Prosas propicias
Luis Felipe Vivanco
Editorial Plaza y Janés
Colección Selecciones de Poesía Española
1976
Tapa dura
184 páginas
Prólogo de Gerardo Diego
Impreso en Barcelona (España)
✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.
Desgastes mínimos por paso del tiempo.
✶ SINOPSIS:
Este libro no necesita prólogo porque él mismo es su prólogo, su logos y su epílogo. Sobre todo su epílogo. Es el epílogo y, por si fuera poco, inconcluso, de una vida. Se lo ha disputado la muerte a la vida. Y la muerte, la total, a una vida singular, única. Ha muerto un poeta, un hombre, que llevaba la vida hasta en su apellido. Ha muerto pletórico de existencia, construyendo, tramitando sus prosas. Prosas propicias. ¿Propicias a qué? Prosas proclives. ¿Proclives a dónde? Nuestro amigo Luis Felipe Vivanco las denominó así, acordándose de las prosas profanas de aquel cantor sumo de la muerte y de la vida. En Rubén Darío aquellas prosas, aquellos poemas no ocultaban su cualidad de versos aparentes, visibles. En este testamento los versos se ocultan tras la túnica, humilde a los ojos, de la prosa continua, continuada. Continuación de la vida. Continuación de la muerte.
Estas palabras que estoy sembrando al azar no quieren, no pueden ser un prólogo. Quería, quiero demasiado a mi amigo muerto para juzgarle, para explicarle a él y a su obra. Lo que pienso, lo que siento, lo que sentí y continúo sintiendo es lo que exclamé ante otro muerto, amigo, pero no amigo más joven sino más viejo que yo. «¡Qué vergüenza vivir / cuando los buenos mueren!» No, nada de literatura ni de crítica ni de exégesis ni fuentes y corrientes y generaciones y promociones y quintas y lechigadas y cosechas y desechas. Éste es el epílogo —sin quererlo ni saberlo, pese a premoniciones y gravedades en sus páginas barridas por el viento— de una vida que fue un epílogo. Y es también el testimonio de otro epílogo. Poesía de tiempo de epílogo. Poesía de circunstancia que es la mejor poesía cuando lo que se sostiene de pie en el circo que nos rodea se está muriendo de otoño con la primavera en semilla desde abajo empujando. Apocalipsis y génesis. Omega y alfa. Y Cristo y sus Ángeles con todos y para todos y más para los más necesitados, para los que no lo conocieron y también para los que le renegaron.
Y yo nada sabía de cómo se estaba naciendo, floreciendo, madurando un libro que era como la corona de toda una vida de poeta. Quizá la última apuesta, acaso nada más la penúltima o la antepenúltima. ¿Cómo saberlo? Cuánto me hubiera gustado preleerlo en ráfara y tal vez apuntar juntos algún hallazgo, alguna duda, la tortura de la variante. Porque el arquitecto remendón que él se confiesa era la modestia misma y el pudor de una vocación sublimada. No la de su otro oficio, el de ganarse la vida, sino la del verdadero, la del irrenunciable porque se fundía con la calidad misma de su vida de hombre. Oficio, ocupación modesta pero llena de orgullo porque se sabía arrojado a ella, y cumpliéndola con honestidad y felicidad dignas del mejor aprecio, del que en vida no recibió del todo a pesar de merecerlo tanto.
Éste es un libro para todos porque es un libro para amigos. La tan estúpidamente controvertida inmensa minoría es una figura de círculos concéntricos. El primero casi un punto nada más, el primer público del poeta, que es el poeta mismo. Después sus amigos en vida y muerte, los contemporáneos y los clásicos porque clásicos son todos los que ya no alientan pero viven en su obra. En barreras más anchurosas, los demás, es decir, todos, correligionarios, enemigos, indiferentes, la inmensa derramada mayoría, carne de humanidad y hambre de redención. Para todos están abiertos estos versos propicios que para no asustar se disfrazan de prosas.
