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Vida y Poesía

(Das Erlebnis und die Dichtung)

Wilhelm Dilthey

Editorial Fondo de Cultura Económica

1945

Traducción de Wenceslao Roces

Tapa dura (encuadernado)

512 páginas

Prólogo y notas de Eugenio Imaz

Impreso en el DF (México)

 

✶ ESTADO: 9/10. Muy buen estado.

Encuadernación con desgastes y detalles de uso (ver fotos).

 

✶ PRÓLOGO:

Vida y poesía se ha titulado este libro, en traducción un poco libre de Das Erlebnis und die Dichtung —vivencia y poesía—, que es el título que Dilthey puso a la recopilación de sus estudios sobre Lessing, Goethe, Novalis y Hölderlin, añadiéndoles una introducción general acerca de la “trayectoria de la literatura europea en la época moderna”. Nosotros hemos incluido otros dos ensayos de Dilthey, más tardíos, uno sobre Schiller (1895) y otro sobre Juan Pablo (1907), que hemos recogido del libro Von deutscher Dichtung und Musik, compuesto y publicado (1933) por los discípulos de Dilthey, H. Nohl y G. Misch.

En notas al pie del libro explicamos oportunamente las razones que, a nuestro juicio, nos autorizan a no respetar íntegramente, cosa que no ocurrió con la Introducción a las ciencias del espíritu, el otro libro que salió como tal de las propias manos del autor. Ya el mismo Misch incluyó en El mundo espiritual: Introducción a la filosofía de la vida (vols. V y VI de los Gesammelte Schriften), que había sido preparado y hasta prologado por Dilthey, La esencia de la filosofía. Pues bien, el libro de Dilthey Das Erlebnis und die Dichtung se originó en circunstancias parecidas a las de Mundo espiritual, por sugestión de los discípulos y sin que respondiera a una completa unidad de libro. Ya nos explicamos sobre este particular en nuestro prólogo a Psicología y teoría del conocimiento. En el apéndice del presente volumen incluimos los dos prólogos de Dilthey a Erlebnis und Dichtung, en los que nos apoyamos, como lo precisamos en la nota de la página 160, para hacer lo que hacemos. El mismo Dilthey reconoce el carácter convencional de Erlebnis und Dichtung y hasta del título que, como también señalamos en las notas de las páginas 143 y 158, con la misma propiedad se puede extender a un estudio acerca de Schiller —caso especial de vivencia indirecta, intelectualizada— y no digamos de Juan Pablo. De todos modos, el título vivencia y poesía sí es designación justa de la intención que anima a Dilthey al estudiar la poesía como expresión especial, típica, de la vivencia humana común a las tres grandes actitudes del espíritu: filosofía, poesía y religión. Al ampliar nosotros el ángulo no hemos hecho sino saltar la barrera, ésta sí puramente convencional, que establece el hecho de que los estudios incluidos en el volumen alemán Das Erlebnis und die Dichtung comprenden exclusivamente ensayos que proceden de las décadas sesenta y setenta, mientras que el Schiller y el Jean Paul son ya del noventa y novecientos. Pero el Lessing y el Goethe fueron ampliamente retocados en la tercera edición (1910), así que no se podrá esgrimir, sin más, esta razón cronológica para defender la oportunidad de una presentación histórico-evolutiva del pensamiento diltheyano.

Ya en el epílogo nuestro a Hegel y el idealismo llamábamos la atención sobre el volumen actual, entonces en preparación. “Este libro —Erlebnis und Dichtung— es como la otra cara del que ofrecemos —Hegel y el idealismo—: la cara poética, y ya verá el lector del volumen presente, porque se lo dirá repetidas veces Dilthey, la significación capital de la poesía para la filosofía del idealismo. Además, el problema de la unión del conocimiento poético y del filosófico es uno de los más obsesivos del romanticismo alemán, pues la filosofía de esa época busca muy de primeras elevar a conciencia filosófica —validez universal— el conocimiento aportado por los poetas, su nueva idea del mundo.” De entonces acá, seguimos pensando lo mismo y no hacemos sino ampliar la lista de los estudios disponibles con los nombres de Schiller —que no se podía descuidar por tratarse, precisamente, del creador del drama histórico genuino, tema cuyo sabor diltheyano nadie podrá negar y que él nos hace degustar en su espléndido análisis del Wallenstein— y de Juan Pablo —que ofrece un contraste tan alemán, tan gemütlich y fantástico, en medio de esa teoría de gigantes.

