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La Cautiva / El Matadero

Esteban Echeverría

Editorial Peuser

1958

Tapa blanda, rústica sin solapas

206 + apéndices páginas

Frontispicio retrato color del autor, 44 facsimiles y fotografias plena página y dibujos color plena página y dentro del texto. Dibujos por Eleodoro E. Marenco. Fijación de los textos, prólogo, notas, apéndice y documentación e iconográfia por Ángel J. Battistessa. Tamaño 29x20

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado

Ejemplar intonso. Desgastes mínimos por paso del tiempo. Algunas páginas con leves marcas verticales de pliegue/arruga en márgenes. (ver fotos)

 

Eleodoro E. Marenco - De esta edición

 

✶ AL LECTOR:

ECHEVERRIA — el Echeverría pensador — ha sido suficientemente comentado. Lo han sido también el poeta y el cuentista, y en este aspecto las contribuciones caen en redundancia. Más que de la cantidad, el exceso procede de algunos juicios que se repiten casi siempre con olvido de lo que el autor asentó en sus páginas y de las circunstancias en que éstas fueron compuestas. Algo semejante puede decirse de la edición de las obras. Con escasas excepciones, como la del texto bien reimpreso de su más notorio libro de doctrina, a las vueltas del primer centenario de su muerte se hacía sensible la falta de un volumen que aspirase a proponer una versión depurada de los dos relatos, el de corte poemático y el de corte pintoresco, en los que apuntan los rasgos iniciales, ya caracterizadores, de nuestras letras. Es tal el descuido de las ediciones corrientes, y el de las que aparentan no serlo, que al cabo algo debe intentarse en favor del mayor ajuste de esos y otros escritos. En sus días, Juan María Gutiérrez los compiló generosamente, pero con leve recaudo selectivo y con perspicuidad tipográfica dudosa. Sin desestimar la contribución de las OBRAS COMPLETAS y la labor de otros colectores, puestos ahora a la tarea hemos preferido remontarnos a las primeras ediciones y a los escasos manuscritos disponibles. Entre las reliquias de esa clase, en el APÉNDICE rescatamos dos fragmentos importantes de LA CAUTIVA, con el texto cuidadosamente conformado y firmado por el propio animador del Romanticismo rioplatense. La edición del poema y del boceto costumbrista abre oportuno margen para un concertado estudio de conjunto. La época, el contorno, el retrato físico, la silueta moral e intelectual, la revisión de los propósitos, el señalamiento de las ideas, los temas y las fuentes, la conducta expresiva, con sus méritos y deméritos, y el análisis, sin prevenciones, y la síntesis humana e integradora, todo puede, todo debe tener cabida en la Presentación de un escritor relevante.

PROPOSICIONES INICIALES:

"Para nosotros debe ser una verdad reconocida que la imitación en poesía es un elemento infecundo; que sólo la originalidad es bella, grande y digna de ser admirada, y que sólo ella importa progreso en el desarrollo de nuestra literatura nacional." ESTEBAN ECHEVERRÍA

"No es tarea fácil hacer una crítica de la obra de Echeverría. Está en toda ella de tal modo mezclado el oro de buena ley con materias humildes, el poeta y el filósofo, el publicista y el visionario; es tan vasta la esfera en que se ha movido durante su existencia de pensador, que sólo después de un examen muy detenido de todas sus producciones podría hablarse sobre el mérito general del dulce ruiseñor de Los consuelos." JUAN MARÍA GUTIÉRREZ "Para determinar bien el mérito de este autor, hay que considerar separadamente lo que intentó realizar y lo que efectivamente realizó, porque Echeverría, además de ser un poeta de todas suertes notable, se ha convertido en una especie de símbolo de la poesía argentina emancipada." MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

 

Reproducida en esta edición

 

"Il n’y a qu’une manière de bien comprendre les hommes, c’est de ne point se hâter en les jugeant, c’est de vivre auprès d’eux, de les laisser s’expliquer, se développer jour par jour, et de se peindre eux-mêmes en vous. De même pour les auteurs morts, lisez, lisez lentement, laissez - vous faire, ils finiront par se dessiner avec leurs propres paroles." CHARLES AUGUSTIN SAINTE-BEUVE

"...pour comprendre un auteur nous devons nous attacher aux textes originaux." PAUL CLAUDEL

"Nuestro deseo sería que cada cual, que cada crítico, que cada publicista, en vez de atenerse a un patrón marcado y sancionado, fuese por sí mismo a comprobar si lo que en las cátedras y en los libros académicos se dice que hay en tal autor, en tal obra, existe realmente, o no existe." AZORÍN

