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Historia de la Argentina (1515-1976)

Ernesto Palacio

Editorial Abeledo-Perrot

1984 - 13 ed

Tapa blanda, rústica sin solapas

730 páginas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Portada y lomo levemente deslucidos y decolorados. Por dentro, en excelente estado.

 

✶ PRÓLOGO:

Hace quince años, en una serie de artículos que tuvieron cierta repercusión, sostuve la necesidad de que se escribiera nuevamente la historia argentina, cuya versión “oficial” adolecía, en mi entender, de convencionalismo y falsedad. No sospechaba entonces que habría de ser yo mismo quien emprendiera la tarea. La vocación me señalaba otros rumbos.

Seguí estudiando, no obstante, y manteniéndome al corriente de las investigaciones y publicaciones de los últimos tiempos, singularmente prolijas algunas y esclarecedoras. Pero mi curiosidad no era profesional, sino patriótica. No leía para escribir después, sino para conocer mi tierra y a sus hombres. Si se agrega a esto una dura experiencia vital —rica en vicisitudes— y el contacto permanente con las realidades de la política, muy variables en ese lapso, no es de extrañar que adquiriera con todo ello el hábito de referir el pasado al presente y viceversa, que es lo que define al historiador. Así se fue elaborando en mi mente este libro, sin que yo mismo lo advirtiese. Un día descubrí que estaba maduro y que no tenía más remedio que escribirlo.

Si afirmo que lo vi de pronto como una iluminación y como la expresión misma de la verdad, no exagero. Lo vi en su total arquitectura, antes de planear su desarrollo, sintiéndolo intensamente como drama de mi gente y mi raza, el drama de un destino frustrado. Pero al mismo tiempo, el nudo de angustia que acumulaba en mi garganta el dolor de las generaciones se disolvía en una exclamación jubilosa, porque la frustración que se confiesa es el comienzo de la redención.

El lector tiene en sus manos el resultado y a su juicio me atengo. ¡Ojalá logre comunicarle la misma fe en el futuro de la patria que a mí me ayuda a escribir y a vivir!

No es mi propósito incurrir en polémica. Este libro ha sido escrito con el único afán de contar la verdad, tal como surge de las fuentes más dignas de confianza y de acuerdo con la investigación al día. No es culpa mía si difiere de las versiones corrientes, inspiradas todas en el esquema fraguado por los vencedores de Caseros, que sólo intentaban justificarse. En su lugar hallará el lector la historia de esa “historia”.

Rindo mi homenaje de gratitud a la legión laboriosa de estudiosos que, en estos años, ha enriquecido con su aporte el caudal de conocimientos generales sobre el pasado argentino, mediante el hurgoneo de archivos y la publicación de los documentos más importantes. Gracias a ellos no puede alegarse impedimento de ignorancia sobre los hechos. Es verdad que ninguno ha emprendido la revisión integral de la historia —paralizados por el prestigio de los precursores— y que siguen hundidos en los archivos, acaso en busca del documento que les ilumine, por fin, el ignorado panorama. Como sé que quienes así piensan no lo hallarán nunca (porque los documentos, como los planetas, carecen de luz propia y sólo brillan a la luz que se les proyecta), me he adelantado a consignar mis conclusiones sobre la investigación realizada por ellos hasta hoy, que es abundante, valiosa y suficientemente reveladora.

Nuestra historia (tan corta) no adolece tanto de lagunas de información, cuanto de fallas de interpretación. No se halla viciada por el desconocimiento de lo ocurrido, sino por su deliberada falsificación. Basta aplicar a los hechos que se conocen con certidumbre un criterio razonable, fundado en buenos principios políticos y una ajustada psicología, para que nos revelen sus relaciones causales y se agrupen en un orden armónico que, por satisfacer a la inteligencia, tiene que coincidir necesariamente con la expresión de la realidad. Negarlo, sería negar la posibilidad misma de la Historia.

Debe inferirse de lo dicho que no pretendo ningún valor de originalidad, incompatible con la dignidad de esta disciplina, sobre todo cuando se trata de la historia propia. No me propongo sorprender con hallazgos de documentos ni hazañas de revisador de archivos. No persigo un éxito de escándalo. Mi repertorio de hechos está tomado de la bibliografía corriente. Mi tarea ha consistido simplemente en relatarlos de manera ordenada, sin mutilaciones ni escamoteos, de manera tal que unos a otros se expliquen y se aclaren. Creo haber logrado con ello un resultado coherente y satisfactorio, que si puede sorprender, será solamente por contraste con el galimatías habitual, originado en la sobra de respeto humano de los profesionales del género, duchos en aderezar las verdades para encuadrarlas en un esquema preestablecido del que no osan evadirse.