La unidad radical a que obedecen los dos libros —mejor, series de estudios— indicados, la descubrimos en la lección inaugural pronunciada por Dilthey, cuando tenía treinta y cuatro años de edad, en la Universidad de Basilea, y que figurará con el título: El movimiento poético y filosófico en Alemania de 1770 a 1800 (vol. V de los G. S.; aparecerá en De Leibniz a Goethe). No se puede ir más allá del resultado crítico de Kant: el conocimiento debe buscar la conexión legal del mundo de la experiencia, externa e interna. La tarea impuesta a su generación es, siguiendo esa línea, establecer la ciencia empírica del mundo interno o espiritual. Hay, pues, que volver a Kant, pasando por encima de Hegel, Schelling y de Fichte, pero... sin olvidarlos. No es posible, a pesar de la desgana con que la generación de Dilthey contempla los excesos especulativos de esos colosos y su menosprecio de la investigación rigurosa, que un movimiento que ha inspirado a la nación alemana durante cincuenta años carezca totalmente de sentido. Su sentido histórico le pone a Dilthey sobre la pista para encontrar la pepita aprovechable de esa gran época del idealismo alemán. Estudia las condiciones históricas y las aportaciones sucesivas de tres generaciones: la de Lessing, la de Goethe-Schiller, la de Fichte, Schelling, Hegel y los románticos. Los poetas son los primeros en elaborar una concepción del mundo, avasallando para ello la religión o la ciencia; los primeros en elaborar el ideal de vida que el pueblo alemán necesita al haber sido destinado por la constelación histórica, por su desocupación político-universal, a volcar todas sus potencias en el mundo interior. En términos amplísimos, la generación romántica —Dilthey, como Menéndez y Pelayo, está dispuesto a echar por la borda esta designación confusionista— comprende a G. Schlegel, Schleiermacher, A. de Humboldt, Hegel, Novalis, F. Schlegel, Hölderlin, Schelling, Tieck, Juan Pablo, Wackenroder, Fries. Carolina de Schlegel adivinaba en el Schelling de 1800 al “filósofo del romanticismo” y esperaba de él una “síntesis entre la doctrina de Fichte, la poesía de Goethe y el sentido de lo divino, también poético, de Spinoza”. Ya sabemos de la amistad paternal del kantiano Schiller por Hölderlin y de la amistad compañera entre éste y Hegel, aunque cada cual rinde culto a su diosa. Sabemos también del “idealismo mágico”, poético de Novalis y cómo Herder, Jacobi y Juan Pablo estaban de uñas contra todo intento de apresar en fórmulas los sentimientos últimos del hombre. Hegel no guardó muchas contemplaciones con este sentimentalismo ni tampoco con el filosóficamente encubierto de la “intuición intelectual”, pero es porque creía haber absorbido, cancelado, superado a todos con su vertiginoso racionalismo del “espíritu absoluto”.

En este doble juego entre poesía y filosofía, que ha seguido con tanta pasión Dilthey y por donde anduvo perdido en los comienzos con su dualidad de “concepción del mundo” y “ciencia rigurosa”, sus análisis minuciosos iluminan las vetas fronterizas y hasta los hilos capilares del trasiego de las dos capas. Es un tema diltheyano fundamental. Conmovida su concepción religiosa del mundo, busca en el arte, en la música y en la poesía sobre todo, una aplacadora concepción poética del mundo, al igual de otros científicos famosos de su tiempo —Helmholtz, Lange—, pero su afán, tan alemán, de unidad absoluta, le hace volver los ojos insistentemente a los intentos fallidos del idealismo para descubrir el secreto de esos fallos y superarlos, para superar al supremo superador, a Hegel. De este afán saldrá, a través del ascetismo de la ciencia —fundación de las ciencias del espíritu— su teoría de la concepción del mundo (no hay que olvidar que su maestro Trendelenburg explicaba la historia de la filosofía a base de la concepción del mundo), con la que, después de asimilar científicamente las enseñanzas recogidas en sus primeras incursiones crítico-literarias, tratará de buscar la unidad entre las concepciones filosófica, poética y religiosa, y, finalmente, entre las tres posibles concepciones filosóficas del mundo, dando así cumplimiento a su sueño.