INCLUYE este volumen los textos adecuadamente depurados de La cautiva y El matadero de Esteban Echeverría. Se da así justo espacio a las dos producciones — una en verso, otra en prosa — más acertadas del escritor argentino. Aspira esta edición a ser una edición necesaria. Exceptuados los elementos de la presentación ornamental y tipográfica, en lo que atañe a la edición propiamente dicha — estudio preliminar, notas, textos y apéndice — nuestra tarea se orienta a dos propósitos: a) Proponerle al lector una apreciación del talento y de la significación de Echeverría, no sin especial referencia a las intenciones y a los recursos expresivos de sus dos obras de mayor rango literario. b) Ofrecerle una versión fidedigna y adecuadamente «situada» de las páginas de esas obras. Muchas razones aconsejan esta apreciación conjunta. El renombre de Echeverría resulta en dos rasgos incuestionables. Uno, valioso pero sumario, coincide con el comportamiento cívico de toda la generación argentina llamada de los proscriptos. Como tantos contemporáneos suyos, Echeverría acertó a defender los principios de la libertad y el buen decoro del individuo frente a los excesos del gobierno rosista. El otro rasgo es privativo y característico. No basta señalar en Echeverría al «introductor» del romanticismo entre nosotros. A pesar de los desfallecimientos de su Musa, evidentemente harto más dormilona que la de Homero, al autor de La cautiva le corresponde mérito mayor que el de esa ventaja cronológica en el traslado a estas tierras de unas maneras intelectuales y artísticas aprendidas en comarcas lejanas, pero muy a tono, después de todo, con su temperamento profundo y con la peripecia espiritual que entonces conllevaba su patria. Los lineamientos biográficos del poeta indican en qué medida, desde antes de su viaje trasoceánico, el joven del porteñísimo barrio del Alto era un «romántico» anticipado. Lo habían sido también, desde temprano, el paisaje y la textura social de América, y no menos, claro está, el panorama y el medio social argentinos. ¿Dónde, en efecto, una tan fuerte y sugeridora correspondencia entre la desmesura de ese panorama y la salvaje o la hosca y retraída individualidad del indio y el gaucho, sus dos habitantes típicos? ¿Dónde un cúmulo tal de contrastes? ¿Dónde, sobre todo, semejante riqueza de materia inédita y laborable? En verso y prosa la obra de Echeverría marca el despunte de la conciencia estética argentina. Casi todos sus escritos, aun los menos acertados — y hasta los lamentables —, afirman una tentativa en demanda de esa conciencia. De ahí la mucha ventaja que en el itinerario apenas secular de nuestra literatura consiguen sus dos escritos más valiosos si, a cambio de considerarlos por separado, como con frecuencia se hace, se los sitúa en la perspectiva total de Echeverría hombre de letras. Por encima de los aciertos y desaciertos de la obra de un autor, la sola actitud críticamente aceptable consiste en no fragmentar de un modo arbitrario las manifestaciones de una actividad espiritual indivisible.

