El vaciadero: novela de la lunfarda porteña
Julián Centeya
Domingo Cortizo Editor
1971
Tapa blanda, rústica sin solapas
93 páginas
Tapa: Carlos Cañas
Impreso en Buenos Aires (Argentina)
✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.
Detalle en lomo que se extiende a parte de la contratapa (ver fotos)
✶ SINOPSIS:
Adelantamos la consecuencia analítica que hará suya el transitador de El vaciadero afirmando que, en la ubicación de estilo y género, el trabajo de Julián Centeya responde a la crónica. Este y no otro es el enfoque que el autor ha entendido y pretendido realizar, y a su determinismo puso el lenguaje que el propio mundo ácido, al fin su clima total, exigió, así como la geografía física que del predio arranca, la vida, no inventada sino vivida, de los seres que actúan.
Entendemos que de éste y no de otro modo la expresión del autor, que vuelve a confesar, a padecer, su vinculación con Buenos Aires y sus inquilinos, debía servirle, por útil, su pensamiento dado en un trabajo que entra en la esfera de la literatura nacional que a la postre debe ser el deber de quien intente ubicarse en el tipo personal de una tarea que consiste en mirarnos por dentro, para saber siempre en grado más, cómo somos y cómo actuamos.
La posición del autor y la ubicación que El vaciadero impone y exige, al decir que es y resulta una crónica, están avaladas en el duro oficio largos años activado. El oficio de periodista que en Centeya es un destino. De ahí que, cada pauta de El vaciadero, tenga la frescura de lo que en periodismo se distingue con el calificativo de nota.
Por otra parte interesa adelantar que esta segunda novela del autor que tiene en prensa un tercer trabajo titulado Una Familia, no fue escrita relojeándole como destino el domicilio de apasionados y apasionadas consumidoras del pensamiento, si lo es, de las Corín Tellado que apestan el mercado de este siglo, que si bien es el de la conquista de la luna lo es también del televisor pagado en incómodas cuotas judiciales.
El vaciadero es vida de vidas. Y Julián Centeya nos da por el camino de la crónica viva y vivida su interpretación más fiel.
Corresponde reconocer que el libro se presenta con una ilustración realizada por uno de nuestros más importantes artistas plásticos. El pintor Carlos Cañás, exigido para la tarea por el propio Centeya.
✶ EXTRA:
Julián Centeya, seudónimo de Amleto Enrico Vergiati, nació en 1910 en Borgo Val di Taro, en la provincia de Parma, y murió en Buenos Aires en 1974. Había llegado de chico a la Argentina con su familia, primero a Córdoba y después a Buenos Aires, y en esa ciudad encontró el territorio que terminó por volver inseparable de su nombre: Pompeya, Parque Patricios, Boedo, el arrabal porteño visto no como decorado sino como mundo vivido, con su habla, sus bares, sus tipos, sus derrotas y su música.
Fue poeta, letrista de tango, recitador, periodista, hombre de radio, libretista, columnista y crítico de cine. Empezó en la prensa gráfica, pasó por diarios y revistas populares y más tarde tuvo una presencia fuerte en la radio, donde esa voz suya, áspera, grave, muy de conversación de esquina, encontró un tono propio. En 1938, al escribir con José Canet la milonga Julián Centeya, adoptó el seudónimo que terminó por borrar al nombre de origen. También firmó como Enrique Alvarado, aunque el nombre que quedó fue el otro, el del personaje que condensaba una manera de estar en Buenos Aires.
Su obra se mueve entre la poesía lunfarda, la glosa, la estampa porteña, la evocación del tango y una prosa de borde áspero, muy atenta a la ciudad baja. Publicó El recuerdo de la Enfermería de San Jaime, El misterio del tango, La musa mistonga, La musa del barro y, ya sobre el final, El vaciadero, una novela corta donde el paisaje de la quema, los cirujas y los márgenes de la ciudad aparecen trabajados desde adentro, sin pintoresquismo. A eso se suman sus letras para tango y milonga, entre ellas “Claudinette”, “La vi llegar”, “Lluvia de abril”, “Felicita” y la propia “Julián Centeya”.
Su lugar dentro de la literatura rioplatense no se agota en el tango. Centeya pertenece a una línea de escritores que hicieron del lunfardo una herramienta poética seria, capaz de dar música, filo, ternura y espesor social a una lengua muchas veces reducida a color local. En él hay barrio, malevaje, noche, amistad, pobreza y desparramo, pero también una conciencia muy precisa del tono, del ritmo y de la frase. Queda, por eso, como una de las voces más singulares de la cultura popular porteña del siglo XX, un poeta que llevó a la página y al micrófono una Buenos Aires de vereda, humo y hueso.
