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Fausto: su prefiguración periodística

Ángel Battistessa

Academia Argentina de Letras

Colección Estudios Académicos XXVIII

1989

Tapa blanda, rústica sin solapas

143 páginas

Ejemplar dedicado y firmado por el autor a Horacio Salas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Desgastes mínimos.

 

Ángel Battistessa

 

✶ NOTA PREFACIO:

No se ignora en qué medida los países de cultura acendrada o en trance de bonificar esa cultura se esfuerzan por mantenerse atentos a la ininterrumpida vigencia de sus clásicos, de sus escritores relevantes y arquetípicos en reconocida medida. En nuestro medio debe pues agradecerse el empeño de los estudiosos que desde temprano han “situado” según corresponde a nada triviales autores argentinos en el encuadre todavía no muy amplio de la historia literaria rioplatense. Conviene congratularse y no estorbar en lo sucesivo el reconocimiento de otras figuras eméritas. Importa decir, sin embargo, que no basta editar y reeditar sus obras; leerlas y releerlas, analizarlas y comentarlas. De tanto en tanto, urge cribar las referencias estereotipadas y, sin contender en desapoderados revisionismos, se vuelve lícito verificar ciertos juicios sumarios y desaprensivamente aceptados como definitivos. El riesgo de dejarse caer en la rutina alcanza ya a los centros universitarios, y cunde, achaque contagioso, entre los lectores desprotegidos e inermes. La pertinaz non curanza —valga el italianismo—, el pigro retraimiento informativo y reflexivo persiste hoy con apenas excepciones frente a dos carencias notorias: la falta, a ratos poco advertida, de una noción inequívoca del todavía no bien delimitado concepto de qué deba entenderse por “poesía gauchesca”; y la falta en el específico registro de lo idiomático, y en lo que atañe a Estanislao del Campo escritor, de un distingo preciso de la doble modalidad elocutiva del poeta de nuestro Fausto. En esto, por lo demás —y cual el propio José Hernández, entre nosotros paradigma preeminente del hablar campero—, en su quehacer expresivo del Campo actuó como en compartimentos estancos: el de los escritos gauchescos y el de los escritos no gauchescos, aquí prohijados, a veces simultánea, a veces sucesivamente, por la pluma de un solo autor.

Conviene partir de tal distingo para salvar el yerro. Con ello, de añadidura, la presente reedición de la obra mejor lograda de del Campo deja de configurar una contribución sobrepuesta, si se piensa que las ediciones de Fausto no faltan, y que las hay estimables. Porque esto es lo cierto. A poco que no se muestre baldía de alguna novedad o que nos acerque, cuando menos, a un mejor despejado punto de mira, toda edición de una obra ejemplar, clásica, invalida el dictamen de innecesaria.

Dentro del aludido encuadre de las letras nacionales, las nociones concordadas en estos pliegos insisten en referirse, con pormenorizado cotejo, a un par de textos inscritos en ámbitos estéticos distintos pero unos y otros coincidentemente ricos en connotaciones lingüístico-literarias esclarecedoras. Son ellos: la Carta de Anastasio el Pollo sobre el beneficio de la señora La Grua, escrita y publicada por Estanislao del Campo bajo ese seudónimo, y el Fausto de este autor también llevado a los lectores tras el acriollado apelativo del poeta.

Antes de proponer por extenso el texto de del Campo para el demostrativo cotejo, nos complacemos en anteponer, y en comentar y difundir, el muy ilustrativo testimonio periodístico retraído durante casi un siglo en la húmeda penumbra de nuestras hemerotecas: la antes no señalada ni estudiada “prefiguración” de este tema luego tan notorio, gustado, festejado, escolarizado y popularizado: el de una ópera de músico europeo, vista y oída por un rústico imaginativo y diserto, y contada, y comentada a su manera, por Anastasio el Pollo, el narrador de marras, a un su “paisano” y aparcero, el bien mandado don Laguna.

Para colateral información previa, acaso cuadra —creemos— la breve noticia personal que sigue.

Mi relación con don Ramón Menéndez Pidal hubo de cumplirse, en un principio, con el carteo iniciado por el polígrafo en respuesta a la recepción de un leve folleto mío¹ y al traslado paleográfico, por mí cumplido y anotado, de pasajes de tres códices bíblicos de la época alfonsina, los manuscritos escurialenses I-j-6, I-j-3, hebraizante, y el I-j-8, todos de vivo interés para el estudio de la lengua castellana en sus comienzos².