Basta leer los nombres al pie de los lemas y dedicatorias y los otros más favorecidos aún, los retratados y conversados mano a mano en poemas que tan profundamente los penetran y los modelan, para darse cuenta de hasta dónde llegaba el abrazo infinito del poeta y a pesar de su inmenso radio la apretada estrechez de su hermandad con todos, uno a uno. Por eso y para no traicionarse en la tentación al paso de delicias de idioma, Luis Felipe opta por esconderse en su verso libre. El ritmo esplende en todas sus «prosas». Recordemos el derecho a este versilibrismo de la palabra «prosas» nacido con ella misma en el regazo de la liturgia latina medieval. Recordemos la música más bella, la del canto llano o de sus felices consecuencias y secuencias en la de los más altos músicos de nuestro siglo. Pero la libertad de este verso no es absoluta, esconde cadenas secretas de ritmo endecasilábico, del que se libra aquí o allá cuando se le antoja como al árbol que mueve la hoja. Ritmo clásico, verso clásico con vacaciones: la verdadera libertad.
Y es que las prosas, tal como Luis Felipe las entiende, propician libertad. De cabo a rabo este libro es un canto a la libertad y un sarcasmo de sus enemigos, profanadores, hipócritas y asesinos. Y la libertad en la poesía exige la rienda suelta a la imaginación. Por lo tanto no basta dibujar con precisión de retratista y con geometría vertical o perspectiva de plano de arquitecto, hay también que volar, escaparse por todos los entrebarrotes de todas las rejas y las jaulas, y volar, volar embriagadoramente. Esta poesía real, si no realista que es mucho menos y más equívoco, la poesía de este libro, constantemente se eleva a lo sobrereal. El sobrerrealismo, que ya le asistió a nuestro poeta en los comienzos de su adolescencia, le vuelve a impulsar en la gravedad de sus años otoñales. Superrealismo, creacionismo, expresionismo, pero no como escuelas sino en libertad libérrima, que no tiene reparo en reflejar lo ajeno aquí y allá porque se lo apropió por derecho de amor y simpatía. Lo que hay en España es de los españoles (no fuera malo) y lo que hay en poesía es de los poetas. Un verso memorable es ya una sola palabra en el idioma de los mejores y termina siéndolo en todo el pueblo cuando le llega la ola y le moja los pies.
También, como a sus hermanos mayores del 27, le entra la apetencia del juego lleno de intención. Un verso otoñal de Fray Luis de León puede tomarse al pie de su letra y clavarlo con propósito burlón desde un lema. («Dos Cumpleaños», II».) Hay mucho de irrisión, de inversión o tomar a conciencia el rábano por las hojas en estas páginas inagotables. Las formas retóricas más acreditadas se aprovechan para usos gnómicos, tal vez discutibles cuando no se acierta en el clavo y se resbala a la herradura, pero intensificantes con su reiteración de letanía. Anáforas y paradojas aran en bustrofedones y logran una reminiscencia de tiempos arcaicos y geórgicos. Es la disciplina del «Recluta» que marca el paso y se sale, inadvertido, por peteneras. Pero mucho cuidado con interpretaciones gratuitas y ruinosas. No es indisciplina. Estamos en el mismo caso del ritmo y del verso blanco o libre. Las cadenas cuelgan sus catenarias invisibles, libres, por dentro de la curva de su propio espectro. Luis Felipe no se casa con nadie. Un poeta es siempre un condenado célibe, un ente tangencial. El buey suelto bien se lame. No intentéis apresarle en redes de partidos ni enrolarle en maniobras de partidas. El que quiera mayores precisiones que lea en contraste dos poemas de estas Prosas: «Descansillo» y «La condición canina».
Un descansillo puede ser en la arquitectura de un libro de poemas un habitable tránsito entre dos o más alas del inmueble. Se descansa en diminutivo para fumar un cigarrillo, cigarrillo de cirujano o de fiscal entre anestesia e intervención, entre acusación y defensa. Y que cada palo aguante su vela. Hay para todos en esta confesión general de la que tampoco el testigo puede estar ausente e irresponsable. Por eso la lección de moral es formidable. Todos en El pusimos nuestras manos.
La condición humana se ve esclarecida y desnuda a la luz de la condición canina. Otros perros habían aparecido en la poesía y en la prosa de Vivanco. Pero por el lomo de éste pasó la mano de Dios. El poema es naturalmente cínico. De un cinismo que hace pensar más que en coloquios y cuentecillos cervantinos, más que en ejemplares pacientísimos de Velázquez, en sarcasmos e indecencias quevedescas. Dan ganas de escribir un ensayo polémico sobre la perrunización del hombre o el arte como paraíso de los canes. El señor de la Torre de Juan Abad, Don Francisco, el mismo de «Infantes», haría un chiste —todavía en sus postrimerías le visitaban los chistes— juntando hocico con hocico el can y lo canónico. Alucinante poema este de la Mancha, ya sin perros, de Vivanco, también repitiendo sus incipit iniciales. Seis caminos en «crescendo» o más bien «diminuendo» hasta el polvo difunto.