La única originalidad que reclamo para mí es la de haber preferido la verdad a la conveniencia y a cualquier especie de cálculo. Me sentía obligado a ello por lealtad a mis compatriotas y a mi propia sangre.

He preferido no cargar este libro con aparato erudito, que habría aumentado inútilmente su volumen. Su índole no lo reclamaba. Los profesionales saben, por lo demás, la escasa importancia real de esa labor, que suele realizarse por secretarios y amanuenses. Me limitaré a expresar que no hay una sola afirmación en este libro que no se funde en fuente autorizada y que lo escribí agotando los medios de información. Aparte de las obras clásicas de Mitre, López, Pelliza, Domínguez, Saldías, los Quesada, Bilbao, Zinny, Ramos Mejía, Sarmiento y Alberdi, y de los meritorios trabajos de investigación de Groussac, Levene, Ravignani, Torre Revello, Levillier, Cárcano, Ibarguren, Ruiz Guiñazú, Pueyrredón, Piccirilli y Palcos —sin olvidar las monografías de la monumental y desigual Historia de la Academia—, he utilizado el valioso aporte “revisionista” —Irazusta, Font Ezcurra, Del Mazo, Rosa, Caballero, Gálvez— y el “marxista” en sus diversas tendencias —Sommi, Puiggrós, Real, Yunque, Ramos—. No debo olvidar los estudios de historia económica de Scalabrini Ortiz, ni las recopilaciones documentales del Instituto de Investigaciones Históricas, ni las biografías, ni las innumerables “memorias” y crónicas de los actores de los sucesos, ni las colecciones de diarios y revistas, desde la “Revista del Plata” hasta la “Revista de Derecho, Historia y Letras” que dirigió Zeballos.

Ante el copioso material informativo que tuve a mi disposición y del que he mencionado una mínima parte, la tarea más engorrosa consistía en resumir, limitándome a la expresión de lo esencial, para no excederme del plan que me había trazado. Toda historia es una síntesis, y la labor de quien la emprende se asemeja a la del minero empeñado en extraer de un material turbio el precioso filón, siguiendo la dirección de la veta. Cuando no existen para ello instrumentos de precisión, fuerza es que algún oro se pierda y que el que obtiene venga mezclado; y nada menos preciso que nuestra facultad crítica. No he escapado, por cierto a esta dificultad. En el afán de no perder la ilación de los acontecimientos políticos, he debido limitarme a enunciar los de orden militar (los más importantes —como la gesta del Libertador— ocurridos fuera de nuestras fronteras) y reducir a meras alusiones los de orden cultural y económico, salvo cuando incidan directamente en lo político. He omitido también todas las digresiones que me fue posible evitar. Creo con todo, que el resultado se ajusta, al menos parcialmente, a mi propósito. Halle gracia ante el lector, con lo que aquí encuentre, por lo que falte.

La otra dificultad —y ésta de orden personal— consistió para mí en el estilo. Mi instrumento de ensayista se adecuaba difícilmente al relato. La resolví con una decisión de absoluta simplicidad y rechazo de toda “literatura”. Si a menudo no alcanzo el ideal de nitidez y animación que me propuse y caigo en lo pedestre, téngase en cuenta que el mismo Homero dormita a veces por lo cual ya es mucho que alguna vez se me halle a mí despierto.

Esta es la historia de un pequeño país, no obstante su extensión territorial, situado en los suburbios de la civilización, en el hemisferio meridional, cercado de océanos. Para las potencias que dominan el mundo, una isla remota, sujeta a sus combinaciones imperiales. Todas nuestras desdichas han provenido de esa debilidad.

Pero no es dable encarar nuestro pasado —ni nuestro futuro— sin esa doble conciencia de nuestra pequeñez relativa y nuestra grandeza potencial.

Este libro ha sido escrito con la preocupación obsesiva por nuestro destino. ¿Para qué, si no, serviría la historia? Cuando no se buscan en ella los signos de una vocación, queda reducida a simple pasatiempo erudito, o a pretexto de canonjías burocráticas. La función del conocimiento histórico consiste en iluminar los caminos del porvenir. No me atrevo a afirmar que lo he logrado en este libro. Diré solamente que, así como la idílica versión de la historia que nos legó la generación “constituyente” y que nos hablaba de un destino cumplido y glorioso, nos dejaba desazonados e insatisfechos (puesto que nos obligaba al conformismo con una situación de factoría “próspera”), la enumeración leal de nuestras desgracias nacionales nos lleva a una conclusión optimista, puesto que nos marca una tarea y una misión. La mentira mata, la verdad vivifica. Sufrir derrotas no es deshonra, mientras quede la esperanza del desquite. Todos los grandes imperios han tenido contrastes en su historia. Lo que no admite redención es el error intelectual: el considerar derrotas como victorias y glorificar a sus autores, que es lo que ha ocurrido en la Argentina.

