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Van Gogh

Wilhelm Uhde

Editorial Phaidon

1948

En alemán

Tapa dura (entelado)

Tamaño: Folio Mayor (36x27)

14 páginas de introducción y más de 120 reproducciones a color y b/n, además de varias láminas montadas.

Impreso en Viena (Austria)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Desgastes generales por paso del tiempo y encuadernación levemente deslucida.

 

Reproducida en esta edición

 

VIDA Y OBRA DE VINCENT VAN GOGH, POR WILHELM UHDE

Cuando se pronuncia el nombre de Vincent van Gogh, acuden a la mente una multitud de imágenes luminosas, pero también las tinieblas de una vida estremecedora, que su protagonista arrastró como una cruz hacia un Gólgota prematuro. El arte y la vida están unidos en él de un modo tan íntimo, tan indisoluble, que no es posible describirlos por separado, como suele hacerse en las «monografías de artistas». A esto se suma que esa vida no se ajusta a las leyes de una época ni de un medio, y esa obra, a ninguna corriente ni programa. Ambas son insólitas y únicas. Con el nombre de van Gogh no se plantea, en primer término, un tema de historia del arte, sino uno eminentemente humano. Fue un misionero que pintaba. Fue un pintor con ideas sociales. Su historia no es la de un ojo, una paleta, un pincel, sino la de un corazón solitario que latía entre los muros de una oscura prisión, que anhelaba y sufría sin saber por qué. Hasta que un día vio el sol y reconoció en él el sentido de su vida. Voló a su encuentro y ardió en sus brasas.

Muchos antes que él habían recorrido ese camino del frío al calor, de la niebla a la claridad, del Norte al Sur. Pero qué distinto fue su modo de recorrerlo. Con qué dignidad, con qué serenidad, con qué cuidado al registrar las etapas lo hizo Goethe. Van Gogh, irreflexivo y con impaciencia infantil, se precipitó, como Ícaro, hacia las brasas mortales.

La tragedia de su corta vida radica en que pasó la mayor parte de ella oculto, entre la tristeza, el dolor y la desesperación, buscando lo más simple, lo más visible que existe: el sol; y que tuvo que morir cuando lo encontró. Para nadie antes había sido tan difícil el camino, el camino del hombre nórdico que se aleja de lo literario, lo intelectual, lo moral y lo social para dirigirse hacia lo sensible, hacia la imagen. Nunca antes había sido tan impetuosa esa búsqueda de aquello que no se posee. Sin embargo, llevaba innato, desde sus orígenes oscuros y fríos, un elemento de los climas meridionales: el mistral, ese viento capaz de levantar piedras y arrojarlas. Lo llevaba en el corazón; impulsado por él buscó lo demás: el sol y los colores.

Su vida es la historia de ese gran corazón apasionado, colmado por entero por dos cosas: el amor y la tristeza. El amor, no como deseo y preferencia, como simpatía o inclinación estética, sino en su forma más grave, la caritas, una profunda relación religiosa con los hombres y las cosas. Esa es la raíz de su vida y de su arte. Ese amor llegó hasta el sacrificio de sí mismo, hasta el derroche del propio yo. Su vida fue una entrega ininterrumpida de sí mismo y la pintura no fue otra cosa que la forma definitiva más adecuada de ese prodigarse, después de muchos otros intentos.

La entrega impetuosa, el acto religioso, fueron de una magnitud extraordinaria, y cuanto mayores eran, más duramente lo alcanzaban las palabras de Spinoza, que se convirtieron para él en una terrible verdad: «Quien ama a Dios no puede exigir que Dios lo ame a su vez». La violencia de esta caritas no lo integró a la comunidad de los hombres, sino que lo apartó de ella y lo volvió sospechoso y solitario. Así, junto al amor, entró en su corazón un segundo sentimiento: la tristeza. No en la forma más leve de la melancolía, sino en la más pesada del dolor profundo y, a menudo, de la desesperación. Estaba entretejida, como un componente abundante e indisoluble, en la trama compacta de su breve vida. Así como su amor celestial, que pertenecía a los pobres, los débiles y los enfermos, no fue correspondido, tampoco lo fue el terrenal. Amó tres veces a una mujer. La primera se burló de él, la segunda huyó, la tercera, que le tenía afecto, intentó quitarse la vida. Pero su último gran amor fue el sol, al que glorificó en sus cuadros. La gente no quiso saber nada de esos cuadros y se rio de ellos. Y tampoco el sol lo amó, sino que le arrebató la razón y lo mató.

