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Martín Fierro / Мартин Фьерро

José Hernández

Editorial Raduga

1985

Edición bilingüe español-ruso

Tapa dura

Prólogo de Oscar Arévalo. Traducción al ruso y comentarios de G. A. Kiskodze

390 páginas

Impreso en Moscú (URSS)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin la sobrecubierta original.

 

 

✶ AL LECTOR SOVIÉTICO (prólogo):

Dende el vientre de mi madre / Vine a este mundo a cantar. / Que no se trabe mi lengua / Ni me falte la palabra: / El cantar mi gloria labra / Y, poniéndomé a cantar, / Cantando me han de encontrar / Aunque la tierra se abra. / Y si canto de este modo / Por encontrarlo oportuno, / No es para mal de ninguno / Sinó para bien de todos. / Me tendrán en su memoria / Para siempre mis paisanos.

 

Si se pidiera una sintética definición de la obra literaria “Martín Fierro”, habría que señalar que su autor se propuso y logró “cantar opinando”.

José Hernández tomó la guitarra para acompañar un relato descarnado de la vida del pueblo sencillo de ambas riberas del Río de la Plata en los años de la mitad del siglo XIX. Era una región entonces muy poco habitada, donde abundaba en cambio el ganado cimarrón, se practicaba la caza del bovino y del lanar y la explotación del cuero de los animales, exportado a mercados lejanos.

En esa planicie del litoral argentino, de unos seiscientos kilómetros de radio y habitualmente denominada pampa, cuyo núcleo es la ciudad de Buenos Aires, transcurrió el drama que José Hernández reflejó profundamente en este verdadero fresco amplio y colorido. El relato se hace denuncia porque refiere la azarosa existencia de los que allí estaban: los gauchos, los indios, los negros, esclavos o descendientes de ellos. Los hombres y las mujeres de trabajo. Los soldados de línea, obligados a vigilar y expandir la frontera. Y la naturaleza, casi virgen.

En esas extensas llanuras, latitudes del hombre de a caballo, fue imponiéndose la voluntad de los acaparadores de tierra, interesados en abarcar siempre más, exterminando a los primitivos pobladores, los indios, pero también en impedir el afincamiento de trabajadores que llegaran a emprender una producción autónoma. A los terratenientes les atraían las tierras y las vacas, luego los pastos y el matadero, finalmente los cereales y el frigorífico, pero nunca los hombres. Por eso pudo afirmarse que el latifundismo ha sido y es el gran despoblador de Argentina.

En el relato de José Hernández quedó documentado de qué medios se valieron los más poderosos para cumplir aquellos propósitos en esas décadas tumultuosas. También queda a la luz cómo eso puso un sello indeleble, pues el alambrado, de hilos y de púas, no sólo cercó haciendas y confirmó títulos de propiedades arrebatadas a sus legítimos ocupantes o negadas a los inmigrantes trabajadores, sino que rodeó y estrujó el corazón mismo del hombre de campo, lo abrumó en la arbitrariedad y obligó a someterse no sólo en el campo sino en el conjunto social, en la propia organización del país.

El gaucho fue el protagonista de esa quiebra, como el indio fue la víctima directa. Aquel la sufrió sobre sus espaldas, incluso si decidía refugiarse entre los indios o deambular escapando a los esbirros de la justicia patronal arbitraria, puesto que la ejercían funcionarios corruptos, servidores de los terratenientes. Los indios fueron expulsados y exterminados.

José Hernández supo levantar su verbo y entonar el canto “con toda la voz que tenía”. Y lo hizo en “cosas de fundamento”, en cuestiones relevantes. Por eso su creación artística perdura, gana cada vez mayor proyección y constituye un documento necesario para conocer aquella realidad cruel. Buscó que su mensaje fuera comprensible para el pueblo, que le llegara por la temática, por el enfoque, por el contenido y por la forma; que pudiera quedar en la memoria de la gente sencilla, aún analfabeta. Y lo consiguió porque su rima fácil para el payador, acompañada con la guitarra, penetraba en el cerebro, conmovía y se afirmaba en el corazón. Hasta nuestros días muchos de los aforismos de “Martín Fierro” expresan criterios hondamente arraigados en el pueblo, especialmente en el hombre de campo, que allí los encuentra dichos como él los entiende y los siente.

En esa etapa de transición de la Argentina colonial-pastoril a un país organizado, con un gobierno central y autoridades más o menos legítimas, el gaucho fue un paria en su tierra, carne de cañón contra sus hermanos y para cuidar la propiedad ajena.

En “Martín Fierro” hay pasajes en que José Hernández parece añorar tiempos idos, cuando, según dice, el gaucho tenía rancho, hacienda, mujer y familia. Pero es un recuerdo lejano. Porque el ventarrón del cambio forzado por los acaparadores de tierras hizo trizas aquella imaginada tranquilidad. Quedaba sólo el destierro o el peregrinar sin sentido fijo, escapando la desgracia, enfrentando la muerte a cada paso. Y tratando de no perder el caballo ni dejarse aniquilar espiritualmente.

