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La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile

Gabriel García Márquez

Editorial Sudamericana

1986 - 1 ed

Tapa blanda, rústica sin solapas

155 páginas

Impreso en Buenos Aires (Argentina)

 

✶ ESTADO: 8/10. Muy buen estado.

Desgastes menores por paso del tiempo.

 

✶ CONTRATAPA:

A principios de 1985 el director de cine chileno Miguel Littín, que figura en una lista de cinco mil exiliados con prohibición absoluta de volver a su tierra, estuvo en Chile por artes clandestinas durante seis semanas y filmó más de siete mil metros de película sobre la realidad de su país después de doce años de dictadura militar. Con la cara cambiada, con un estilo distinto de vestir y de hablar, con documentos falsos y con la ayuda y la protección de las organizaciones democráticas que actúan en la clandestinidad, Littín dirigió a lo largo y lo hondo del territorio nacional, inclusive dentro del Palacio de la Moneda, tres equipos europeos de cine que habían entrado al mismo tiempo que él con diversas coberturas legales, y a otros seis equipos juveniles de la resistencia interna. El resultado fue una película de cuatro horas para la televisión y otra de dos horas para el cine, que empiezan a proyectarse por estos días en todo el mundo.

Hace unos seis meses, cuando Miguel Littín me contó en Madrid lo que había hecho, y cómo lo había hecho, pensé que detrás de su película había otra película sin hacer que corría el riesgo de quedarse inédita. Fue así como aceptó someterse a un interrogatorio agotador de casi una semana, cuya versión magnetofónica duraba dieciocho horas. Allí quedó completa la aventura humana, con todas sus implicaciones profesionales y políticas, que yo he vuelto a contar condensada en esta serie de diez capítulos.

Algunos nombres han sido cambiados y muchas circunstancias alteradas para proteger a los protagonistas que siguen viviendo dentro de Chile.

 

✶ EXTRA:

La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile fue publicada en 1986 y pertenece a esa zona de Gabriel García Márquez donde el periodismo, la narración política y el pulso de la novela se rozan sin confundirse del todo. En 1985, el cineasta chileno Miguel Littín, exiliado y con prohibición de volver a su país, entró clandestinamente en Chile para filmar la vida bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Cambió su aspecto, usó documentación falsa, se hizo pasar por empresario uruguayo y se movió durante semanas entre controles, contactos secretos, equipos de filmación y una ciudad donde cada gesto podía delatarlo. El libro nació después de esa experiencia, cuando Littín le contó a García Márquez los pormenores de la operación.

La voz narrativa aparece en primera persona, como si el propio cineasta estuviera reconstruyendo la aventura, pero la respiración del texto lleva la marca de García Márquez: el ritmo de crónica, la tensión de relato de espionaje, la atención a los detalles concretos y esa capacidad para convertir una historia política en una narración sostenida por escenas.

La operación de Littín tenía un objetivo preciso: registrar imágenes de Chile después de años de dictadura y construir con ese material el documental Acta general de Chile. Para hacerlo, contó con equipos chilenos y extranjeros que filmaron en distintas zonas del país, muchas veces sin revelar del todo el sentido del trabajo. El libro de García Márquez se volvió el relato paralelo de esa empresa, y ahí reside una de sus fuerzas: no cuenta la dictadura desde la abstracción, sino desde el cuerpo de alguien que vuelve a un país propio bajo una identidad falsa, obligado a medir la voz, la ropa, los movimientos, incluso la manera de mirar.

También es un libro sobre el exilio y sobre el deseo de volver. Littín entra en Chile disfrazado, pero no como turista ni como aventurero profesional: vuelve a un lugar que le pertenece y que al mismo tiempo lo expulsa. Esa tensión alimenta todo el relato, el país reconocido y desconocido, la emoción contenida, el peligro concreto, la necesidad de filmar lo que el régimen quería mantener bajo control, y en ese cruce García Márquez encuentra una materia narrativa muy eficaz, porque la peripecia clandestina funciona como puerta de entrada a una pregunta más amplia por la memoria, la censura, el miedo y las formas de resistencia.

La recepción del libro confirmó esa dimensión política: en Chile, la dictadura mandó quemar miles de ejemplares, un gesto que terminó ampliando el peso simbólico de la obra. La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile quedó así como una pieza singular dentro de la producción de García Márquez: un libro breve y urgente, escrito desde el periodismo pero cargado de tensión literaria, cuya potencia no está en la arquitectura de sus grandes ficciones sino en contar una acción real con precisión narrativa y en dejar fijado el momento en que una cámara, una identidad falsa y una voz de escritor se volvieron formas concretas de disputar el silencio.