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Imágenes de la Selva

Rodolfo Allou

1985

Tapa blanda, rústica sin solapas

88 páginas

Numerosas reproducciones

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Portada levemente deslucida.

 

 

✶ PRÓLOGO:

Aunque no hubiera nacido en el Paraguay, aunque no se hubiera llamado Rodolfo Allou y no le hubieran sucedido todas las cosas que él suele contar tan bien, se tiene la absoluta certeza de que igualmente hubiera respondido a ese destino de maderas que le propuso su fantasía. Igualmente, gracias a una alquimia de lo que fue raíz que nadie le enseñó, se hubiera visto obligado a dar vida a todas y cada una de las criaturas que hoy habitan su museo.

Nuestra habitual manía por encontrarle una razón próxima a los hechos nos hace reparar en la sangre de los Verne que también corre por las venas de Allou. ¿Acaso no se organizan los extraños signos, bíblicamente al menos, hasta la séptima generación?

¿Cómo no participaría entonces el sobrino nieto de Julio Verne de ese convite hacia lo desconocido, o a lo que sin serlo está ahí, a la vista, sin ser visto?

El mismo Allou cuenta que un día, sintiendo en carne propia la fuerza del “¿cuándo somos de veras lo que somos?”, se angustió reflexionando sobre una vida —la suya— que no dejaría huellas. Nadie puede ignorar que cuando esa extraña inquietud por trascender ha prendido en el hombre, atraviesa hueso y médula con ferocidad y ya no se puede volver atrás.

Allou necesitaba hacer algo para consolarse de la muerte (“Mejor nos mata el olvido / que un acero del mejor”, decía el poeta). Y para exorcizar ese olvido que es la absoluta disolución en la nada, se abrió a todos los espíritus que están en todas partes.

Y pudo entonces aprender el lenguaje de los árboles.

Chesterton decía: “Mientras un árbol sea un árbol, es un monstruo torpe con cien brazos, mil lenguas y una sola pierna. Pero mientras un árbol es un árbol no nos ocasiona ningún miedo. Sólo empieza a transformarse en algo extraño cuando parece ser como nosotros mismos. Si un árbol parece un hombre, tiemblan nuestras rodillas. Y si todo el universo parece un hombre, caemos postrados”.

Rodolfo Allou vivió durante toda su vida entre árboles-hombres. Aguzó su oído y aprendió a escuchar. El mismo nos cuenta como a veces el llamado parecía venir de una rama, de una raíz o de una liana enroscada. Y cuando se acercaba, ahí no más estaban las formas de esos seres recordados, conocidos o intuidos, aguardándolo quién sabe desde qué tiempo inmemorial.

Por eso también dice que no se siente hacedor de arte, que para él es algo divino. Simplemente aprovecha lo que le ofrece la propia naturaleza y sobre ello deja alguna que otra impronta. Lo dice sin falsa modestia, como cada vez que se encuentra ante la obra de otro artista y se considera incapaz de “alcanzar esa perfección ajena”.

Así, con esa misma simpleza, en una lenta pero continua conquista de lo que parecía imposible, delimitó un territorio absolutamente propio que nadie, y nunca, le pudiera arrebatar.

Treinta años pueden ser muchos para un hombre y quizá absolutamente nada para el gran orden cósmico. Pero no se puede negar que durante todo ese tiempo trabajar con la minuciosa fruición con que lo ha hecho Allou es como estar al abrigo de la intemperie terrenal.

Sospecho que en el Iguazú que lo cobijó durante tan largo exilio, porque no resulta fácil ser contemporáneo ni profeta en la propia tierra, a muchos les debe pasar casi inadvertido el Allou que intentó de-velar las imágenes de la selva, el que quiso celebrar en ellas la magnificente diversidad de la naturaleza y el que —nadie le quite este mérito— ha dejado en el turista un recuerdo mejor que el de una tarjeta postal.

A pesar de haber nacido en Yaguarón, Paraguay, y de haber llegado a nuestro país en 1947, este artista se siente tan argentino como el que más y ha querido testimoniar con su obra el agradecimiento a una tierra que lo recibió como a hijo propio. Por eso no ha querido aceptar tentadoras ofertas para trasladar el museo fuera del país. De su colección de más de 600 obras (alrededor de 200 donadas a instituciones y particulares), su autor jamás aceptó vender ninguna.

¿Cómo ponerle precio, pensamos, a lo que fue hecho con tanta amorosa dedicación, con tanta delicadeza?

Pero las cantidades son solamente ilustrativas: lo extraordinario en este museo es que la selva seca no ha perdido su prestigio, antes bien lo revive plenamente. Es como entrar a ella por un atajo inesperado.

El día en que llegamos por primera vez Rodolfo Allou estaba con Pituka, su mujer, evidentemente la cómplice designada para esta tarea, como ha sido la cómplice en la vida de Rodolfo. Que, a veces, también se puede ser cómplice para lo bueno. Porque ninguno de los dos parece buscar bienes en las “cisternas rotas” de este mundo, y están preocupados, muy preocupados, por responder desde su intimidad a ideales de verdad, bondad y belleza.

Escucharlos orar con la perdida frescura e inocencia de los niños nos asombró —aunque más dulcemente— tanto como haber ingresado a ese bosque fantasmagórico que es el museo. Sentimos de golpe como si lo primordial hubiera recobrado su poder y lo vano y fútil de la realidad se batiera en retirada.

Es que se hace muy evidente que por aquí (hay muchas, muchas huellas) anduvo el Angel de la Guarda.

Nené Pruzzo

Buenos Aires, Enero de 1985