Los instrumentos para dominar la tarea también los recogerá, en gran parte, de sus estudios juveniles sobre los grandes poetas: Lessing, Goethe, Novalis, Hölderlin. Así, con sus incesantes análisis de la vivencia, que van camino de su concepto riguroso, y con la idea “monadiana” de una psicología real, que reclama un conocimiento histórico-descriptivo, concreto, del hombre. Por eso estos estudios primerizos cobran una significación tan destacada en la historia evolutiva de su pensamiento, en la historia diltheyana de Dilthey. Y por tal razón también los hemos pespunteado nosotros, contra nuestra costumbre, con una serie de notas que quieren ser orientadoras.

Ya recordamos en otra ocasión lo que Unamuno dijo de aquella parte de la Historia de las ideas estéticas del “recalcitrante castellano” don Marcelino, en la que éste se ocupa de la historia de las ideas europeas más modernas. Unamuno se refería, sobre todo, a los estudios de Menéndez y Pelayo que coinciden, en poco más o menos, con los diltheyanos de Hegel y el idealismo y de Vida y poesía. A Novalis apenas si le dedica un par de líneas y Hölderlin no está ni mencionado. En la misma Alemania, Novalis y Hölderlin fueron revalorizados más tarde. Fuera de estas omisiones, los estudios de don Marcelino se recomiendan por muchas razones. Están inspirados por una comprensión simpática indudable. No le impide su catolicismo cantar las hazañas de un Fichte o de un Schelling, con panteísmo y todo. En varias ocasiones llega con éstos, y con Schiller y Hegel, y no digamos con Goethe, a los extremos del ditirambo. No es cosa de hacer un paralelo entre Dilthey y don Marcelino: ya lo hará para sí el lector. Pero sin mayores pretensiones se podría decir que la superioridad crítica, el certero instinto poético de don Marcelino se desnivela acaso por cierta carencia de rigor intelectual, que no le era tan necesario al hombre que ya tenía su concepción católica del mundo. Pero esto mismo le induce a transcribir con humilde fidelidad las teorías estéticas de los autores que estudia, poniéndose en ocasiones a resumir libros en la forma ejemplar de que da muestras su exposición del pensamiento kantiano. En este aspecto tan importante de la exposición de las teorías estéticas puede servir de complemento a los estudios de Dilthey, quien se mueve con demasiado desenfado por un mundo para nosotros no tan familiar y, por otra parte, marcha, desembarazándose, en busca de su propia filosofía.

