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José Martí: escritor americano

Juan Marinello

Editorial Grijalbo

Colección Mirasol N° 5

1958

Tapa dura

333 páginas

Retrato fotográfico de José Martí por W. F. Bowers en frontis.

Impreso en el DF (México)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Tapa y contratapa levemente manchadas.

 

✶ "LO NUEVO" (PRÓLOGO):

Es evidente que a lo largo de las últimas décadas del siglo XIX se advierte un cambio considerable en la literatura hispanoamericana. La variedad extrema y contradictoria de los elementos de tal cambio queda cubierta por el nombre de Modernismo, que se debe a Rubén Darío, mesías y bautista a un tiempo del complejo fenómeno. José Martí vivió en los años en que el cambio se producía y murió cuando comenzaba a ofrecer sus más señalados frutos. Es cosa natural que sus relaciones con el Modernismo hayan preocupado a los estudiosos del proceso literario de la América Hispánica.

Una frase ligera, elevada ha tiempo a cliché escolar, “Martí, precursor del Modernismo con Gutiérrez Nájera, José Asunción Silva y Julián del Casal”, ha iniciado, complicado y hasta irritado la cuestión. La consideración del problema, un poco en moda, no puede faltar en un intento de precisar el sitio que toca a nuestro libertador en la literatura hispanoamericana. La cuestión posee muchas esquinas polémicas y para hacer juicio sobre ella son necesarias ciertas precisiones que ocuparán, por fuerza, algún espacio. Si bien se mira, definir las relaciones entre el Modernismo y José Martí tiene mucho que ver con su más profunda significación artística, con su definitiva ubicación como creador americano.

Basta leer un poema de calidad de los que comenzaron a escribirse a partir de los ochenta para descubrir que se está ante una obra distinta a la ofrecida hasta entonces. Es ya clásica la sorpresa, en 1888, de don Juan Valera, buen catador, ante los cuentos y poemas de Azul..., aunque no avance mucho en el señalamiento de la novedad que le sorprende. El autor de Pepita Jiménez siente que algo choca, en la palabra juvenil del escritor de Nicaragua, con su garbo desembarazado y gentil, muy ganoso de modernidad y europeísmo, pero no por ello liberado de las maneras habituales (regodeo de los giros tradicionales, uso frecuente de frases acuñadas por el tiempo y vigilancia más o menos consciente de la propiedad idiomática) de un excelente prosista español de fines del XIX. “Usted es usted: con gran fondo de originalidad muy extraña...” Más tarde precisará Miguel de Unamuno: “Nuestra lengua nos dice allende el gran mar cosas que aquí no dijo nunca.” No hay dudas de que el mando rector de los modelos peninsulares ha comenzado a quebrarse ostensiblemente a partir de 1880. Rubén Darío es, para más de un tradicionalista español de su día, “un indio sublevado”.

¿Qué características se destacan como definidoras de aquella sublevación? No hay unanimidad en el señalamiento, pero parece que lo inicial y dominante en el Modernismo es el impulso de superación a través de la forma novedosa, elaborada y distinta. El arranque del movimiento, sobre todo si se estudia en su guía y orientador, lo evidencia irrecusablemente. La segunda nota privativa podría situarse en la tendencia a rechazar lo español como inspiración, norma y dechado: en las obras más salientes está presente, en efecto, el acatamiento a las nuevas modalidades literarias de la Europa más culta y avanzada, singularmente las de Francia. Darío confiesa que Azul... es un libro de inspiración francesa. Es cierto que nunca faltaron otras preferencias. Desde Casal a Tablada aparecen los exotismos orientalistas, de orientalismo más temático que formal, desde luego, pero absorbidos a través de Francia, Inglaterra e Italia. Habría de añadir que el ímpetu innovador se manifiesta preferentemente en la lírica, sobre todo en los comienzos. El Modernismo es esencialmente una empresa de poetas, aun cuando algunos de sus cultivadores, como el propio líder acatado, escriban prosa de mucha calidad.

Consecuencias de estas notas que pudiéramos llamar esenciales (y que expresan una actitud estética muy definida) serán: la influencia, siempre recibida con gallarda autonomía, del parnasianismo y del simbolismo franceses como vías de perfección; la disciplina en las estrofas y metros clásicos, con especial predilección por las de catorce, doce y quince sílabas con acentuación nueva o infrecuente; afición a las restauraciones prestigiosas como la del tetrástrofo monorrimo del mester de clerecía y aun de formas más insignes, como el hexámetro clásico; el cultivo afortunado del verso blanco y la conquista de sonoridades sugerentes o solemnes, Nocturno de Silva y Marcha triunfal de Darío, logradas con la cláusula silábica.