Si alguna vez hubo una vida trágica, fue esta. Hubo un solo hombre que lo comprendió, lo amó y lo ayudó: su hermano Theo, varios años menor. En las horas más difíciles aparecía de pronto; consolaba al desesperado, encontraba nuevos caminos para quien se había quedado estancado, alentaba al creador, sacrificaba su dinero, soportaba con paciencia lo insoportable, lo impulsivo, lo contradictorio, lo malo y caprichoso que traía consigo la progresiva autodestrucción del mayor. El amor, la amistad y la admiración lo ayudaron a hacerlo. Sin embargo, un día, desde las cumbres más altas del sufrimiento, cayó sobre él la cruel frase: «Podés darme dinero, sí, pero no una mujer e hijos».

Sobre la historia de la vida de Vincent van Gogh, que abarca 37 años, podrían ponerse como lema las palabras que él mismo pronunció junto al lecho de muerte de su padre: «Morir es difícil, pero vivir es todavía más difícil».

Sobre su obra, en cambio, que apenas ocupa 10 años de esa vida, se alza lo que escribió el doctor Gachet, que lo atendió al final: «La palabra amor al arte no le corresponde; hay que decir: fe hasta el martirio».

 

Reproducida en esta edición

 

LEBEN UND WERK DES VINCENT VAN GOGH, VON WILHELM UHDE

Wenn man den Namen Vincent van Gogh ausspricht, fallen einem eine Menge leuchtender Bilder ein, zugleich aber die Dunkelheiten eines erschütternden Lebens, das sein Träger wie ein Kreuz zu einem frühen Golgatha schleppte. Kunst und Leben sind hier so innig verstrickt, unlösbar verbunden, daß man nicht, wie in „Künstlermonographien“ üblich, sie gesondert beschreiben kann. Es kommt hinzu, daß dieses Leben sich nicht den Gesetzen einer Zeit und eines Milieus einordnet, dieses Werk keiner Richtung und keinem Programm. Beide sind ungewöhnlich und einmalig. Mit dem Namen van Gogh ist in erster Linie kein kunstgeschichtliches Thema gegeben, sondern ein eminent menschliches. Er war ein Missionar, der malte. Er war ein Maler mit sozialen Ideen. Seine Geschichte ist nicht die eines Auges, einer Palette, eines Pinsels, sondern die eines einsamen Herzens, das in den Mauern eines dunklen Gefängnisses schlug, sich sehnte und litt, und nicht wußte, warum. Bis es eines Tages die Sonne sah und in ihr den Sinn seines Lebens erkannte. Es flog ihr entgegen und verbrannte in ihren Gluten.

Diesen Weg von der Kälte zur Wärme, dem Nebel zur Helligkeit, vom Norden zum Süden, viele sind ihn vor ihm gegangen. Aber wie anders gingen sie ihn. Mit welcher Würde, welcher Besonnenheit, welcher Sorgfalt im Registrieren der Etappen legte ihn Goethe zurück. Unbesonnen und mit kindlicher Hast stürzte sich van Gogh, dem Ikaros gleich, in die tödlichen Gluten.

