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De Watteau a Tiepolo: le dix-huitieme siecle

(De Watteau a Tiepolo: el Siglo XVIII)

Francois Fosca

Ed Albert Skira

Les Grands siécles de la peinture

1952

En francés

Tapa dura, con sobrecubierta original

145 páginas

Profusamente ilustrado con láminas a color montadas sobre papel soporte e intercaladas en el texto. Tamaño: 28x25

Impreso en Ginebra (Suiza)

 

✶ ESTADO: 9/10. Excelente estado.

Sobrecubierta con fatigas y detalles mínimos.

 

Reproducida en esta edición

 

✶ PRÓLOGO:

Si uno quiere hacerse una idea justa del arte del siglo XVIII, hay que situarlo ni demasiado alto ni demasiado bajo. También hay que evitar ver en esa época únicamente el arte francés, por seductor que sea. En otros lugares también hubo pintores, y pintores que merecen atención. Considerada en su conjunto, la pintura europea del siglo XVIII aparece como extremadamente diversa. Es cierto que en algunos países donde en el siglo XVII había sido floreciente, en el siglo XVIII está adormecida: así ocurre con Flandes, Holanda y España antes de la aparición de Goya, que por otra parte sigue siendo un caso único. Sólo Francia, Italia e Inglaterra produjeron, durante ese siglo, artistas de valor.

El siglo XVIII fue una época en la que Europa era próspera y estaba en paz, en la que la existencia se había vuelto más fácil, más agradable, más risueña y más confortable. La vida social se desarrolla y adquiere una importancia mayor. Ya no se trata solamente de una vida de representación y de desfile, como en el siglo anterior, sino de una vida de contactos frecuentes y fáciles, de intercambios corteses entre los seres humanos.

Estos rasgos se encuentran en buena parte del arte de ese tiempo. Es un arte que por nada del mundo quiere desconcertar u ofuscar, y que ante todo quiere agradar; su defecto más grave fue haber insistido muchas veces demasiado en eso. Es un arte en el que la mujer es soberana y en el que todos los artistas, desde el arquitecto hasta el último de los artesanos, se empeñan en encantarla, en exaltarla, en ordenar según sus gustos el marco de la existencia. Por eso no tiene nada de sorprendente que entonces, y durante tanto tiempo, el arte francés haya seducido a toda Europa. Versalles, el Versalles de Luis XIV y de Luis XV, ejerce en todas partes su prestigio; cualquier principito alemán quiere tener su castillo y sus jardines. París no encanta menos a los extranjeros, por sus salones en los que todos aspiran a entrar y con los que no dejan de soñar después de haber tenido que abandonarlos. En toda Europa, los artistas franceses se diseminan.

Sin embargo, por seductor que sea este arte, hay que reconocer que le faltan ciertas virtudes: el sentido de lo sagrado y de lo sobrenatural, el sentido de la grandeza y de la poesía más profunda. Este siglo no dio nada importante en el campo de la pintura religiosa; y en los grandes mitos antiguos no vio más que graciosas escenas de ópera.

Se trata de un arte enteramente impregnado por el teatro, donde la óptica del teatro aparece por todas partes de manera flagrante. Watteau traslada a sus telas sus recuerdos de los comediantes italianos; las mitologías de Boucher, de los Coypel, de los Vanloo son mitología de ópera. Fragonard toma el tema de su Corésus, que tuvo tanto éxito, de una ópera de Roy; y los cuadros de la vida familiar de Greuze, L’Accordée de village, Le Fils puni, con su patetismo forzado y su sensiblería, parecen recrear escenas de los dramas lacrimosos de Diderot y Nivelle de La Chaussée. ¡Y qué asombroso director de escena de piezas de gran espectáculo habría sido Tiepolo!