Desde luego que tales novedades formales, como el acatamiento a tales magisterios, han de ser moldes de actitudes mentales y preferencias temáticas donde se descubre lo más importante del movimiento desde el punto de vista que interesa a estas meditaciones. Una literatura de esas apariencias había de ser, como fué, vehículo de una postura individualista en el más puro sentido del vocablo. En el acatamiento estético, el recurso al tema raro y anormal, en la sabiduría técnica, y sitúa la música en la tour d’ivoire; cuando afinca su excelencia en ser nuevo y distinto, se repliega, por fuerza, en un mundo exclusivo. Es ello lo que explica un hecho al que se ha dado muchas vueltas en la consideración del Modernismo: las diferencias abismales entre sus representativos, no obstante su idéntica postura esencial: hastío desolado en Julián del Casal y ademán dionisíaco en Rubén Darío (“¿Tú lo ves todo en negro, yo todo en rosa...”); elegante melancolía preciosista en Gutiérrez Nájera y másculo gesto en Díaz Mirón; presentimiento trágico en Silva y sabio virtuosismo en Jaimes Freyre; parnasismo dominante en Leopoldo Díaz y fanfarria huguesca en Lugones; pirueta y maestría supremas en Herrera y Reissig y señorío clásico en Valencia; declamación histriónica en Santos Chocano, misticismo panteísta en Amado Nervo, profundo tono nacional en López Velarde y sobria meditación sugerente en González Martínez. Pero adviértase esta circunstancia denunciadora: los modernistas son muy distantes entre sí, pero en cada uno de ellos puede descubrirse el ligamen con una lejana atracción polar, desde la de Víctor Hugo en Díaz Mirón hasta la de Verlaine en Rubén Darío.

Es bueno dejar establecido que si bien los modernistas giran siempre en la órbita de prestigiosas estrellas lejanas, no por ello carecen de personalidad relevante. Lo lamentable es, precisamente, que, teniéndola, no la desarrollen con radical libertad y orientación certera. En términos generales, el idioma (que es tanto en la poesía) fue en ellos de mucha calidad. Ni los más resentidos tradicionalistas peninsulares pudieron negarlo. A ello aludía ingeniosamente Vargas Vila al decir que Rubén Darío se empeñaba en emborrachar a Santa Teresa con ajenjo francés. Por otra parte, no se olvide que la misma raíz individualista que alimenta al Modernismo inquieta en sus servidores el propósito de ofrecer una voz distinta. Mientras más entienden su arte como hallazgo, más escarbarán por dar con la recóndita resonancia; mientras más conscientes sean de su condición de innovadores, más se darán a volcar, en vasos de dibujo inusitado, los licores difíciles, siempre destilados lejos de la calle. Con mayor o menor intensidad, todos pudieron clamar con su líder: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo...” Y todos pudieron repetir con él que “la palabra lo contiene todo por virtud demiúrgica” y que “el arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos”.

 

 

✶ INDICE:

INDICE

Dedicatoria

Parte primera

- El Modernismo

Lo nuevo

Actitud

Testimonios

La cárcel de la sensualidad. Realidad y apariencia

Absentismo, apoliticismo

La coincidencia concluyente

- La prueba española

El momento

La dimensión ausente

Sentimiento y sensación

Definición

- Los modelos

El mundo aparte

El culto de la palabra

La falsa libertad

- El camino americano

Testimonio y creación

Independencia y originalidad

La feliz confluencia

Continentalidad

Popularismo

La lengua, problema, tesoro y riesgo

La cosecha cumplida

Un cambio en el rumbo: literatura pura

Otro cerco salvado

Calidad y orientación

El dilema superado

- Lo francés en Martí

La huella de Francia

La objeción primordial

La verdad presentida

La huella superada

Las propias armas

La otra vertiente

- Martí en los modernistas

La compleja unidad

La palabra, angustia y creación

El verso

Lo asequible y lo intocable

Misticismo y eficacia

La prosa

El idioma: la raíz florecida

Coincidencia e intención

Martí en la prosa de Darío

- El magisterio lírico: tradición y libertad

La rectoría crítica

Martí y la poesía española de su tiempo

Poesía insistente y no insistente en Martí

El Ismaelillo

Hacia una poesía libertada

Martí y Casal

- La diferencia desde adentro: el tono romántico

El tono romántico

La vida como tránsito, destierro, agonía y deber

El equilibrio trágico

El útil desangramiento

Presencia y deseo de la muerte

El profeta de sí mismo

“Aquí está el pecho...”

Definición

Parte segunda

- Por que supera Martí el Modernismo

Entendimiento político de lo literario

Política literaria

La cultura como servicio al pueblo

Una teoría política de la lengua

La justicia del tiempo La realidad vencedora

El rumbo conquistado

Ficción y destino

La raíz presente

Experiencia y fantasía

Antecedente y camino Americanismo y nacionalismo

Lo americano

Fundamentos de la defensa cultural

La revelación americana

Enseñanza y creación

La naturaleza, camino de libertad

Literatura directa

El nacionalismo: emoción y plasticidad

Hombre de su tiempo, y de todos los tiempos

Parte tercera

- Confirmación y resumen

Sugestión y verdad

Partido ante el futuro

La raíz de la unidad

Una nueva medida de lo nacional

El puente de la lengua

La ejemplaridad exacta

El pantano y el muro

El reino de lo abstracto

La nueva impersonalidad

Mi verso crecerá

 

José Martí (1853-1895)