraire sacré : Syrie, Égypte.
L’artiste appartient à ce monde de visionnaires dont le type sublime fut réalisé par Dante, celui des explorateurs d’abîmes et des chevaucheurs de nuées, perpétuels chercheurs de lumière.
Ainsi vis-je un après-midi entier un Carzou mélancolique, que je portais auprès de moi, telle une ombre à travers Paris. Ceci se passait pourtant au lendemain du triomphe que venait de lui apporter sa décoration du ballet Le Loup : « Veux-tu me dire enfin d’où vient ton inquiétude ? — Je veux retourner au théâtre avant ce soir, je ne suis pas satisfait de la lumière qui joue à travers les arbres de ma forêt. »
Sans cesse Carzou aspire et parvient à faire renaître des mondes perdus, des mers inconnues, images resurgies des confins du rêve.
Son signe astral, le Capricorne, laisse prévoir des luttes constantes, des dangers surmontés, obstacles vaincus et le triomphe par l’esprit. Les individus nés du vingt et un décembre au vingt janvier, soumis aux influences de ce signe, semblent bénéficier des lois qui régissent les mystères et les annonciations.
C’est le temps de Noël et des Mages, du travail profond des forces telluriques, des féeries hivernales, des apparitions et des métamorphoses.
Je possède une toile de Carzou dans laquelle semblent se conjuguer ces forces secrètes qui n’existent et ne se révèlent que par opposition avec le réalisme de la nature. C’est un village de Bourgogne, terre prédestinée aux gestations grandioses, terre où subsiste l’empreinte de la dynastie la plus artiste, la plus magique en ses créations et en ses conquêtes de pierre, où chaque église est un reliquaire, où chaque village possède la sérénité du passé en cette Côte-d’Or comblée de présents.
Carzou a placé au carrefour d’une humble route de Bourgogne une de ses premières apparitions fantastiques. Un homme marche, un écorché-fantôme, quelque chemineau qui surgit comme l’apparition d’un pèlerin illuminé. La réalité la plus objective est présente par l’humble village dissimulé parmi des frondaisons aux tons violents. Un arbre de conte d’hiver tord son fantôme noir et révèle par ses branches la mort de l’année. Mince et furtif, l’homme avance avec la douceur implacable de la condition humaine, et j’ai cru y rencontrer un double de l’artiste qui sans violence impose ses idées et sa vision.
De cette toile, de sa sérénité funèbre, j’ai connu que Carzou était de la lignée de Claude Lorrain. Et les incendies de ses automnes, les portes poussées par le soleil de ses œuvres postérieures, n’ont fait que confirmer la force invincible de cette douceur.
Il faudra revenir sans cesse, au cours de cet essai, sur le mot d’apparition, car il existe chez Carzou une présence surnaturelle qui est celle de la poésie, faite de choses que l’on suggère et qui dépassent le mur sonique de la réalité. Carzou a gardé, à travers les écueils qui surgissent à notre époque sur la voie des jeunes artistes, la certitude que l’œuvre d’art est en soi un être vivant.
Reproducida en esta edición
✶ JEAN CARZOU:
Jean Carzou fue el nombre artístico de Karnik Zouloumian, nacido en Alepo en 1907 en una familia armenia, y muerto en Francia en el 2000. Pasó por Egipto antes de instalarse en París en 1924, donde estudió arquitectura y frecuentó la Académie de la Grande Chaumière. Esa formación dejó una marca visible en su pintura: ciudades, puertos, vías férreas, palacios, ruinas, barcos detenidos, jardines y arquitecturas imaginarias atravesados por un dibujo muy firme, casi nervioso, que ordena la imagen sin quitarle extrañeza.
Empezó a exponer de manera individual en 1939 y con los años se volvió una figura reconocible dentro del arte francés de posguerra. Fue pintor, dibujante, grabador, ilustrador y escenógrafo, y su obra circuló en exposiciones, libros ilustrados, decorados teatrales, tapices, cerámicas y proyectos monumentales. En su mundo visual hay algo de ciudad soñada y algo de paisaje después de una catástrofe: líneas finas, horizontes cargados, estructuras que crecen como andamios, embarcaciones fantasmas, estaciones, terrazas y figuras humanas envueltas en una atmósfera de silencio.
Una parte importante de su trabajo estuvo ligada al libro y a la escena. Ilustró obras de Ernest Hemingway, Albert Camus, T. S. Eliot, André Maurois, François Mauriac e Ionesco, y realizó decorados y vestuarios para la Ópera de París, los Ballets de Roland Petit y la Comédie Française. Carzou trabajaba la imagen como construcción de un mundo, con una precisión de arquitecto y una sensibilidad muy atenta al clima, a la puesta en escena y a la tensión entre belleza y amenaza.
En 1977 fue elegido miembro de la Académie des beaux-arts de Francia, con una carrera extensa que incluía muestras en Francia y en el exterior, premios y reconocimientos oficiales. Hacia fines de los años ochenta aceptó realizar una obra monumental en la capilla de la Presentación, en Manosque, tomando como punto de partida su serie L'Apocalypse, de 1957, y cubriendo el espacio con decenas de pinturas y vitrales. Ese lugar, convertido después en Fundación Carzou, conserva una de las síntesis más fuertes de su imaginario: una visión del siglo XX marcada por la guerra, la destrucción, las ciudades heridas y la necesidad de seguir mirando entre ruinas.