 

Si l’on veut se faire une idée juste de l’art du XVIIIe siècle, il faut le mettre ni trop haut, ni trop bas. Il faut aussi ne pas voir dans cette époque que l’art français, si séduisant soit-il. Ailleurs aussi, il y a eu des peintres, et des peintres qui méritent l’attention. Considérée dans son ensemble, la peinture européenne du XVIIIe siècle apparaît extrêmement diverse. Certes, dans certains pays où au XVIIe, elle avait été florissante, au XVIIIe elle est en sommeil: ainsi la Flandre, la Hollande, et l’Espagne avant que surgisse Goya, qui d’ailleurs demeure un cas unique. Seules, la France, l’Italie et l’Angleterre ont, durant ce siècle, produit des artistes de valeur.

Le XVIIIe siècle fut une époque où l’Europe était prospère et en paix, où l’existence était devenue plus facile, plus agréable, plus souriante et plus confortable. La vie de société se développe et prend une plus grande importance. Il ne s’agit plus seulement d’une vie de représentation et de parade, comme au siècle précédent, mais d’une vie de contacts fréquents et aisés, d’échanges courtois entre les humains.

Ces caractères se retrouvent dans une bonne part de l’art de ce temps. C’est un art qui ne veut pour rien au monde déconcerter ou offusquer, et qui avant tout veut plaire; son plus grave défaut fut d’y avoir souvent trop tenu. C’est un art où la femme est souveraine et où tous les artistes, depuis l’architecte jusqu’au dernier des artisans, s’évertuent à la charmer, à l’exalter, à agencer selon ses goûts le cadre de l’existence. Aussi n’y a-t-il rien d’étonnant à ce qu’alors, et pendant si longtemps, l’art français ait séduit toute l’Europe. Versailles, le Versailles de Louis XIV et de Louis XV, exerce partout son prestige; tout petit prince allemand veut avoir son château et ses jardins. Paris n’enchante pas moins les étrangers, par ses salons où tous aspirent à pénétrer et dont ils ne cessent de rêver après qu’ils ont dû les quitter. Dans toute l’Europe, les artistes français essaiment.

Pourtant, si séduisant que soit cet art, il faut bien reconnaître que certaines vertus lui font défaut: le sens du sacré et du surnaturel, le sens de la grandeur et de la poésie la plus profonde. Ce siècle n’a rien donné d’important dans le domaine de la peinture religieuse; et dans les grands mythes antiques, il n’a vu que de gracieuses scènes d’opéra.

Il s’agit d’un art tout imprégné par le théâtre, où l’optique du théâtre apparaît partout de façon flagrante. Watteau transpose dans ses toiles ses souvenirs des comédiens italiens; les mythologies de Boucher, des Coypel, des Vanloo sont de la mythologie d’opéra. Fragonard emprunte le sujet de son Corésus, qui eut tant de succès, à un opéra de Roy; et les tableaux de la vie familiale de Greuze, L’Accordée de village, Le Fils puni, avec leur pathétique forcé et leur sensiblerie, semblent retracer des scènes des drames larmoyants de Diderot et Nivelle de La Chaussée. Et quel étonnant metteur en scène de pièces à grand spectacle aurait fait Tiepolo!

 

Reproducida en esta edición

 

✶ INDICE:

Introducción

Capítulo primero. El hombre y la comedia humana. Del teatro a la vida

Romanticismo de Magnasco. Entre Tintoretto y Daumier

El sueño de Watteau

Las fiestas galantes y la comedia italiana

Los venecianos, Tiepolo y Longhi

Hogarth y el nacimiento de la escuela inglesa

Humanidad de Chardin y simplificación de las formas

El hombre del siglo XVIII

Capítulo segundo. Las fiestas de la imaginación y los encantos de Italia

Las escenas mitológicas y la decoración. Tiepolo y Boucher

Fragonard y el paisaje

Hubert Robert y Vernet

El color de Venecia

Luz de Île-de-France

Luz de Inglaterra

Capítulo tercero. Las reacciones. De la Revolución Francesa al alba del siglo XIX

Moral y civismo

Hacia el romanticismo

Noticias biográficas y bibliográficas

Bibliografía general

Índice

Tabla de ilustraciones

 

Reproducida en esta edición