Don Ramón era entonces, a distancia, el director honorario del Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, fundado por Américo Castro en 1923. Hacia 1928, con el mismo Américo Castro, Arturo Farinelli, Ernest Martinenche, Karl Vossler y otros especialistas, el autor de los Orígenes del español y de La España del Cid puso empeño generoso en propiciar lo que no tardó en constituir mi viaje de estudio más holgadamente formativo: 1928, 1929, 1930. El Rector de la Universidad era entonces Ricardo Rojas, y pronto pude embarcarme. En calidad de primer becario de la Universidad para frecuentar este linaje de estudios, me fue dado adelantar en las vocacionales disciplinas humanísticas cursadas ya en nuestro medio. En España, y en sucesivas y proporcionadas estadas en Italia, Francia, Suiza, Inglaterra y Alemania, pude persistir en coincidentes sondeos en materia de geografía lingüística y de literatura comparada. Entonces, o poco después, las disciplinas auxiliares —la fonética, la paleografía y la diplomática— fueron arbitrios que no quedaron soslayados en las enseñanzas sucesivamente articuladas de Américo Castro, Agustín Millares Carlo y Manuel de Montolíu.

Desde el antedicho 1923, gracias al férvido y en un todo abarcador magisterio de Castro, los anticipos de las disciplinas mencionadas me orientaron sin fatiga. Años adelante, en Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, al cabo de un lustro retomé la enseñanza del estimulante maestro; casi enseguida, en las pausas de la tarea poco tardé en acercarme al propio Menéndez Pidal. El persuasivo consejo de don Ramón me alcanzó en adecuado momento, con estas o parecidas palabras: “Según sus preferencias y en lo posible prosiga usted de acuerdo con los estudios que pueden favorecerle y darle apoyo. Persista, como hasta ahora, en los temas que conoce o que se anime a seguir conociendo: los antiguos, los medievales, los modernos. . . en el ámbito de la historia todo es interdependiente. En lo hacedero atienda a lo nacional y a lo de fuera. El mundo es ancho, y advierto que a usted le recrea y le apasiona”.

En una de mis visitas ulteriores, la de 1963, que por dicha no fue la última, sorprendí al mismo don Ramón en sus metódicamente atareados noventa y cuatro años, el recio y enhiesto hito cronológico que él ultrapasó en un lustro hasta casi frisar no menos que con el propio centenario. El coloquio —diálogo en la ceñida acepción del vocablo— encontró sitio recoleto primero en la biblioteca, y luego, una y otra tarde, en el ajardinado solar de Chamartín de la Rosa. Fue aquella “. . . una gratísima conversación hispano-argentina”. Así, “muy afectuosamente”, la rubricó el dueño de casa en la hoja de guarda de uno de sus libros entonces recién aparecido³. En los intersticios del diálogo Menéndez Pidal encontró sesgada ocasión para sugerirme —labor tentadora aunque paralela al absorbente cuanto encariñado quehacer didáctico de cada día— esta tarea incoactiva e integradora, siquiera en lo posible: la de sumar poco a poco —la de “aunar”, distinguió él— una porción de lo antes publicado o de lo ya habilitado para ser impreso. Algunas de mis observaciones, en particular las referidas a la “poesía gauchesca”, me fueron señaladas con este toque de estímulo: el de instarme a foliar en un libro, o en más de un libro, coordenadas porciones de lo que aún venga a quedar inédito, agotado o disperso en páginas editorialmente retraídas: todo esto, claro, a reserva de alguna poda, si conviene, y con algún ensanche cuando cuadra.

Hoc erat in votis. . . Sin mencionar otros trabajos de índole varia aprontados ahora para la imprenta —la “prefiguración” del poema de del Campo y el Fausto propiamente dicho— con los buenos oficios de la Academia Argentina de Letras en el presente volumen se articulan, se reajustan, o se aligeran y se adicionan, las páginas interdependientes, ilustrativas y críticas, antes separadas, no inconexas.

 

✶ INDICE:

- Nota prefacio, por Ángel J. Battistessa

- Génesis periodística del “Fausto” criollo, por Ángel J. Battistessa

- Fausto, por Estanislao Del Campo