De mí sé decir que el estudio de nuestros orígenes y nuestra formación ha corroborado mi confianza en el futuro nacional. Dios quiera que pueda comunicársela al compatriota que me lea.

Aunque he tratado de mantener en este libro la más estricta objetividad, no negaré que muchas veces he sentido bullir mi sangre ante la injusticia, el error o la traición, lo cual puede haber teñido accidentalmente de pasión mi lenguaje. Es natural, puesto que las consecuencias recaen sobre los míos, sobre mí. No creo que la pasión haya empero logrado perturbar mi juicio.

Tampoco negaré que me animara a veces, cierto espíritu de desquite. Pertenezco, en efecto, a una raza calumniada. Cuando hace más de cuatrocientos años vivía en el territorio que es hoy nuestra patria apenas un puñado de blancos españoles —menos de un centenar—, ya había entre ellos gente de mi sangre. Fundaron ciudades, gobernaron provincias y villas, poseyeron encomiendas y fundos, guerrearon con indios, en cuyas manos varios perecieron. Sus descendientes lucharon por la independencia y la libertad, asistieron a congresos y asambleas, participaron activamente en las vicisitudes nacionales. Soy por consiguiente un viejo argentino; es decir, una víctima de la oligarquía que proclamó la superioridad del extranjero sobre el criollo y del hijo del inmigrante sobre los descendientes de los conquistadores. No es de extrañar mi escasa simpatía por Sarmiento y Alberdi, con quienes tengo esa cuenta pendiente de carácter personal. Debido a su prédica, quienes nos hallamos en aquella situación debemos reclamar, ya que no privilegios, por lo menos un estatuto de igualdad, así sea para la tarea inofensiva de escribir la historia.

Esta es la historia completa de la Argentina, hasta donde es dable honradamente escribirla hoy. La elección del año 1938 como fecha final se justifica por razones de perspectiva, e incluso diré filosóficas. Se trata del último año anterior a la guerra europea, que acaso los historiadores del futuro considerarán como el comienzo de una nueva era en la historia del mundo: la era atómica. Desde el estallido de esa guerra, todas las circunstancias cambian, incluso entre nosotros por la interferencia pronunciada, en nuestros asuntos internos, de los problemas internacionales. La revolución militar de 1943 significó aquí la liquidación del régimen liberal-burgués, impuesto por la generación organizadora. Describir la profunda transformación que ha producido en el país sería crónica contemporánea, no historia; y no podría emprenderla el autor sin desembarazarse de su condición de militante activo de los sucesos, para convertirse en espectador imparcial.

De todos modos, la continuación de la historia hasta 1938 empalma con los recuerdos personales de los compatriotas más jóvenes y hace de ella la introducción —y acaso proporcione la explicación— de la compleja y rica realidad presente.

¿Qué más? Sólo me queda agradecer a quienes me ayudaron a realizar este trabajo hasta darle fin. En primer lugar a mi esposa, que me proporcionó la atmósfera necesaria de paz y silencio, de atención vigilante. A mis hijas Susana y Gloria, secretarias eventuales. A mis hijos Ernesto, María Inés y Juan Manuel, por su expectación entusiasta. A mi tío Domingo Palacio, que se prestó a leer y corregir mis originales, en su doble carácter de profesor de historia y castellano. A mi admirado amigo Julio Irazusta, que también accedió a leerlos y comunicarme su opinión, sus observaciones y su consejo. A mis amigos, que me proporcionaron datos, me prestaron libros o en cualquier otra forma contribuyeron a la edición: R.P. Leonardo Castellani, Carlos Colautti, Alejandro Cárdenas, Carlos Brian, Ricardo Curutchet Oromí, Carlos M. Dardán, Angel Delgado, Gabriel Del Mazo, Enrique Martínez de Olmo, Juan Pablo Oliver, Carlos Pacheco, Adolfo Silenzi de Stagni, Luis María Roo, Carlos Rodríguez Baigorria, Raúl Scalabrini Ortiz. A mis editores Sergio y Alfredo Alonso y Arturo Peña Lillo, que acogieron con entusiasmo la idea de editar un libro de éxito inseguro —verdadera aventura— y lo que es más raro entre editores argentinos, me pagaron por anticipado una parte de los dudosos derechos de autor que habrán de corresponderme. A todos los demás que me acompañaron con su estímulo y con su esperanza. Buenos Aires, mayo de 1954.