Aunque en materia de apreciación literaria no se haga memoria de ello, a nadie se le oculta que se puede cambiar de opinión varias veces en la vida, sin que por eso se modifique el carácter o la índole personal profunda; es posible cambiar de género sin que se trueque, al menos esencialmente, el peculiar sesgo expresivo. Casi todos los escritores — Sainte-Beuve lo señala con buena oportunidad en alguno de sus Nouveaux lundis — poseen un solo y único procedimiento que se limitan a trasportar cuando mudan de asunto. Los espíritus superiores lucen un sello que se marca en un rincón; en los demás es un molde que indiferentemente se aplica e indiferentemente se repite. Vale la pena completar ese aserto. Cada obra cifra un momento; supone también, de uno u otro modo, todos los momentos y casi todas las modalidades de los escritos anteriores del autor. Además, cada obra prefigura — cuando no por continuidad, sí por contraste — todas o casi todas las modalidades de las obras que habrán de seguirla. Con logro pleno o sólo mediocre, toda obra de arte, como todo artista, supone un estilo, un modo singular de ver el mundo y una forma igualmente personal de querer expresar esa visión con los elementos del lenguaje. Si el artista ha compuesto varias obras, dicha actividad propone al crítico un interrogante que se desdobla en estos términos: 1°, en qué consisten — o a qué tienden — las peculiaridades expresivas de cada obra particular; 2°, en qué consiste — o a qué tiende — la característica expresiva común de las diversas obras. Ambas cuestiones se aúnan. Las particularidades expresivas o las meras intenciones de las obras de un autor constituyen la modalidad estilística del artista. Por otra parte, las particularidades de cada obra están condicionadas — decimos condicionadas, no decimos determinadas— por la índole entera del artista, de donde, al menos de primera intención, no se sabe si el artista deba explicarse por medio de sus obras, o a la inversa. Este círculo sin escapatoria es sin embargo aparente. Puesto que el artista «crea» y «forma» sus obras, cada rasgo particular de éstas procede de un imperativo común, y la obra íntegra se explica así por la índole entrañable y cultural del artista. Por otra parte, sólo obtenemos una idea de la índole del artista en razón de la modalidad de sus distintas obras: el conjunto resulta de los detalles particulares, y cada artista concluye por explicársenos a través de sus escritos. Un poeta — sutilísimo, pero avezado en las cautelas del scholar — es quien mejor puede sugerirnos el procedimiento expositivo adecuado en el presente caso. A Thomas Stearns Eliot pertenecen estas palabras, cuya limpia eficacia metódica place acrecer volcándolas al castellano: «Una introducción crítica a la poesía contemporánea debe tomar una de estas dos formas, de acuerdo con el grado de conocimiento que del material respectivo pueda atribuirse al público al que se destina esa introducción. Si los poetas sobre quienes se discute son casi desconocidos, el principal servicio del crítico consiste en dar a conocer las obras a los lectores capaces de apreciarlas; y su acumen de comentarista podrá mostrarse más apropiadamente con citas copiosas y bien elegidas. Su tarea fundamental consiste en persuadir a los lectores de que los poetas merecen su atención, y en remitirlos ampliamente a la poesía misma. Si, en cierto modo, los autores son ya conocidos, el crítico debe tratar de ayudar a los lectores que tienen algún conocimiento de las obras a leerlas con más inteligencia y sentido analítico, para modificar las primeras opiniones y percibir más exactamente los méritos y los defectos de los escritores importantes ya aceptados como importantes». Procedemos atentos al segundo criterio. Los dos trabajos fundamentales de Echeverría se presentan aquí en cuanto resultados felices, o plausibles, de una serie de tentativas interdependientes. Copioso es lo ya reunido sobre este autor y su obra, pero importa no repetirlo en bloque y conviene rectificarlo en lo errado y aumentarlo en lo falto. Sin desdeñar la tarea aclaradora de nadie, en atención al criterio propuesto, lo más de las observaciones que siguen, de propósito y casi exclusivamente, se basan en los textos del mismo Echeverría. Aquí — importa decirlo —, la semblanza humana y literaria se dibuja «con sus propias palabras». Ello explica la frecuencia, nada ociosa, de las páginas aducidas. Esas páginas se intercalan, según conviene, dentro de la perspectiva que le fué connatural, y se trascriben sin desatender el trance o las circunstancias que puedan precisar su sentido. En el caso de Echeverría, como en el de muchos otros autores, conviene no olvidar las afectaciones involuntarias y las restricciones y los excesos opuestos a la misma naturaleza del escritor. Es siempre prudente reparar en la contraparte de las actitudes aisladas. El mejor recurso, en estos casos, consiste en no desdeñar las precisiones y los contrastes que parezcan necesarios. Con desarrollo proporcionado a la configuración del presente volumen, en estas páginas tiene sitio oportuno una respetuosa pero no supersticiosa revisión de los valores poéticos y en general literarios de la producción de Echeverría. Si su significado histórico está naturalmente fuera de duda, no lo está todavía el alcance o la irradiación de su tarea de artista. Un mal entendido procedimiento crítico que se demora en la fijación de juicios sumarios, o en la repetición rutinaria de ciertos “trozos escogidos”, ha logrado esfumar ese alcance ante la mirada de los comentaristas. Entre nosotros, tal circunstancia se agrava a causa del tardío cultivo de la actividad literaria, y en particular poética, como quehacer independiente. Casi todos los escritores argentinos del siglo XIX han tenido una actuación descollada en el orden civil, institucional y militar. Arquetipo el general Mitre, cuyo talento de latitud cesárea le permitió hacer historia y escribirla al mismo tiempo. En esa centuria casi toda la literatura surgió de la acción o tendió a ella. Mármol, Sarmiento, Alberdi o el propio Echeverría no son sino unos ejemplos. El comportamiento cívico de esos hombres es hoy su mejor título frente a la posteridad, y así aspectos poco válidos de sus obras se han beneficiado un tanto indebidamente por la holgura de los juicios de conjunto. Convengamos que esos juicios, legítimos en calidad de estimaciones globales, no pueden serlo cuando se trata de ponderar una tan peculiar actividad cual es la creación literaria.

Por motivos colindantes no debe concederse validez a consideraciones inspiradas en la simpatía o en la repulsa que suscitan nuestras preferencias o nuestros desentendimientos frente al pasado. En el puro orden técnico — temático, gramatical y estilístico —, las mismas creaciones de Echeverría nunca serán apreciadas con entera justicia si se persiste, como hasta ahora, en no emplear más lenguaje que el de las parcialidades amables o, lo que es peor, el de las facciones negadoras, propensas al retaceo abusivo. La insinuada revisión se impone.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INDICE:

- Presentación

1- La Cautiva

2- El Matadero

- Apéndice documental y biográfico

 

Frontispicio: Echeverría - Óleo de Antonio Somellera