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Déjalo Beat: insurgencia poética de los años 60

Catálogo de Exposición

AA.VV.

Editorial Biblioteca Nacional Mariano Moreno

Exposición Marzo - Junio (2017)

2017

Tapa blanda, rústica sin solapas

53 páginas

Numerosas reproducciones y fotografías

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Impecable estado.

Sin detalles.

 

 

“Porque no somos ángeles, porque no somos santos, porque no somos buenos vecinos; porque somos inútiles, porque somos escritores que no escriben, porque no fuimos a estudiar a academias para que nos dieran un diploma que nos permitiera escribir gansadas el resto de nuestros días; porque siempre seremos estafados por otros más vivos que nosotros; porque continuamente decepcionamos a aquellos (y a aquellas) que creen en nosotros, porque estamos completamente equivocados y porque no queremos competir ni triunfar en la vida ni ser alguien.”

GRUPO OPIUM Junio-Julio 1965

 

✶ INTRODUCCIÓN:

Los años de adolescencia de mi generación (el año que viene cumplo los setenta años que la Biblia nos prescribe) fueron atravesados por dos escenas contradictorias: los albores de la dictadura y el Movimiento beat. Este último representó todo aquello que la primera se esforzaría por negar: la libertad en todos sus sentidos, una ética desprejuiciada y generosa de amor hacia el prójimo, una estética deslumbrante y alucinatoria, y una imaginación, al parecer, sin límites (ayudada por ciertos aliados químicos). El beat nos llegó desde el mundo anglosajón: de Inglaterra, la música, el arte psicodélico y un cierto estilo en el peinado (o no-corte de pelo); de los Estados Unidos, la poesía de Allen Ginsberg y Gregory Corso, y la prosa de Jack Kerouac y William Burroughs. Los exploradores del beat en nuestro país descubrieron que toda esa algarabía liberadora y colorida podía traducirse a un idioma propio, a formas de pensar y sentir que, siendo bien de aquí, nos ayudarían a alejarnos de una cierta retórica anquilosada, heredada del siglo diecinueve. Quiero pensar que un eco de sus esfuerzos insurgentes persiste aún hoy, a pesar de todo, en cierto tono de voz, en cierta forma de contar, en una persistente alegría existencial que, como la trillada melancolía del argentino, también son nuestras.

Alberto Manguel

Director de la Biblioteca Nacional

 

La "Manzana Loca"

 

✶ PRESENTACIÓN:

La imagen del mito de la juventud fue sin duda la expresión característica de los años sesenta. Los movimientos de la época retomaron los conceptos planteados por artistas e intelectuales de la década anterior que, desde los márgenes del sistema, habían manifestado su desasosiego, malestar e insatisfacción. La máxima expresión de este espíritu creativo fue la autodenominada Beat Generation, un grupo de escritores norteamericanos de posguerra, cultores de una literatura transgresora, que intentó unir el arte a la vida. Allí los precursores de una nueva forma literaria: Jack Kerouac, William S. Burroughs, Allen Ginsberg, Neal Cassady. Argentina, específicamente la ciudad de Buenos Aires, no se mantuvo ajena a estos movimientos. Circunscriptos a un espacio geográfico determinado, cuyo centro sería el Bar Moderno, pasearon algunos personajes contraculturales, exquisitos artistas plásticos, escritores anti académicos, entre otros. Con música de jazz como telón de fondo y la rebeldía juvenil “aullando”, un grupo de jóvenes escritores concibió la literatura más allá de los géneros y al margen del mercado y de la academia. Impulsores de una escritura urbana, autorreferencial y confesional, desarrollaron su trabajo en torno a las publicaciones Opium y Sunda. Así hicieron su aparición en el escenario intelectual los beatniks porteños: Ruy Rodríguez, Reynaldo Mariani, Néstor Sánchez, Gianni Siccardi, Poni Micharvegas, Sergio Mulet, entre otros. La muestra Déjalo beat. Insurgencia poética de los años 60 constituye un acto de rescate y puesta en valor de las obras de estos autores que, excepto en círculos determinados, fueron silenciados por más de cincuenta años; es en definitiva un intento de redescubrir su literatura. Para ello, el Museo del Libro y de la Lengua pone a disposición del visitante un conjunto de materiales fotográficos, audiovisuales, retratos y libros que, mediante estaciones o “instantáneas”, reproducen los rasgos identitarios fundamentales de este grupo de artistas.