 

✶ INDICE:

-Prólogo a la primera edición

LIBRO I - UNA PROVINCIA DEL IMPERIO ESPAÑOL (1515-1750)

I. Descubrimiento de la tierra austral

II. Don Pedro de Mendoza

III. Asunción del Paraguay

IV. El Tucumán

V. Buenos Aires

VI. Hernandarias de Saavedra

VII. Encomiendas y misiones

VIII. Contrabando

IX. Sublevaciones y guerras de indios

X. La Colonia del Sacramento y la frontera oriental

XI. La frontera oriental (segunda parte): Montevideo

XII. La frontera oriental (tercera parte): comuneros y guerra guaranítica

LIBRO II - LA CRISIS DEL IMPERIO (1750-1810)

I. El despotismo ilustrado y la expulsión de los jesuitas

II. Las Malvinas - El Virreinato - Don Pedro de Cevallos

III. La época del Virreinato: Vertiz

IV. De Loreto a Sobremonte

V. Los ingleses en Buenos Aires

VI. Expulsión de los ingleses: Liniers y Alzaga

VII. Liniers y la crisis política

VIII. La quiebra del poder español - Cisneros

LIBRO III - SEGREGACIÓN Y GUERRAS EXTERNAS E INTERNAS POR LA INDEPENDENCIA Y LA LIBERTAD (1810-1835)

I. La Revolución de Mayo - Mariano Moreno

II. De la Junta Grande a la Revolución de Octubre - San Martín

III. La Asamblea del año 13

IV. Artigas y la crisis de 1815

V. El Congreso de Tucumán y la Declaración de la Independencia - San Martín en Chile

VI. ¿Monarquía o República?

VII. La disolución nacional del año 20

VIII. Lucha por el poder en Buenos Aires

IX. El fracaso del Supremo Entrerriano

X. El Reformador Rivadavia

XI. Las Heras y el Congreso de 1825 - La Banda Oriental

XII. La guerra con el Brasil y el manotón unitario

XIII. Dorrego y Lavalle

XIV. La lucha por la libertad

XV. La lucha por la libertad (segunda parte)

XVI. La consolidación del poder - Rosas

XVII. La conquista del desierto y la revolución de los restauradores

XVIII. Barranca Yaco

LIBRO IV - LA CONFEDERACIÓN - LUCHAS POR LA UNIDAD, LA INDEPENDENCIA Y EL PODER (1835-1851)

I. La suma del poder público y la religión federal

II. La Banda Oriental, Bolivia y los emigrados

III. La lucha por la independencia - La Asociación de Mayo

IV. La lucha por la independencia (segunda parte)

V. El año 40 y la derrota de la coalición

VI. Guerra en el litoral

VII. Sitio de Montevideo y mediación extranjera

VIII. La intervención franco-inglesa

IX. La Vuelta de Obligado

X. La misión Hood, el litoral y el Brasil

XI. Vences

XII. Apogeo del prestigio y el poder

XIII. Triunfo de Rosas y la causa americana

XIV. El Brasil y Urquiza

XV. Caseros

LIBRO V - DERROTA NACIONAL Y GOBIERNO DE LOS EMIGRADOS (1851-1874)

I. Las consecuencias de la derrota

II. Secesión y constitución

III. Brasil cobra su victoria - Filosofía de la entrega

IV. De Cepeda a Pavón

V. “Todo de un color”

VI. Mitre - El precio del progreso

VII. La guerra inicua

VIII. Sarmiento o la mediatización espiritual

IX. Configuración de la República liberal

LIBRO VI - LA REPÚBLICA LIBERAL Y MERCANTIL (1874-1910)

I. Avellaneda - La crisis económica y la campaña del desierto

II. “La muerte de Buenos Aires”

III. Roca y la consolidación del régimen

IV. El “Juarismo” y la Revolución del 90

V. Pellegrini y Alem

VI. Las revoluciones del 93 - Sáenz Peña y del Valle – Uriburu

VII. La segunda de Roca

VIII. La revolución de 1905 - Quintana y Figueroa Alcorta - La agitación social

IX. Las ilusiones del Centenario

LIBRO VII - LA CRISIS DEL RÉGIMEN (1910-1938)

I. Roque Sáenz Peña y la ley electoral

II. Yrigoyen y el resurgimiento nacional - Fuerza y debilidad del radicalismo - La guerra europea

III. Yrigoyen y Alvear - El “plebiscito” de 1928

IV. La revolución de setiembre y el drama del general Uriburu

V. Justo o la restauración del régimen

ANEXOS CRONOLÓGICOS

1. La disidencia en el poder - Ortiz y Castillo

2. Las primeras presidencias de Perón

3. La revolución de 1955/58

4. Gobierno de Frondizi

5. Gobierno de Guido

6. Gobierno de Illia

7. La revolución de 1966/73

8. Gobierno de Cámpora

9. Gobierno provisional de Lastiri

10. La última presidencia de Perón

11. Gobierno de Isabel Perón

 

Ernesto Palacio (1900-1979)