También quisiéramos destacar otro punto más discutible pero de indudable interés hispánico. Leyendo el prólogo que puso Sanz del Río a su traducción glosada de Los ideales de la humanidad de Krause, podrá percibir cualquiera cierto aire de familia con el mundo de ideas en que se mueve Dilthey. Sabido es que el nombre de biótica, empleado una vez por Unamuno, procede de Krause y que éste representa una rama, todo lo desviada o raquítica que se quiera, pero auténtica, del idealismo alemán (vid. Hegel y el idealismo, p. 201). También sabemos que los primeros estudios de que ha sido objeto Dilthey en español los debemos a don Francisco Giner de los Ríos y a don Manuel B. Cossío. Las apelaciones constantes que hace Menéndez y Pelayo a la vida, a la verdad de la vida, en todas sus incursiones críticas y en su ensayo sobre el arte de la historia, no hubieran desagradado a Dilthey ni tampoco le hubiera sido mal allegada la acumulación titánica de material llevada a cabo por don Marcelino a propósito, por ejemplo, del teatro español, o de la novela, cuando sigue los avatares de un tema cualquiera desde los orígenes hasta su culminación, a través de todas sus variaciones. ¡Cómo hubiera podido servirse Dilthey de este material para sus investigaciones encaminadas a encontrar las leyes de la imaginación, que quedaron en mero esbozo por no contar, a pesar de su enorme erudición, con bases históricas suficientes! Pero no supieron de sí don Marcelino y Dilthey, como tampoco Dilthey y Unamuno. Con todo esto queremos insinuar que, no obstante el remachado catolicismo —no escolasticismo ni jesuitismo— de don Marcelino y su enconado antikrausismo, gravita más en él la comunidad profunda que las encrespadas diferencias de superficie. Si al liberalismo institucionista le recortamos los ribetes germánicos, filosóficos, panenteístas, y al catolicismo marcelino los flecos romanos, teológicos, trinitarios, acaso no nos quede más que una común actitud moral y estética honda ante la vida, española de cuerpo entero. Ahora que la insolente presencia de un vocabulario abracadabrante le hizo perder la paciencia y arrojar a todo el grupo al infierno juvenil de su Historia de los heterodoxos españoles. No se trata, como decimos, más que de una insinuación o hipótesis de trabajo, que habría que perfilar, con sus más y sus menos, a lo largo de un estudio que tampoco ofendiera los manes de Prisciliano. De todos modos, y en lo que de momento nos interesa, ¿no es cierto que el grupo institucionista suscribiría totalmente el siguiente juicio de don Marcelino? Dice éste, refiriéndose a Goethe: “Tal hombre no pertenece a la raza germánica, sino a la humanidad entera, y sólo aquel nombre de literatura universal que él inventó, es adecuado para mostrar el género de su influencia, en virtud de la cual debemos llamarle ciudadano del mundo. Este mismo género de universalidad que hace inmortales las obras de Goethe y de Schiller se encuentra, aunque en menor grado, en casi todos los grandes hombres que produce en su edad de oro la cultura alemana. Winckelmann y Lessing, Herder, Kant, Fichte, los dos Humboldt, no son los clásicos ni los pensadores de una nación particular, sino los educadores, en bien o en mal, del mundo moderno. Todos ellos han dado a sus escritos cierto sabor de humanidad no circunscrita a los estrechos límites de una región o raza. Nada más opuesto a este espíritu humanitario que la ciega, pedantesca y brutal teutomanía que hoy impera, y que va haciendo tan odiosa a todo espíritu bien nacido la Alemania moderna, como simpática fue la Alemania idealista, optimista y expansiva de los primeros años del siglo. Tan cierto es que el viento de la prosperidad embriaga a las naciones como a los individuos, y que no hay peor ambiente para el genio filosófico que la atmósfera de los cuarteles” (Historia de las ideas estéticas en España, tomo III, ed. Glem, Buenos Aires, p. 111).