Museo del Libro y de la Lengua

 

Revista Opium

 

✶ INDICE:

- Beatniks en el Museo

1- Los desalineados de siempre, por Federico Barea

2- Estrategias para sembrar el bochorno, por Matáis Raia

3- Retornos del desborde, por Reynaldo Jiménez

4- El verbo To Beat, por Tamara Kamenszain

5- “This is our music”, Ruy Rodríguez

 

Grupo Opium

 

✶ TEXTOS DE FEDERICO BAREA:

Los desalineados de siempre

Ritmo, latido, golpe son los sentidos que le da usualmente el inglés al término “beat”. La Beat Generation fue un movimiento literario nacido en Estados Unidos a principios de los años cincuenta. Si bien no eran revolucionarios en el sentido marxista del término, coincidían en el aspecto romántico: hay que cambiar la vida. Al denominado American way of life, la Beat Generation le oponía la experimentación con drogas, viajes, religiones, homosexualidad y toda una literatura que denunciaba que la sociedad norteamericana estaba enferma. Sus integrantes cometieron delitos y renunciaron tanto al cinismo del sueño americano como al de la vida intelectual académica. Eran rebeldes y, aunque criticaban el establishment, no apoyaban al régimen soviético.

Fue Jack Kerouac el primero en referirse a una Beat Generation haciendo mención a su círculo de gente joven e inconformista. El adjetivo “beat” había sido tomado del underground: era la palabra que usaban los marginales, con el sentido de “cansado”, “abatido”, “pobre” o “exhausto”. Esa sería entonces la consigna que atravesaría la estética beat desde sus inicios.

En respuesta, con la intención de parodiar y desprestigiar al movimiento, en 1958 apareció el término “beatnik”, como resultado de la fusión entre las palabras “beat” y el sufijo ruso “-nik” —como el Sputnik, primer satélite de la historia enviado por los soviéticos al espacio—, lo que sugería una condición antiestadounidense y comunista.

 

 

Beats in Baires:

En los sesenta, el jazz, el be-bop, la prosa rota, la urbanidad, el sexo libre y las drogas empezaron a ser artífices de la vida de Buenos Aires. Llegaban influencias que terminarían por definir nuestra cultura y contracultura actuales. Ante semejante agitación, la juventud porteña no iba a mantenerse como un jarrón chino. A esos años se deben muchos de los estereotipos que aún hoy dominan nuestro espectro.

Miguel Brascó denominó “Manzana Loca” al circuito donde triunfaban y claudicaban milongueras pretensiones de la bohemia porteña. Allí se producían revistas y obras de teatro confinadas a ese espacio de la ciudad: el Instituto Di Tella (Florida 936), la Facultad de Filosofía y Letras (Viamonte 430), varias librerías y una serie de bares, que incluían a Bar Moderno, El Coto Chico, El Coto Grande, El Jockey, El Florida, entre otros. A pocas cuadras del puerto, el centro de la ciudad propiciaba, desde la instalación del Di Tella, en 1963, el cruce de artistas, intelectuales, profesores, alumnos, poetas, lúmpenes, músicos, actores y periodistas con la gran masa de oficinistas y empleados de la zona. La juventud había comenzado a rebelarse furtivamente y poco a poco se empezaba a plantar. El tango había decaído como expresión de la urbanidad y, durante un período breve, el jazz ocupó el centro de la escena en la vanguardia musical hasta ceder su lugar al rock.

No es un dato menor que La Cueva, en Recoleta, haya empezado siendo un local de jazz. Los músicos de rock que frecuentaban La Perla de Once y La Cueva, los dos antros rockeros por antonomasia, empezaron a triangular con la Manzana Loca en sus derivas o naufragios. Estar, vagar, deambular por las calles era una parte decisiva de ese nuevo estilo de vida, tendencias que hacen resonancia con las propuestas de Guy Debord en Teoría de la deriva (1958). La juventud se forjaba como inédito factor social, disconforme y crítico de las tradiciones y las costumbres de los adultos almidonados.

Hay que tener en cuenta que en esos años, en Argentina no era lícito estar sentado en la calle y menos con una guitarra; tener pelo largo y barba era todo un acontecimiento y usar una minifalda era una transgresión. Una época donde los adultos, padres de familia, se escandalizaban ante las chicas en bikini (a las que no podían quitarles los ojos de encima) y donde la sola presencia del hippie era considerada profética y, por ende, problemática.

Las revistas, por su parte, pasaron a ser una de las formas de comunicación entre las distintas tribus urbanas que iban surgiendo. En los bares del Centro circulaban las revistas Opium, Sunda, El Ángel del Altillo, La Loca Poesía, Airón y Eco Contemporáneo, entre otras. Estas revistas reivindicaron la literatura maldita, contra el sentido común y la rutina; la relación primordial de vida y obra, el influjo del jazz y sobre todo del free jazz, llevaron a parte de una generación hacia la aventura de la improvisación. Fueron estas publicaciones de prensa clandestina, de tiradas pequeñas, amigas, pero diferenciadas entre sí, las que conformaron una generación beat o beatnik de inadaptados y errantes en Buenos Aires.