Pero no siempre es la hora cero. Hay también día a día las horas variables y transidas de esperanza. Y hay, junto a los hombres y sus vilezas y noblezas, junto a las bestias y las plantas, las cosas, las inevitables cosas. Las cosas como son. Y ¿cómo son las cosas? El poeta en otra ocasión negó casi el derecho de salirse de las cosas metafóricamente al poetizarlas, predicó el respeto a las cosas y a las palabras por lo tanto que las equivalen. Basta con nombrarlas para tenerlas ahí y no hay que hacer trampas con ellas ni adornarlas de epítetos o esquivarlas con quiebros de banderillero. La poesía sería, pues, un acto, mejor un acta, de fidelidad, de lealtad a la naturaleza y a sus elementos sonoros o silenciosos. Sin embargo, esta mera y nuda evocación nombradora no deja de ser también un acto o acta de elección, una búsqueda de aristocracia. Por más que el poeta se empeñe en darnos las cosas y las personas y los paisajes al pie de su letra natural y patente, no le es dado conseguir de ellos otra segunda y reflejada naturaleza. Lo más a que puede aspirar es a ser su fotógrafo. Pero la cámara también elige, antologa, dispone y, en resolución, crea. Esta es la palabra de las palabras. Por eso el pintor pinta paisajes y no la naturaleza o naturalezas. El músico canta proporciones acordadas, esferas de espíritu y no onomatopeyas en bruto. El escultor levanta formas y no amontona o palpa ciegos bloques.
El poeta con las palabras inventa y, a un tiempo que plantea, resuelve problemas de identidad y variaciones de las cuales hace mucho que se evadió el tema primigenio, ya irrecuperable. «Estamos en la niebla y el viento como un río / de salud y juventud propicias / rompe sus bambalinas / y abre la majestad de otro escenario / con profusión de piedra encaramada / sobre sus propios hombros.» Cuánta mayor verdad en esta estrofa de «Liébana» que en una más cómoda descripción, enumeración, selección de apariencias que hubiera podido el poeta retratar con su objetivo años atrás. Dentro de la letanía a que pertenece y a la que arquitectónicamente ayuda y colabora, el cantor de última hora enriquecido de experiencia y aureolado de fe, nos enriquece a todos creando —con todos los derechos y obligaciones de la audacia y con la instrumentación matizada de una plena orquesta— otro mundo, otra vida, intermedia, flotante entre ésta y la eterna. Es la otra luz de la que cantó otro insigne poeta.
Y en tan corto ejemplo no cabe, claro está, ni una mínima parte de la técnica y la inspiración de la visión y transfiguración de nuestro propicio prosista. A veces por la rapidez vertiginosa con que se suceden y encabalgan las imágenes y los dobles temáticos del rapto poeticomusical, nos recuerdan las modulaciones que conducen a la abolición de la tonalidad en los grandes maestros de la música contemporánea o los misterios casi inexplorables de los más sublimados profetas de la palabra rítmica. Sobrerrealismo y creación, expresión y nudo de impotencia se acumulan y sustituyen en las instancias de este arquitecto, no remendón sino rebelde a la materia pesada que se redime en alas del espíritu del verbo, sin por ello dejar de medir y calcular todas las resistencias y abrir los párpados de los ciegos de nacimiento en milagro que logra que la llamada naturaleza ajena se haga de veras suya y se nos entre y nos contemple desde dentro en el espejo de nuestra mirada. Prueba ésta definitiva de la existencia de las cosas y por ende de la poesía que nos hace a cada instante a su imagen y semejanza.
Arribados a este círculo, qué diminutos y efímeros se nos antojan los grados inferiores que hubimos de atravesar en nuestro ascenso hacia lo más alto. Hacia esa luz increada que se deja entrever en los desafíos ya en cielo de nadie, última aventura clavileña de Luis Felipe Vivanco. GERARDO DIEGO
Luis Felipe Vivanco