Al mismo tiempo, los personajes de José Hernández confían en el futuro. Como hombre político que fue, había luchado por ese futuro. Y puso en boca del gaucho perseguido la esperanza de redención cuando, por fin, “venga un criollo a mandar”, es decir, cuando se realice la voluntad de los de abajo, del pueblo, y no la de los extranjeros y sus socios, que desangraban las riquezas del suelo y explotaban la mano de obra barata. Los terratenientes y los inversionistas ingleses terminaron convirtiendo a la Argentina, hacia 1880, en un verdadero apéndice agroganadero del imperio británico.

El poema de José Hernández es denominado habitualmente gauchesco para definir el género literario, el lenguaje que utiliza, la forma y el sentido de la obra. Pero no es sólo costumbrista, como ocurre con otros escritos que usan ese idioma popular para adornar de manera pintoresca relatos limitados a lo geográfico y a los sentimientos individuales. Tiene todo eso, pero el poeta lo eleva para reflejar lo más permanente y característico de la vida de personajes típicos que cuentan cómo viven y cómo ven la vida y a la sociedad desde el lugar que a ellos les ha sido asignado o, mejor dicho, impuesto por los poderosos.

Martín Fierro proclama su verdad en alta voz porque sabe “que son campanas de palo las razones de los pobres” y que, sin el grito, permanecerían ignoradas. Pero, al mismo tiempo, no se amilana por esa aparente ausencia de resonancia. Grita para sus hermanos y para el mañana. Cuando señala que sus “cantos son para unos sonidos y para otros intención” y aconseja a sus hijos decir siempre lo que piensan, está expresando confianza en la redención.

S. Schneider, autor del libro Proyección histórica del gaucho, Ed. Procyon. Bs. As. 1962, y uno de los más destacados estudiosos del tema, dice que las duras condiciones de vida del habitante de la pampa exigían coraje, aguante, temeridad, hombría. Sólo quienes estuvieran dotados de tales virtudes, los capaces de jugarse el pellejo en cualquier oportunidad y diestros en el permanente cabalgar por el desierto, podrían subsistir en la salvaje extensión infinita. Y así fueron exaltados por José Hernández con maestría.

Pero no aciertan quienes quisieran circunscribirlo todo a ese aspecto para demostrar un supuesto sentido metafísico de proyección racial o religiosa, que convertiría tales virtudes en algo eterno, innato y, sobre todo, exclusivo del hombre de a caballo. Así quieren rendir culto al atraso, al régimen oprobioso que impusieron los terratenientes, a los propios señores que se beneficiaron con el atraso, los dueños de colosales extensiones, de hasta centenares de miles de hectáreas.

Cuando el lector comparte, al leer este poema, los dolores de los protagonistas y siente, como sentía Martín Fierro, odio a la opresión y a la arbitrariedad, no sólo repudia a los culpables, que fueron precisamente esos terratenientes y ganaderos, que finalmente gobernaron muchos años el país, sino que se siente alentado a seguir adelante, en una línea de continuidad histórica que no necesita símbolos engañosos y rechazados por él, para encarnarse en los trabajadores reales de nuestros días que impulsan el combate por el progreso, la independencia nacional y la igualdad social, la verdadera salvación de los oprimidos.

La publicación del “Martín Fierro”, su masiva difusión inmediata y su permanencia como centro de interés hasta nuestros días, han marcado un momento importante del desarrollo de la literatura en el Río de la Plata. No es casual que cerca de dos mil trabajos de análisis y comentario hayan sido dedicados al estudio del gaucho, de su medio, de su reflejo en la creación artística, etc. Sin duda que eso demuestra que “Martín Fierro” penetró en lo permanente, en lo que trasciende el momento, en lo que expresa, a través de un puñado de hechos significativos, algo que seguirá vivo.

Al mismo tiempo, debe entenderse como traslado literario de un momento particular de la historia de la Argentina que, como período inicial de su organización nacional, 1840-1860, y como parte de sus cimientos, quedó sepultado. De ahí en adelante, la Argentina es otra. La estafeta de los oprimidos que relatan sus dolores a través de la pluma de José Hernández está en las manos de los trabajadores de la Argentina que luchan por realizar el sueño de la libertad, la felicidad, el progreso, enfrentando al grupo privilegiado que posee la mayor parte de la tierra productiva del país, las grandes fábricas, los bancos y el comercio. Son los que comparten con los imperialistas extranjeros, hoy particularmente estadounidenses, el usufructo de la dependencia y que tratan de cerrar el camino a la democracia, la paz, la libertad y el socialismo.

El mensaje real del “Martín Fierro”, como herencia literaria, está en las banderas de los trabajadores y el pueblo sencillo de la Argentina. Por eso triunfará.

La publicación de esta cuidada traducción del “Martín Fierro” en la URSS contribuirá, sin duda, a facilitar un mejor conocimiento entre ambos pueblos. Por eso sólo cabe augurarle el más pleno de los éxitos en la difusión y el estudio del poema.

 

Buenos Aires. Agosto de 1984.

OSCAR AREVALO

 

✶ INDICE:

- Al lector soviético, prólogo por Oscar Arévalo

- Martín Fierro, Primera Parte

- Martín Fierro, Segunda Parte

- Carta de José Hernández

- Comentarios y notas

 

Martín Fierro (1965), traducción de M. Donskoy, prólogo de Y. Uvarov e ilustraciones de V. Surikov. Impreso en Moscú