 

 

Opium, paredón y después:

Allá en 1963, a la par de Rayuela, aparecerían el primer libro de Néstor Sánchez y el primer número de la revista Opium, codirigido por Mariani (quien siempre firmaba con minúsculas) y Ruy Rodríguez. La generación beat porteña se configuró en torno a la revista Opium.

¿Por qué ese nombre? La respuesta podría estar en el nro. 2½ de la revista, en el texto “L’Opium”, de Alfred Jarry o en el último número, donde se reproducen las noticias necrológicas acerca de la sobredosis de Jacques Vaché (de 23 años), en un hotelucho de Nantes. Sin embargo, Mariani contesta: “Yo qué sé, ¿la palabra tiene algo sabés? Invita al delirio, a la locura, a lo absurdo. A soñar con tigres borrachos, con locomotoras o palmeras”. El opio desde Thomas De Quincey hasta Charles Baudelaire. La pipa que Jarry le pasa a Cocteau en Opio, diario de una desintoxicación. El opio, las drogas, el exceso, la alucinación, las nuevas posibilidades que dan las sensaciones al desbordar, el opium “contra el opio municipal de Buenos Aires, la TV, la política, los ejecutivos, el té con masitas y la muerte burocrática”.

El grupo Opium –formado por Reynaldo Mariani, Ruy Rodríguez, Sergio Mulet e Isidoro Laufer a la cabeza, y con la compañía esporádica de Marcelo Fox, Mario Satz y los hermanos Leopoldo y Miguel Bartolomé, entre otros– se reunía en el bar El Moderno. El grupo se contraponía con las búsquedas revolucionarias de la avenida Corrientes, que, desde su óptica marxista, bien podrían haber calificado a los integrantes del grupo como lúmpenes. Los cuatro números de la revista salieron entre 1963 y 1966, año en que llegaría el despotismo totalitario de Juan Carlos Onganía y la deserción de la ciudad.

 

Tiro de Gracia (1969 - Sergio Mulet

 

Sunda, la flecha que nadie recogió

Si alrededor de aquella misma mesa en aquel mismo bar, al principio de casi todo, formábamos o no parte de lo que suele entenderse como una generación resulta… inexplicable [...]. Éramos tres, en ciertas ocasiones hasta llegamos a ser cuatro, aunque en honor a la verdad de entonces y excluyendo a los amores, nunca pudimos superar esa limitación y esa capilla: años semi silenciosos y bastante cohibidos de la afonía apechugada, de intentos casi secretos por desagigantar la diversidad libresca y los hábitos de cultura comprendedora.

En 1965 apareció el número 2 de la revista Sunda (arrancaron por el segundo porque no querían correr el riesgo de quedar en el primer número), en el que participaron: Victoria Rabín, Néstor Sánchez, Poni Micharvegas, Gianni Siccardi y José Peroni. Cinco declaraciones juradas y un texto por cabeza acompañaron el único número de Sunda. El estilo roto, quebrado, respondía a la estética beat, aunque el grupo proclamaba la influencia de Pavese como factor decisivo. En el escritor italiano habían encontrado la reflexión acerca del acto escritural como una forma peculiar de eticidad, como manera de vivir, de interrogar a las cosas y al hombre. Sánchez, el portavoz del grupo, anteponía la palabra de Pavese en clara oposición a la de Jean-Paul Sartre y al problema del compromiso político: el escritor que “hace ideología”, que “desciende al pueblo”, llega a convencerse de dos falacias: por un lado, cree que le habla a una multitud. Y, por el otro, se convence de que dicha multitud está a su vez convencida de escucharlo y la cultura. Un año después, y hasta 1968, la revista Sunda se convierte en la editorial autogestionaria Sunda B.A., una de las primeras editoriales independientes del país, fundada por Poni Micharvegas. En ese lapso editaron ocho títulos.

Si el grupo no tuvo trascendencia fue por la resistencia a ser un producto de mercado, una subcultura, y la palabra “beat” comenzó a ser sinónimo de alguien bohemio o poco convencional, pero que no modificaba su vida (desde un punto de vista existencial), sino que había incluido nuevos y más productos en su consumo, con el peligro de convertirse en agente de lo que criticaba. A pesar de ello, varios de los beats publicaron en Primera Plana, semanario en el que se gestaba el denominado boom de la literatura latinoamericana, al que Sánchez calificaría como “el momento más bajo de una lengua”.

Al igual que los beats del norte, críticos de la sociedad, los del sur querían poner distancia con los grupos que frecuentaban los bares como El Estaño, La Paz y El Ramos, donde se nucleaban los poetas sociales o comprometidos políticamente. No querían correr el riesgo de ser tomados como una élite intelectual que venía a salvar al mundo. Su forma de actuar era su postura ante la vida. Su literatura: una forma de autoconocimiento como lo dispusieran René Daumal, Antonin Artaud.

 

Hugo Tabachnik y Poni Micharvegas, asociados a Sunda, en una azotea del Lower East Side neoyorquino.