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Ayer no más: Calle Corrientes / Buenos Aires 1900

Bernardo González Arrili

Academia Argentina de Letras

1983

Tapa blanda, rústica sin solapas

411 páginas

Prólogo de Raúl Castagnino

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sin detalles.

 

PALABRAS PRELIMINARES (fragmento)

La fértil pluma de Bernardo González Arrili ha recorrido ininterrumpidamente, desde tempranos días moceriles, los más diversos campos de la cultura y el pensamiento. Historia, literatura, didáctica, periodismo amojonan básicas áreas de sus predilecciones. Novelas, cuentos, documentos de viaje, teatro, ensayos, críticas, biografías, miscelánea, editoriales, textos de enseñanzas y “memorias” se aparean en la personal bibliografía con igual solvencia e idénticos atractivos.

Cualquiera de sus trabajos que se aborde deja huellas en el lector. Sin embargo, a quien recorra los frutos de tan ubérrima cosecha, no le será fácil decidir dónde radica el secreto de su prestancia y donosura. ¿Procede de la multiplicidad de intereses intelectuales del autor? ¿De su lucha por la vida? ¿De las alternativas del autodidactismo? ¿De su irrenunciable consagración a noble fines éticos y estéticos? ¿De la espontánea naturalidad de una prosa dúctil y coruscante? ¿Del fraseo colorido y agudo, pleno de matices e inflexiones?

Tampoco es probable que de un prudente buceo en la recatada intimidad del escritor afloren respuestas directas a tales interrogantes pues éstos, en el fondo, sólo intentan descifrar lo que podría llamarse “misterio de levedad, gracia y simpatía” de sus escritos. En cambio sí ha de ser seguro que en dicho rastreo aparezcan elementos que permitan, a quienes lleguen a las páginas de Ayer no más, mejor captación y regusto de sus encantos. Ponerlos de manifiesto constituye el humilde, y tal vez obvio, propósito de estas “Palabras preliminares”.

II

Hijo de María Arrili, porteña¹, y de Bernardo González, asturiano, segundo entre siete varones del matrimonio, Bernardo González Arrili vino al mundo el 18 de octubre de 1892 en la parroquia de San Telmo, en una casa de la calle Lima 1237, antigua reliquia edilicia que desde el siglo pasado resistió con airosa gallardía el paso del tiempo hasta que, en fechas recientes, cavó bajo la piqueta de sedicente “progreso” para dejar paso a despersonalizada autopista.

¹ “Ella se decía entrerriana, comenta el hijo, porque, nacida en Buenos Aires en 1869, a los pocos meses la epidemia de fiebre amarilla obligó a la familia a huir de la ciudad y fueron a parar a las cercanías del Arroyo de la China, Concepción del Uruguay, donde residió hasta su casamiento, en 1890”.

Algunos antecedentes familiares parecerían anticipar la senda que, con el andar del tiempo, transitará Bernardo escritor: observador sutil; hábil perfilador de siluetas, tipos, estampas, ambientaciones, biografías e historias. Su padre, radicado en el país desde la adolescencia, sostenía el hogar con los ingresos obtenidos como bocetista de retratos “a lápiz”. Pero, el oficio de “retratista” iba resultando cada vez menos redituable mientras crecía la competencia del arte fotográfico, cuya difusión mermaba la clientela del dibujante. Frente a tal dificultad económica, el “retratista”, sin abandonar totalmente sus lápices se emplea en el estudio fotográfico de Alejandro Witcomb de la calle Florida 364 como retocador de “negativos” y “bromuros”; tarea que ha de cumplir hasta 1893 en que, a poco de nacido su hijo Bernardo, decide instalarse con propio gabinete fotográfico y exposición de cuadros, en la casa de la calle Corrientes 838.

Así queda situado nuestro autor en la cuadra y en la casa que, sesenta años después, inspirarán algunas de las felices páginas testimoniales aquí incluidas. La cuadra y el medio donde empezó a familiarizarse con un ambiente, hoy irremediablemente transformado, que él revivirá desde personales recuerdos, para fijarlos definitivamente con la magia de la pluma y de la letra.

Como negocio y modus vivendi, el estudio y exposición de Bernardo González, “Fotografía de La Ópera”, apenas logró, a lo largo de diez años, desvaída actividad y terminó por fundirse debido, ¡asómbrese el lector actual!, al escaso movimiento de público por la antedicha cuadra de Corrientes al 800: “Jugábamos a la rayuela en la vereda de la Ópera, recuerda el memorialista, sin que los viandantes borraran la tiza”.

En el transcurso de esa década, el niño Bernardo llega a la edad escolar y es inscripto en la Escuela de la Catedral al Norte en la calle Reconquista, la misma que evocara con trazos de emotiva gratitud. Cursa en ella hasta el cuarto grado para pasar a la Escuela de “Mr. Morris” en Palermo, donde sus quinto y sexto grados contaron, ¡nada menos!, con el magisterio de Clemente Ricci, el más tarde reputado catedrático universitario.

Le tocó luego enfrentar duro aprendizaje de la vida, que compensó con inquietudes de autodidacto y una creciente vocación por las letras y la historia. Avanzaba en la adolescencia cuando comenzó a frecuentar en la Facultad de Filosofía y Letras, en tiempos diversos y como alumno “oyente”, lecciones de Carlos Octavio Bunge, Ángel de Estrada, Rodolfo Rivarola, José Ingenieros, Ricardo Rojas y otros, mientras llenaba cada instante disponible con un inagotable afán de lecturas que le llevó a insumir, aún en la actualidad mantiene tal ritmo, más de ocho horas diarias frente a los libros o llenando páginas con apuntes sagaces y con lo brotado de lo profundo de su ser.