Die Tragik seines kurzen Lebens liegt darin, daß er dessen größten Teil damit verbrachte, unter Trauer, Schmerz und Verzweiflung das Einfachste, Sichtbarste zu finden, das es gibt: die Sonne, und daß er sterben mußte, als er sie gefunden hatte. Niemandem vorher war der Weg so schwer gefallen, der Weg des nordischen Menschen vom Literarischen, Gedanklichen, Moralischen und Sozialen fort zum Sinnlichen, zum Bilde. Nie auch war vorher dieses Suchen nach dem, was man nicht besitzt, so stürmisch gewesen. Ein Element der südlichen Klimaten war ihm in seine dunklen und kalten Ursprünge hinein doch angeboren: der Mistral, jener Wind, der imstande ist, Steine aufzuheben und zu schleudern. Den hatte er im Herzen, von ihm getragen suchte er das übrige: Sonne und Farben.

Sein Leben ist die Geschichte dieses großen leidenschaftlichen Herzens, das von zwei Dingen völlig ausgefüllt war: von Liebe und von Trauer. Liebe, nicht als Gernhaben und Bevorzugen, als Sympathie oder ästhetische Zuneigung, sondern in ihrer schwersten Form, der Caritas, einer tiefen religiösen Beziehung zu Menschen und Dingen. Hier ist die Wurzel seines Lebens und seiner Kunst. Diese Liebe ging bis zur Selbstopferung, zur Verschwendung des eigenen Ich. Sein Leben war ein ununterbrochenes Sichverschenken und die Malerei nichts anderes als die angemessenste endgültige Art des Verschwendens, nach vielen anderen Versuchen.

Die stürmische Hingabe, der religiöse Akt waren von außerordentlicher Größe, und je größer sie waren, um so härter traf ihn das Wort Spinozas, das an ihm furchtbare Wahrheit wurde: „Wer Gott liebt, kann nicht verlangen, daß Gott ihn wiederliebe.“ Die Heftigkeit dieser Caritas bettete ihn nicht in die Gemeinschaft der Menschen ein, sie sonderte ihn aus und machte ihn verdächtig und einsam. So trat neben die Liebe als zweites Gefühl die Trauer in sein Herz. Nicht in der leichteren Art einer Melancholie, sondern in der schweren des tiefen Schmerzes und oft der Verzweiflung. In die Dichtigkeit des kurzen Lebensgewebes war sie als Bestandteil reichlich und unlöslich mit eingesponnen. Wie seine himmlische Liebe, die den Armen, den Schwachen und Kranken galt, nicht vergolten wurde, so wenig die irdische. Er hat dreimal eine Frau geliebt. Die erste verspottete ihn, die zweite lief davon, die dritte, die ihm wohlwollte, versuchte sich das Leben zu nehmen. Seine letzte große Liebe aber war die Sonne, die er in seinen Bildern verherrlichte. Die Menschen wollten von diesen Bildern nichts wissen und verlachten sie. Und auch die Sonne liebte ihn nicht, sondern raubte ihm die Vernunft und tötete ihn.

Wenn je ein Leben tragisch war, so war es dieses. Nur einen Menschen gab es, der ihn verstand, ihn liebte und ihm half: der vier Jahre jüngere Bruder Theo. Er war in den schwersten Stunden plötzlich da, er tröstete den Verzweifelten, fand dem Festgerannten neue Wege, er ermutigte den Schaffenden, er opferte sein Geld, er ertrug geduldig das Unerträgliche, das Sprunghafte, das Widerspruchsvolle, Böse und Launische, das die fortschreitende Selbstzerstörung des Älteren mit sich brachte. Liebe, Freundschaft und Bewunderung halfen ihm dazu. Dennoch traf ihn eines Tages von den höchsten Gipfeln des Leidens herab das grausame Wort: „Du kannst mir wohl Geld geben, aber nicht Frau und Kinder.“

Über die Lebensgeschichte Vincent van Goghs, die 37 Jahre umfaßt, könnte man als Motto die Worte setzen, die er selbst am Totenbette des Vaters sprach: „Sterben ist schwer, aber leben noch schwerer.“

Über seinem Werke aber, das kaum 10 Jahre in diesem Leben einnimmt, steht, was der Doktor Gachet, der zuletzt ihn pflegte, schrieb: „Das Wort Liebe zur Kunst paßt für ihn nicht, man muß sagen: Glaube bis zum Martyrium.“

 

Reproducida en esta edición