Cosa curiosa también que un filósofo norteamericano que lleva sangre española en las venas, un filósofo anguila que ha podido llegar a los ochenta años para escribir una biografía de desarraigado, clave diltheyana de una filosofía montada en el aire, de tan patética como escurridiza lucidez, el más que polifacético iridiscente Santayana, cuyo pensamiento es, como él dice que debe ser la poesía, una piedra preciosa que muestra todas las luces del mar; haya escrito allá por el año diez tres ensayos sobre otros tantos poetas-filósofos, Lucrecio, Dante, Goethe que, por casualidad, son los exponentes poéticos más famosos de las tres concepciones del mundo señaladas por Dilthey: naturalismo, idealismo de la libertad e idealismo objetivo. Sólo que para Santayana se trata de naturalismo, sobrenaturalismo y romanticismo. ¿Conoció Santayana la obra de Dilthey sobre las concepciones del mundo? Y aunque la conociera, ¿la utilizó? No sería Dilthey el primero en afirmarlo, a pesar de las coincidencias indudables, pues fue él quien llamó la atención sobre los paralelismos espontáneos en los temas centrales de una época. Pero coincidencias sí que las hay, como podemos verlo recogiendo al azar unas cuantas líneas de la introducción: “El punto culminante de la vida es la comprensión de la vida”; “¿Buscan los poetas, en el fondo, una filosofía? ¿O es la filosofía, en última instancia, sólo poesía?”; “En conjunto constituyen [estos tres poetas] el resumen de toda filosofía europea”; “El filósofo que llega a ella [la visión] es, por el momento, un poeta. Y el poeta que dirige su apasionada imaginación hacia el orden de todas las cosas o hacia algo que se refiere al conjunto es, por el momento, un filósofo”; “Pero la visión de la filosofía es sublime”; “La poesía es sublime porque habla el lenguaje de los dioses”. ¿No pondríamos donde dice Santayana visión la concepción o visión del mundo —Weltanschauung— de Dilthey? Pero Santayana no la pone ni trata de resolver el problema que se plantea —las relaciones entre poesía y filosofía—, el mismo que se plantea Dilthey con el título de Vida y poesía, con una teoría de la concepción del mundo. Él lo resuelve a su manera iridiscente y angular: “Me atrevo a sostener que es compatible aquello que los hace grandes; que sin necesidad de vaguedades o dobleces con respecto al propio criterio, puede admirarse sucesivamente con entusiasmo la poesía de cada uno de ellos y que, finalmente, puede aceptarse la filosofía esencial, la intuición positiva de todos ellos sin necesidad de establecer una definición del propio pensamiento” (vid. Tres poetas filósofos, ed. Losada, Buenos Aires). Y termina el libro: “Lo que sería deseable, lo que constituiría un verdadero poeta filosófico sería la unión de las intuiciones y dones poseídos por nuestros tres poetas”. “¿Quién será el poeta de esta nueva visión?... Ha llegado el momento en que aparezca algún genio que reconstituya la destrozada imagen del orbe... Podemos saludar desde lejos ese genio que necesitamos.” Santayana parece inclinarse, pues, por el lado de la poesía, como Dilthey por el de la filosofía. ¿No será la concepción histórica del mundo de Dilthey la unificación soñada de las tres concepciones filosóficas del mundo? ¿O no será también Dilthey, a su manera, un filósofo escurridizo? (vid. Un sueño y el capítulo final de nuestro Asedio a Dilthey).

No queremos terminar estas notas sin dar las gracias a nuestro amigo Wenceslao Roces por la ayuda que nos ha prestado con su excelente traducción en la complicada tarea de publicar las obras de Dilthey. Pocos podrán figurarse lo que significa lanzarse a traducir un volumen suelto de Dilthey, aunque trate de temas literarios, porque nunca prescinde de sus preocupaciones centrales ni de su terminología. Cualquier vacilación en ésta puede desarzonar el libro, que por fuerza ha de ocupar su lugar dentro de la obra total. Esperamos que el lector quedará satisfecho, como nosotros, de la forma viva, precisa y castellana de esta versión, en la que se ha tenido que luchar, además, con las dificultades especialísimas de un texto literario. Eugenio Imaz

 

✶ INDICE:

Prólogo, por Eugenio Imaz

Trayectoria de la literatura europea en la época moderna

Gotthold Efraín Lessing

- Años de formación

- Teoría estética y crítica creadora

- El drama nuevo de Lessing

- La lucha contra la teología

- La concepción del mundo de Lessing

Goethe y la fantasía poética

- La vida

- La fantasía poética

- La fantasía poética de Goethe

- Vivencia y poesía

- Shakespeare

- Rousseau

- Goethe

Schiller

- Introducción

- Contradicciones. Genio y desarrollo

- El drama histórico

Las obras anteriores al “Wallenstein”

El “Wallenstein”

El drama de Schiller posterior al “Wallenstein”

Jean Paul

- Introducción

- Condiciones de vida

- Estructura espiritual

- Su concepción del mundo y expresión de ésta en el contenido de su poesía

- Estilo y forma de su poesía

- La trayectoria de Jean Paul

Novalis

Federico Hölderlin

- Tierra natal y primeros escarceos poéticos

- Años de juventud. Los himnos a los ideales de la humanidad

- La madurez de la vida

- La novela “Hiperión”

- La tragedia “Empédocles”

- Las poesías

- El final

Apéndice

- Advertencia del editor

- Prólogo a la primera edición

- Prólogo a la segunda y tercera edición

- Notas a los estudios

Lessing

Goethe y la imaginación poética

Novalis

Hölderlin

El estudio sobre Schiller

Jean Paul

Índice de nombres

 

Wilhelm Dilthey (1833-1911)