Apenas frisada la edad quinceañera, pergeña un primer folleto de intención crítica. En 1911, desde París, Rubén Darío le publica en Mundial un trabajo sobre Guido y Spano y, poco después, en Elegancias, el ejercicio literario “Por unos ojos pardos”, que también servirá para conectarle con la revista El Hogar, de Buenos Aires, en la cual colaborará largo tiempo, así como lo hará progresivamente en los principales semanarios porteños de la época, especialmente en Caras y Caretas.

A pesar de la constante actividad pendolista, su economía es magra y, para subsistir también debe desempeñar otras tareas que le movilizarán por distintas zonas del país. En cualquier lugar que aposente, González Arrili vive enfervorizado por las letras y la historia. En 1916, como folletín de Tribuna, aparece su novela Las boinas blancas, que encabalga ambas disciplinas. Es el mismo año que, en Mendoza, da fin al primer libro autónomo: Protasio Lucero, novela que publica en Salta en 1919. A dicha provincia se había trasladado con el ofrecimiento para dirigir Norte, un diario de apoyo al gobierno de Joaquín Castellanos. La de González Arrili fue contribución más amistosa que política ya que, económicamente, la empresa, sin dinero, con todo en contra y el gobierno central decididamente adverso, concluyó en desastre, rematado en 1921 por la intervención federal que avasalló la autonomía provincial. Regresa el frustrado director a Buenos Aires e introducido por Juan Hohmann, se incorpora a El Diario, de Lainez, siendo ésta la única ocasión en que se desempeñará, dentro del periodismo como redactor con relación de dependencia, que mantiene hasta 1924.

Al margen de las obligaciones cotidianas en las columnas de El Diario su labor intelectual sigue intensa y sin pausa. Su firma aparece en los más importantes medios del país. Entre 1922 y 1956 es colaborador permanente de La Nación y, desde 1956 al presente, mantiene igual contribución en La Prensa. En folletines de La Nación vieron la luz los libros: Mariano Moreno, El Deán Funes y parte de la Vida de Rufino de Elizalde. El mismo periódico, en el concurso para narradores que organiza en 1967, le premia la novela corta Andasolo. De las experiencias recogidas en sus estancias por el noroeste del país extrae las motivaciones de la pieza teatral Los afincaos, escrita en colaboración con Enzo Aloisi y representada por el elenco de “Teatro del Pueblo”, el 12 de setiembre de 1940. De la frecuentación de archivos y amarillentos legajos se acumulan volúmenes señeros de las series: “Hombres de nuestra tierra”, “Mujeres de nuestra tierra”; los Retratos a pluma, las vidas de José Martí, Lisandro de la Torre, Mister Morris, la decena de tomos de Historia de la Argentina, entre otras.

Desde 1926, paralelamente a la labor escrita, González Arrili realiza proficua tarea como profesor de Historia en el Colegio Nacional Bernardino Rivadavia. Cumplirá las mismas con reconocido celo pedagógico hasta 1943, año en que, por presión de mezquinos intereses políticos, le separan de la cátedra. El cargo, en acto de justicia, le será devuelto dos años más tarde; pero es necesario consignar la contradictoria circunstancia de que durante el tiempo de forzado alejamiento de las aulas, sus textos escolares continúan siendo válida fuente de información y formación en manos del estudiantado.

El 4 de mayo de 1972 Bernardo González Arrili es elegido “miembro de número” de la Academia Argentina de Letras para ocupar el sillón “Ventura de la Vega”. Recibido en acto público solemne por el Dr. Osvaldo Loudet el 19 de octubre del mismo año, las palabras del cofrade, con reconocimiento y elogio para su extendida siembra intelectual e intachable conducta ciudadana, han de poner de manifiesto la limpieza, dignidad y valores de una trayectoria ejemplar. RAÚL CASTAGNINO

 

✶ INDICE:

PALABRAS PRELIMINARES de Raúl H. Castagnino

1- CALLE CORRIENTES ENTRE ESMERALDA Y SUIPACHA

PROLEPSIS

La calle, un pasadizo

La vereda de los pares

El zaguán

La aldaba

La azotea

Las voces

El baile

El organillo

El reloj

La tos

El molinillo

Las balas

Las lauchas

La plaza

Los botines

Helados de dos centavos

Las panaderías

Perdido y rescatado

ESCUELEROS

Ida y vuelta

La cartera

Palotes

Don Guillermo

VIDRIERAS

Revistas

Ranas

Cosas

Sueños

RETRATOS

Aparicio Saravia

La Reina Victoria

Verdi

Kruger

León XIII

Dolores Frías

Isaac Peral

PERSONAS

Josecito

El vendedor de pescado

Mantequilla

Candelario

Tartabull

Monsieur Hoffart

El padre Gonzalo

Soussens

Aleluyas

Las mujeres de Gibson

Napoleón I

ANAPTIXIS

Madrid: Zarzuelas

La biblioteca blanca

Los dos Bernardos

2- BUENOS AIRES 1900

El cuarteador

El farolero

El ciclista

La pianista

El letrista

El milonguero

El payador

La planchadora

El procurador

El picaflor

La florista

El tambero

El orillero

El estanciero

El curdela

El atorrante

El calesitero

El almacenero

El chapetón

El engrupido

El cochero

El otario

El macaneador

El oso

El payaso

La ecuyère

El luchador

El cocoliche

El changador

El esqueún

El rejuntador

El librero

El pelotari

El compadraje

El curandero

El protector

El moreno

El musolino

El gasista

El chafe

El portero

El contrabandista

El turco

El paragüero

El agenciero

El fosforero

El lotero

El patotero

Fin